La primera desaparición tuvo lugar en el verano de 1972 y se trataba de una niña de 5 años, Kelly Palmer, de cabello y ojos oscuros, que solía seguir a sus hermanos mayores a todas partes. Su familia vivía en una modesta vivienda en el barrio de Mondport, en la zona norte de Saten Land, donde las calles desembocan cerca del canal Deshermon.
Ese año, agosto trae consigo un calor abrasador, el tipo de calor que ablanda el asfalto y obliga a los niños a correr bajo los aspersores de sus jardines. El día 21 de ese mes, Kelly sale de su edificio para ir a la tienda de comestibles que se encuentra a tres manzanas de distancia, un recorrido que ya ha hecho antes, aunque normalmente en compañía. Esta vez, sin embargo, va sola.
Camina por la acera acompañada por el sol de la tarde, pasando frente a los vecinos sentados bajo los porches de sus casas, los coches aparcados y las bocas de incendio, en definitiva, todos esos puntos de referencia que ve a diario, y luego desaparece.
Después de una hora, su familia se da cuenta de su ausencia; la madre de Kelly creía que volvería pronto. Sin embargo, cuando el tiempo pasa más rápido de lo que esperaba, la angustia comienza a apoderarse de ella.
El padre de la niña sale a buscarla, recorriendo el camino que lleva a la tienda de comestibles y preguntando a los distintos comerciantes si han visto a su hija. Por desgracia, nadie la ha visto.
El hombre amplía entonces la búsqueda, recorriendo el parque infantil, el patio del colegio y las casas de sus familiares... sin resultado. Por la noche decide ponerse en contacto con la policía.
Los policías peinan el barrio, llamando a las puertas e interrogando a cualquiera que pueda haber visto a Kelly. Algunos testigos afirman haber visto a la niña paseando sola esa tarde, y nadie recuerda haberla vuelto a ver después de que pasara por cierto cruce. Simplemente desapareció en un territorio que va desde su casa hasta la tienda, en un área de tres manzanas.
Las búsquedas continúan durante días. Los voluntarios inspeccionan minuciosamente el barrio y la zona del puerto; al mismo tiempo, los buzos inspeccionan los cursos de agua. Los perros de búsqueda siguen el rastro de Kelly hasta cierto punto del recorrido, pero luego lo pierden, como si la hubieran levantado y se la hubieran llevado.
Se exponen folletos con su fotografía, prometiendo incluso una recompensa para quien tenga información. Además, la familia recurre a la televisión para hacer un anuncio, suplicando a cualquiera que sepa algo que se presente.
La ciudad se activa, impulsada por ese sentimiento de miedo y firmeza que siempre sigue a la desaparición de un niño. Pero desafortunadamente pasan semanas y luego meses, pero la pequeña Kelly Palmer sigue desaparecida.
Como suele ocurrir, la investigación continúa aunque no haya pistas ni cadáver, volviéndose cada vez menos eficaz, pero sin cerrarse oficialmente. El caso Palmer sigue abierto, y la familia no pierde la esperanza mientras la vida en Saten Land sigue adelante, consciente de que una niña ha desaparecido sin dejar rastro y aún no ha sido encontrada.
Pasan siete años.
La historia de Kelly Palmer se convierte en un recuerdo, una desgracia que la gente menciona cuando habla de los peligros que corren los niños, pero ya no es motivo de temor.
Hasta que desaparece otro niño.
En octubre de 1981, Scarlett Foley, una niña de siete años, vive con su madre Maya en la costa este de Saten Land, tan cerca del complejo de Lowbrook que puede contemplar los edificios abandonados desde la carretera.
Es jueves 15 de octubre por la tarde y Scarlett está jugando en el patio de su edificio, mientras la luz del día comienza a desvanecerse hacia el atardecer; su madre puede verla desde la ventana de su apartamento.
Otros niños también se divierten con sus juegos. Es una tarde tranquila, de esas en las que los padres se relajan porque sus hijos están a la vista y rodeados de vecinos. Scarlett sale del patio para ir a casa de una amiguita que vive en el mismo edificio.
Nunca llegó a su destino. En algún lugar, en ese breve trayecto entre una puerta y otra, en una zona que debería ser segura por ser familiar y estar llena de gente, Scarlett Foley desaparece.
La reacción es rápida y la policía llega al complejo residencial pocos minutos después de la primera llamada. Los agentes comienzan a registrar cada vivienda, cada sótano, cada trastero; interrogan a todos los residentes del edificio y a todas las personas presentes, y luego también intervienen perros de búsqueda y helicópteros. Se supone que la niña ha sido secuestrada por alguien que conoce el complejo, que ha observado y esperado el momento oportuno, y que ha conseguido capturarla en el breve lapso de tiempo en el que se ha quedado sola.
Y a pesar de la rápida intervención de la policía y la intensidad de las búsquedas, no se encuentra ningún rastro de Scarlett.
Ningún testigo se presenta afirmando haber visto algún coche sospechoso o a personas desconocidas. Esa niña ha desaparecido sin dejar rastro, y lo único seguro es que no se alejó sola.
El caso tiene un gran impacto mediático. El rostro de Scarlett aparece en los telediarios y en todos los periódicos. Su madre, profundamente afligida, concede una serie de entrevistas en las que implora el regreso de su hija. Además, el caso se relaciona con otros secuestros, sucesos que están saliendo a la luz a nivel nacional.
En el momento en que Estados Unidos se da cuenta del peligroso aumento de los secuestros de niños, en los cartones de leche comienzan a aparecer fotos de los niños desaparecidos; además, se activan líneas telefónicas especiales.
Aquella época en la que los niños corrían libremente por las calles y los padres no se preocupaban en absoluto está dando paso a una nueva realidad marcada por el terror y la vigilancia. En Saten Land, la desaparición de Scarlett Foley reaviva el recuerdo del caso de Kelly Palmer.