La leyenda de las mujeres-gato

relato corto parte 1

—Luz, sabes que no puedes volver a hacerlo —le dijo Carol a su hermana.

—Pero… ¿por qué? No hago nada malo —protestó Luz

—Ya sabes que la gente no es como tú, o como yo. Hay unas reglas… —dijo Carol explicándolo lo mejor que podía.  Y añadió, empleando un tono más firme:

—La sociedad no comprende ciertas… cosas. Por nuestro propio bien, es necesario que mantengamos esto oculto. Debe seguir siendo… nuestro secreto. ¿Entiendes?

—Sí —contestó Luz, realmente sin entender.

Aquel gélido día de invierno invitaba a sentarse junto al fuego reconfortante del hogar. Las dos hermanas habían estado esa mañana partiendo leña para calentarse. Y luego se sentaron y hablaron sin parar, recordando viejas historias aprendidas de sus padres, cuando estos aún vivían y la vida en el pueblo medieval de Runadia era mucho más fácil y dichosa de lo que lo era en el presente. Ambas se apoyaban mutuamente, pero en realidad Carol era como una madre para su hermana pequeña, Luz. Deseaba protegerla de todos los peligros posibles, pero, sobre todo, de aquellos maledicentes que las señalaban por ser diferentes.

El pueblo era llamado así por la tradición, que se remontaba muchos años atrás, de consultar las runas. La gente solía acudir a personas expertas en dotes adivinatorias creyendo así que podrían escapar del acecho del destino y controlarlo, de alguna manera. Luz se había animado por fin a salir de casa. El frío le calaba los huesos, pero quería acudir sin falta a su cita con la adivinante, como así la conocían todos. Esta le había vuelto a repetir que debía tener más cuidado que nunca, pues un gran mal se aproximaba a su vida y era preciso que pusiera todo lo que pudiera de su parte para alejarlo.

Luz regresaba calle abajo hacia su casa. Pero, ensimismada como estaba con sus pensamientos, no vio a aquel grupo de personas que caminaban hacia ella. La comitiva estaba encabezada por el portador de El tótem sagrado, una figurita de madera, esencia de las creencias religiosas que pueblos como el de Runadia, compartían. Le seguía una horda de creyentes de cuyas bocas salían al unísono gritos y palabras que hablaban de la necesidad de creer en su ídolo sagrado y en el culto de las runas, y que aseguraban que los infieles serían perseguidos si desobedecían las leyes sagradas. En el momento que aquel grupo de gente pasaba al lado de Luz, el Tótem sagrado se deslizó de las manos de su portador y cayó al suelo, lo que provocó el silencio repentino de la muchedumbre. Entonces la vieron, y todas las miradas se posaron sobre la figura de Luz, que, sorprendida también, no había podido reaccionar. De repente, el portador, señalando con el dedo índice a Luz, gritó:

—¡Ha sido ella! ¿No lo habéis visto? ¡Es una señal! ¡Ella es la infiel que con su poder maléfico ha provocado la caída de la figura sagrada!

Y todo el gentío gritó: —¡Sí, es ella! ¡La infiel!

Y unos decían: —¡Tenemos que encerrarla hasta que confiese sus brujerías!, y otros chillaban: —¡Que se arrodille ahora mismo, aquí, y rinda pleitesía a nuestro Tótem sagrado!

Luz empezó a correr, tan rápido como pudo, y se dirigió hasta el portal abandonado de un edificio, cuya puerta se encontraba entreabierta. Cuando llegó la muchedumbre hasta allí solo alcanzaron a ver a un gato que les miraba con inocencia. Nadie supo dónde se había metido aquella muchacha. Poco a poco, las aguas se calmaron y todos continuaron su camino.

—Bueno, ya te he contado bastante sobre esta historia. Mañana seguiremos. Ahora, a dormir.

—¡Noooo, sigue, por favor, quiero más! –protestó Clara.

—No, cariño, duérmete, por favor –le habló ahora dulcemente su madre.

Clara despertó sobresaltada en mitad de la noche. Había tenido una de sus pesadillas, terrores nocturnos que la acompañaban durante su infancia. La niña llamaba a gritos a su madre para que acudiera a consolarla, como solía hacer cuando le pasaba eso. Pero, a diferencia de lo que había ocurrido en otras ocasiones, su madre no se había personado en su habitación. “¿Qué pasa que no viene mamá?” –pensaba con angustia Clara. Decidió entonces levantarse para ir ella misma hasta la habitación de su madre. Pero cuando entró allí, no había nadie, ni rastro de ella. En ese momento se dio cuenta de que la ventana de la habitación estaba abierta de par en par en pleno invierno.  Y la niña se asomó por ella. Y vio que la calle estaba desierta, solo la luz de las farolas permitía adivinar los contornos de las cosas, cual figuras fantasmales que se vislumbraban a lo lejos. Cerró la ventana. Cansada y somnolienta como estaba, clara decidió finalmente volver a la cama. Realmente estaba más calmada, de modo que al poco rato logró conciliar nuevamente el sueño, sin pensar ya en su madre ausente.

Por la mañana, Clara se levantó y buscó a su madre, pero no la encontró en casa. Suerte que al ser sábado, no tenía que ir al cole. A sus siete años ya podia prepararse el desayuno sola. “¿Dónde se habrá metido mamá?” – pensaba. Después de un tiempo, sonó el timbre de la puerta del piso y, aunque su madre le había advertido que no debía abrir a desconocidos, abrió con decisión la puerta y se sorprendió al ver en el umbral a su madre, que todavía llevaba puesto el pijama. Clara no se atrevió a preguntar nada sobre aquel misterio, y su madre pensó que era mejor así, de modo que no dio tampoco ningún tipo de explicación. Fue como si mutuamente madre e hija comprendieran que había cosas de las que era más prudente no hablar, por inexplicables que pareciesen. Y así, el día continuaría de la manera más habitual. Eso fue todo.




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