Seattle, 2019
POV Harper Reed
La directora del orfanato hizo todo lo posible para ayudarme a prepararme para la entrevista.
La tarde anterior me llevó a una pequeña tienda de segunda mano que quedaba a unas calles del orfanato. Pasamos casi una hora revisando percheros hasta encontrar una blusa blanca, un pantalón oscuro y un saco gris que, aunque no era de mi talla exacta, podía ajustarse lo suficiente para que pareciera presentable.
La ropa estaba limpia y en buen estado. El saco me quedaba un poco ancho en los hombros y las mangas eran ligeramente largas, pero no me disgustaba. Nunca había estado acostumbrada a vestir prendas diseñadas para mostrar mi cuerpo. Tampoco había tenido el dinero, el tiempo ni el interés para aprender a hacerlo.
Mi ropa debía cumplir una función: protegerme del frío, permitirme moverme con comodidad y durar el mayor tiempo posible.
No quería que Alexander Blackwood se fijara en mi apariencia.
Quería que viera mi expediente.
—No necesitas parecer una de esas mujeres de las revistas —me dijo la directora mientras acomodaba el cuello de mi blusa—. Solo necesitas recordar quién eres.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
Miré mi reflejo en el espejo del pasillo. Mi cabello estaba recogido en una trenza sencilla y mi rostro parecía más joven de lo habitual. Las ojeras de las noches de estudio no habían desaparecido por completo, a pesar de que llevaba varios días intentando dormir más.
—Porque él espera a alguien de último año. Alguien con más experiencia.
—Él te citó porque obtuviste el mejor resultado de la historia del programa.
—También podría haber sido un error.
La directora me tomó suavemente del brazo.
—Harper, no has llegado hasta aquí por error.
Sus palabras me acompañaron durante todo el trayecto hacia la sede de la firma Blackwood.
El edificio se encontraba en una de las zonas más exclusivas de Seattle. Era una construcción alta, moderna y completamente revestida de cristal oscuro. El nombre Blackwood aparecía grabado en letras metálicas sobre la entrada, como si no necesitara ninguna otra explicación.
Me detuve unos segundos frente a las puertas giratorias.
Había imaginado ese momento durante años, pero mi imaginación no había incluido el nudo que sentía en el estómago ni la humedad de mis manos. A través del cristal podía ver el vestíbulo: mármol claro, sofás de cuero, arreglos florales y personas vestidas con trajes impecables que caminaban con la seguridad de quienes sabían exactamente cuál era su lugar en el mundo.
Yo no estaba segura de cuál era el mío.
Respiré profundamente y entré.
La recepción era tan elegante y silenciosa que me sentí todavía más pequeña. La recepcionista levantó la mirada apenas le indiqué mi nombre. Revisó una lista en su computadora y luego me pidió que esperara.
—El señor Blackwood terminará una reunión en unos minutos. Puede sentarse allí.
—Gracias.
Elegí el asiento más alejado de la recepción. Era tan insignificante que nadie parecía notar mi presencia. Una mujer pasó junto a mí hablando por teléfono; dos abogados se detuvieron frente al ascensor sin siquiera mirarme; una secretaria dejó unos documentos sobre una mesa y volvió a desaparecer por un pasillo.
Me alegré de que nadie prestara atención.
Mientras menos personas me observaran, menos probabilidades tendría de que notaran que estaba a punto de desmayarme de los nervios.
La sala de espera olía a café recién hecho, cuero y madera pulida. Todo parecía calculado para transmitir poder. Incluso el silencio tenía algo intimidante. En las paredes colgaban fotografías de antiguos socios de la firma y recortes de periódicos enmarcados que hablaban de grandes victorias legales.
En varios de ellos aparecía el apellido Blackwood.
De pronto, escuché pasos firmes acercándose por el pasillo. Después, la voz de Alexander.
—Sabes que no me gustan las pasantes mujeres. Todas terminan intentando meterse en mi cama. Ya lo sabes. ¿Qué te hizo creer que con esta candidata cambiaría de opinión?
Me quedé inmóvil.
No pretendía escuchar la conversación, pero las puertas de la sala de espera estaban abiertas y sus voces se extendían por el vestíbulo. El tono de Alexander era frío, irritado y tan seguro de sí mismo que parecía estar acostumbrado a que nadie cuestionara sus decisiones.
—Solo entrevístala —respondió una mujer mayor—. Si no fuera excepcional, no habría pasado por encima de tus órdenes para incluirla en la lista.
—Te di instrucciones muy claras.
—Y yo las consideré poco razonables.
Hubo un breve silencio.
Por la voz, imaginé que la mujer era alguien que llevaba mucho tiempo trabajando con él. No parecía intimidada, lo cual me sorprendió. La mayoría de las personas no se atrevería a contradecir a Alexander Blackwood con tanta tranquilidad.