El proceso penal por el secuestro de Alice Stonnie comienza en abril de 1988, nueve meses después del hallazgo de su cadáver en la finca de la Lowbrook School. La fiscalía decide imputar a Caleb Mosher por el delito de secuestro en lugar de por el de asesinato, una decisión estratégica basada en la validez de las pruebas disponibles.
Para probar el secuestro, es imprescindible demostrar que fue Mosher quien secuestró a Alice y la llevó de un lugar a otro contra su voluntad. Para probar el asesinato, es necesario determinar la causa de la muerte, pero el estado en que se encuentra el cadáver de la niña de doce años, tras permanecer doce días en un hoyo poco profundo, ha dificultado tal determinación.
El médico forense no pudo determinar con exactitud la causa de la muerte. No encontró signos visibles de traumatismos, ni heridas de arma de fuego o arma blanca, ni pruebas evidentes de estrangulamiento... podría haber muerto por asfixia o podría haber sido drogada o asesinada por el miedo.
La incertidumbre supone una condena por un delito de asesinato, pero el secuestro puede demostrarse gracias a pruebas circunstanciales y testimonios.
El juicio se celebra en el Tribunal Supremo de Nueva York ante el juez Ridge Boone. La sala se llena cada día de periodistas, familiares y gente común que ha seguido el caso a través de los medios de comunicación y quiere asistir en persona.
El ambiente está cargado de ansiedad y emoción.
Los padres de Alice asisten a todas las audiencias, sentados en las primeras filas, donde Mosher puede verlos; su presencia representa una condena silenciosa. El acusado también está presente todos los días; su larga melena y su barba ahora parecen ligeramente recortadas, pero siguen dándole ese aspecto descuidado que había caracterizado sus años de vida en Lowbrook. Se sienta junto a su abogado, pronunciando de vez en cuando alguna palabra y con una expresión impenetrable.
El discurso inicial de la acusación expone el caso que pretenden defender. Alice Stonnie desapareció del campamento Hudsea el 9 de julio de 1987, y su cuerpo fue hallado doce días después, el 21, en los terrenos del antiguo instituto donde Caleb Mosher vivía desde hacía años. Para la acusación, esa proximidad no es en absoluto casual.
El hombre se llevó a la niña de doce años del campamento y la llevó a Lowbrook, donde la mató y luego la enterró.
Además, la acusación llama a declarar a varias personas que afirman haber visto a Mosher cerca del campamento el día de la desaparición de Alice; además, presentan pruebas de la presencia del hombre de 53 años en Lowbrook. También intentan demostrar que el hombre tenía la oportunidad, los medios y el motivo para cometer el crimen.
Por otro lado, la defensa cuestiona cada uno de los elementos de la narración de la acusación. En primer lugar, la proximidad, que para los defensores de Mosher no constituye una prueba; en segundo lugar, el hecho de vivir cerca del lugar donde se encontró el cuerpo no significa que fuera su cliente quien lo depositara allí. Además, la acusación no tiene pruebas físicas que relacionen a Mosher con Alice Stonnie, ni rastros forenses, ni ADN, ni huellas dactilares en la ropa de la niña o en su cuerpo, ni siquiera un testigo que lo haya visto realmente con Alice; en pocas palabras, para la defensa, el caso se basa exclusivamente en pruebas circunstanciales y conjeturas.
La acusación intenta inculcar al jurado la idea de que, dado que Mosher es una persona sin hogar y un tipo extraño, él debe ser el culpable, pero la culpabilidad exige pruebas que superen toda duda razonable, y desde este punto de vista, el fiscal no ha logrado cumplir con ese requisito.
Los primeros testigos llamados por la acusación son los familiares de Alice Stonnie, quienes relatan el día de la desaparición de la niña exponiendo la secuencia de los hechos y el momento exacto en que se dieron cuenta de que había desaparecido.
Sus declaraciones confirman los hechos relacionados con el secuestro, pero no establecen una conexión entre el hombre y dichos hechos. Sin embargo, el impacto emocional de sus testimonios resultó notable, ya que llamaron la atención del jurado no sobre un caso jurídico abstracto, sino sobre la realidad, es decir, que una niña de carne y hueso había sido efectivamente sustraída de su familia.
Por lo tanto, la acusación llama a declarar a varias personas que vieron a Caleb Mosher en las inmediaciones del camping Hudsea el 9 de julio. Un trabajador del camping declara haber visto esa tarde a un individuo —que coincide con la descripción del hombre de 53 años— caminando por la calle cerca de la entrada del camping. El testigo no puede estar seguro de que se tratara de Mosher, pero los detalles del pelo largo, la barba y la ropa desaliñada coinciden.
Otro testigo, un campista, afirma haber visto una figura similar en el bosque que rodea el camping. También en este caso la identificación no es segura, pero la descripción coincide con el aspecto de Mosher.
En respuesta, la defensa contrainterroga a estos testigos de forma agresiva, planteando dudas sobre la fiabilidad de esos avistamientos. Según los abogados del hombre, los testigos no conocían a Mosher en el momento en que lo vieron; lo identificaron meses después, cuando los medios de comunicación mostraron repetidamente su fotografía.
¿Están realmente seguros de que el tipo que vieron era Mosher? ¿O se convencieron después de enterarse de su detención? Los testigos afirman estar seguros, pero la defensa no deja de plantear dudas.
En ese momento, la acusación llama a declarar a los policías que habían registrado Lowbrook y encontrado el cadáver de Alice. Estos informan de la ubicación de la fosa, que se encontraba cerca de los edificios en los que se habían descubierto pruebas de la presencia de Mosher, y luego describen los objetos encontrados en esos inmuebles. Colchones, ropa, paquetes de comida... todos elementos que hacían pensar que alguien había estado allí durante mucho tiempo; además, las huellas dactilares encontradas allí coincidían con las del acusado. La conexión entre Caleb Mosher y ese lugar quedó demostrada con certeza.