La ley del Corazón

Capítulo 2

POV Harper Reed

Desde el día de aquella conferencia, mi vida cambió.

No porque de pronto dejara de ser la huérfana del orfanato, ni porque las personas comenzaran a mirarme de una manera diferente. La lluvia seguía golpeando los ventanales del edificio, las habitaciones continuaban siendo compartidas y cada noche volvía a dormir en la misma cama estrecha de siempre.

Lo que cambió fue algo que ocurrió dentro de mí.

Por primera vez, tuve una meta que podía tocar con las manos.

La voz de Alexander Blackwood se convirtió en una presencia constante en mis pensamientos. Recordaba cada una de sus palabras, especialmente aquella que afirmaba que ninguna circunstancia del pasado debía decidir nuestro futuro. No sabía si él decía ese tipo de cosas porque realmente las creía o porque formaban parte de un discurso preparado para inspirar a los beneficiarios del programa. Pero, para mí, habían sido suficientes.

La ley sería mi camino.

Durante los meses siguientes, estudié como si mi vida dependiera de ello. En realidad, sentía que así era.

Desde pequeña, mis profesores habían dicho que tenía una capacidad de aprendizaje superior a la de la mayoría de los estudiantes. Poseía una memoria extraordinaria; podía recordar páginas completas después de leerlas varias veces, fechas, conceptos y hasta las palabras exactas que alguien hubiera pronunciado semanas atrás. Sin embargo, la inteligencia por sí sola no era suficiente para ganar una beca tan exigente.

Había muchos estudiantes compitiendo por los cupos disponibles. Algunos tenían tutores privados, habitaciones propias donde estudiar y padres que podían pagar cursos de preparación. Yo tenía una mesa en la biblioteca del orfanato, un montón de libros prestados y las horas libres que conseguía después de cumplir con mis responsabilidades.

Y aun así, no pensaba rendirme.

Cada mañana me levantaba antes que los demás. Mientras el resto de las chicas todavía dormía, me vestía en silencio y bajaba hasta la pequeña sala de estudio. En invierno, el frío se filtraba por las ventanas mal selladas y me obligaba a envolverme en una manta mientras repasaba mis apuntes. A veces mis dedos se entumecían alrededor del lápiz, pero seguía escribiendo.

Estudiaba comprensión lectora, redacción, historia, lógica y los fundamentos del sistema jurídico. Leía todo lo que caía en mis manos sobre Derecho, aunque muchas veces los textos fueran demasiado complejos para alguien que aún no había pisado una universidad. Subrayaba definiciones, anotaba preguntas en los márgenes y llenaba cuadernos con resúmenes que después memorizaba.

No tenía dinero para desperdiciar.

Cada página debía convertirse en conocimiento. Cada hora tenía que acercarme un poco más a la beca.

La directora del orfanato fue una de las pocas personas que comprendió lo importante que era aquella oportunidad para mí. Me permitió utilizar su oficina durante las noches, cuando necesitaba un lugar tranquilo para concentrarme, y pidió a los profesores de la escuela que me facilitaran material adicional.

—No tienes que demostrarle nada a quienes te subestimaron —me dijo una tarde, mientras dejaba una pila de libros sobre el escritorio—. Solo tienes que demostrarte a ti misma que puedes hacerlo.

La miré por encima de mis apuntes.

—Quiero ganar, no solamente intentarlo.

—Lo sé, Harper.

Su sonrisa fue cálida, pero sus ojos reflejaron una preocupación que no logró ocultar.

Ella sabía que yo no veía aquella beca como un premio. Para mí era una puerta de salida. No porque odiara el orfanato, sino porque comprendía que, si no conseguía estudiar, mi futuro estaría limitado a cualquier trabajo que pudiera encontrar al terminar la escuela. No tendría una familia a la que recurrir, una casa a la cual volver ni alguien que pudiera ayudarme cuando las cosas se pusieran difíciles.

Necesitaba construirlo todo por mi cuenta.

El examen de admisión se realizó a finales de la primavera de 2016. La noche anterior apenas conseguí dormir. La lluvia golpeaba el techo del orfanato y el viento hacía crujir los árboles del patio. Permanecí acostada mirando el techo, repasando mentalmente las fórmulas de lógica y los conceptos que había estudiado durante semanas.

A las tres de la madrugada comprendí que ya no podía recordar nada más.

Me levanté, caminé hasta la ventana y observé las luces borrosas de Seattle a través del cristal empañado. La ciudad parecía dormir, pero yo sentía que el mundo entero estaba esperando mi respuesta.

Apoyé la frente contra el vidrio frío.

—Voy a conseguirlo —susurré.

No había nadie allí para escucharme. Aun así, necesitaba decirlo en voz alta.

A la mañana siguiente, me puse mi mejor blusa, una falda azul marino y los zapatos que la directora había conseguido para mí en una tienda de segunda mano. No eran nuevos, pero estaban limpios y bien cuidados. Antes de salir, guardé dos lápices, una goma de borrar y una botella de agua en mi bolso.

También llevé conmigo una fotografía pequeña de mis padres.




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