La Leyenda De Los Busgos: Valor y Dolor

Capítulo 4: Cual Perro De Caza.

Esa misma noche, a kilómetros de distancia, se encontraba La Fiera que, montado a caballo, llegaba a un pueblo cercano a Montes. Su corcel, un caballo de oscuro pelaje con una armadura más oscura aún que el carbón, trotaba con la cabeza bien alzada rozando su armadura con la de su dueño que miraba con rostro amargado a la gente pasar. El temido guerrero acababa de entrar en Shid. No hay mucho que contar sobre este lugar, simplemente se trataba de un pueblo como otro cualquiera de apenas 2.000 habitantes con unas pocas casas de piedra mal construidas en mitad del barco y el charco y un pequeño establecimiento en el que el hombre tenía pensado parar para recibir el resto de su oro.

 

Mientras este guerrero entraba seguía sorbiendo el humo de aquel extraño objeto cilíndrico que portaba produciendo una niebla a su alrededor la gente del pueblo lo miraba, algunos curiosos por el humo, otros asustados al darse cuenta de quién se trataba. Muchos murmullos podía oír hasta que paró su caballo y se bajó de él, fue entonces cuando cesaron. Amarró la rienda del caballo a un palo y entró a al local señalado anteriormente. Era un lugar amplio pero con pocos clientes, las velas alumbraban tímidamente las paredes de madera y los adornos de cráneos de diversos animales que en ellas se encontraban. La Fiera se acercó a la barra siendo observado por algunos de los comensales del lugar. 

  • Vino - Dijo con su potente voz el guerrero mientras miraba fijamente los ojos del hombre que se encontraba al otro lado de la barra.

El dueño del local cogió un pequeño vaso, lo puso en la barra y a continuación agarró la botella de vino para llenar el vaso colocando, finalmente, la botella al lado del vaso. La Fiera miró al hombre y, en vez de coger el vaso, cogió la botella y se dirigió a una de las mesas libres. 

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La Fiera en la posada

A la media hora el contenido de la botella ya se había reducido a la mitad pero apenas había hecho efecto en aquel guerrero. Entonces la puerta del local se abrió y en él entró, para sorpresa incluso de La Fiera, el detestado primo de la princesa, Sergio. El muchacho estaba nervioso mirando a sus espaldas antes de cerrar la puerta, finalmente, una vez dentro, barrió el local con su mirada buscando al afamado guerrero al que localizó en seguida. El muchacho se acercó caminando chulescamente mientras miraba a La Fiera. Cuando llegó a la mesa se sentó cruzando sus piernas.

  • ¿Tú no eres familiar de la princesa?- Dijo La Fiera al muchacho mientras seguía bebiendo.
  • Oye, viejo, trátame de vos - Respondió el niño.

La Fiera miró directamente a los ojos de Sergio, en los que notó prepotencia, a continuación lo agarró fuertemente del cuello y lo acercó hacia su cara, podía percibir su respiración acelerada. 

  • Vuelve a llamarme viejo, niñato - Susurraba el guerrero con su fuerte voz-  y ni todos los hombres de este pueblucho te salvarán de tu destino

La Fiera soltó al chico que volvió a colocarse correctamente en su silla mirando a los lados asegurándose de que nadie hubiera visto que aquel hombre lo había dejado en ridículo. 

  • Bueno - Decía nervioso Sergio mientras intentaba tranquilizar su enfado - A ti que yo sea familiar de la princesa no te importa, ¿te enteras?, además… eeeh… además...
  • Y sigues burlándote - Contestó  el hombre en tono sereno negando con la cabeza ya apoyado en el respaldo de la silla.
  • Además.. - Seguía repitiendo el malcriado niño intentando recordar lo que iba a decir.
  • Además ¿qué? - Preguntó La Fiera.
  • El que manda ahora es Ernesto, no el rey - Decía el niño con tono de superioridad.
  • Me cago en diez, sólo eres un niñato - Decía el hombre mientras bebía aún más de la botella.
  • Tan niñato no seré si me he cargado al rey Cristóbal.

La Fiera, tras las palabras del chico, dejó de beber y comenzó a prestar atención al chico, lo que hizo que el joven y verrugoso Sergio contase la historia que deseaba narrar para hacer crecer su ego.

  • “Sergio, tú no” repetía mi patético tío una y otra vez.
  • Niño, no me importa la historia - Se quejaba La Fiera sin ser consciente de que eso al muchacho no le importaba - Sólo dame mi oro.
  • Me colé en su habitación, como le había dicho a Ernesto. El idiota de Cristóbal dejó a sus guardias que se fueran a la muralla y me permitió entrar. Allí lo apuñale cuando miraba por la ventana… fue fácil, no veas como sangraba y lloraba. Hacía el mismo ruido que hacen los perros cuando los golpeas, no sé si sabes a qué me refiero…
  • El oro, niño. -Respondió La Fiera ignorando lo que había dicho el muchacho.

Sergio colocó la bolsa de oro restante sobre la mesa. El duro guerrero la cogió, se alzó y comenzó a caminar sin cruzar palabra con el chico.

  • Espero que no falles - Advertía el muchacho - Ya se te ve un poco.. viejo.

El temido guerrero paró justo en frente de la puerta y se volteó para mirar al muchacho fijamente que ya había sido consciente de su error. La Fiera volvió hacia la mesa de Sergio y lo volvió a agarrar del cuello arrastrándolo hacia fuera, Sergio maldecía al hombre e intentaba soltarse pero era imposible, el guerrero tenía una fuerza exagerada para su edad y tamaño. La Fiera salió fuera y tiró al muchacho justo delante de sus soldados. 

  • ¡¡¿A QUÉ COÑO ESPERÁIS? , MATAD AL VIEJO!!- Gritaba Sergio en el suelo con su rostro enrojecido.



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En el texto hay: fantasia, humor, aventura

Editado: 06.04.2020

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