En Guiyang, Guizhou, vivia una familia Zhou de vieja estirpe letrada. Durante generaciones habian conservado la casa con el cultivo de los campos y el estudio de los libros. Solo en la ultima rama la suerte cambio: hubo nueve hermanos, todos filiales y unidos, y ninguno quiso dividir la residencia. El menor de ellos era xiucai; los demas habian alcanzado grados de juren o jinshi. En la casa reinaba una armonia rara entre parientes.
Solo habia una falta en aquella prosperidad. De los nueve hermanos, ocho sufria la pena de no tener hijo varon.
El septimo se llamaba Zhou Zijing. A los treinta y seis anos tuvo por fin un hijo, Zhou Yuncong. Desde pequeno fue inteligente, sincero y de una disposicion profunda. Como un solo hijo debia continuar el incienso de nueve ramas, y como ademas la familia era rica, todos lo amaban como una joya en la palma de la mano.
Por fortuna, Yuncong tambien amaba los libros. A los quince entro en la escuela; a los dieciocho aprobo como juren con muy buen puesto. Despues de obtener el grado, no quiso quedarse satisfecho. Propuso ir antes de tiempo a la capital, estudiar alli y esperar los examenes.
Su padre, sus tios y su madre estaban inquietos por la distancia. Pero al verlo tan ansioso por avanzar en la carrera literaria, tampoco quisieron estorbarle. Escogieron a un viejo servidor de confianza, Wang Fu, y a un joven paje, Xiaosan, para acompanarlo. En un dia propicio, Yuncong se despidio de padres, tios, parientes y amigos, y salio hacia la capital.
Tras varios dias de viaje encontro en el camino a otros candidatos que iban tambien con anticipacion a esperar los examenes. Con compania, el camino ya no parecia solitario. Poco a poco se fueron reuniendo mas, hasta sumar diecisiete jovenes que viajaban a la capital.
Aquel grupo de nuevos letrados era joven y amante de novedades. Yuncong dijo:
-Si seguimos el itinerario normal, llegaremos a la capital con varios meses libres. Los antiguos decian que leer diez mil volumenes y andar diez mil li son cosas igualmente necesarias. Ya que viajamos tan lejos, por que no aprovechamos para visitar montanas famosas y lugares celebres?
Uno de los juren se llamaba Song Shi. Respondio de inmediato:
-Comparto del todo lo que dice mi hermano de promocion. Hace tiempo oigo que en Shu abundan los sitios famosos. Por que no vamos unos dias a Chengdu?
Todos eran jovenes y aficionados al paseo, de modo que nadie se opuso. Acordaron reunirse con los criados y el equipaje en Chongqing, mientras dieciseis de ellos tomaban un desvio hacia Chengdu. Fuera de Yuncong, que llevaba a Xiaosan, cada uno cargaba solo un pequeno bulto.
Wang Fu temia que aquellos jovenes, poco hechos al mundo, fueran enganados. Los aconsejo una y otra vez.
Song Shi le dijo:
-He andado fuera diez anos. Conozco todos los caminos del jianghu. Viejo mayordomo, puede estar tranquilo.
Wang Fu, viendo que no podia detenerlos, y sabiendo que el camino a Chengdu era grande y bastante seguro, tuvo que ceder. Solo llamo aparte a Xiaosan y le repitio que cuidara dia y noche al joven amo y que no provocara problemas. Xiaosan, aunque joven, era despierto, y acepto punto por punto.
Los dieciseis llegaron a Chengdu sin novedad y se alojaron en una gran posada. Cada dia salian a recorrer lugares famosos, contentos como si el viaje hubiera sido hecho solo para el placer.
Un dia, despues de pasear un rato, Yuncong propuso ir a Wangjiang Lou a beber un poco. Ya habian estado alli dos veces. Salvo tres o cuatro estudiantes pobres, casi todos eran hijos de familias acomodadas y no miraban demasiado el dinero. El camarero, al ver llegar clientes tan generosos, los atendia con el doble de diligencia.
Yuncong propuso no entrar en un reservado. Preferia que se sentaran junto a las ventanas, en mesas de tres o cuatro, para beber apoyados en la baranda y mirar el Yangtse. Todos estuvieron de acuerdo. Mandaron al camarero reservar las mesas junto a la ventana.
Pero en aquel piso solo habia cuatro mesas con vista, y en una de ellas dormia ya un daoista, inclinado sobre la mesa. Song Shi ordeno al camarero que lo despertara y lo hiciera marcharse.
El camarero vio al daoista pobremente vestido. Habia entrado por la manana a beber y seguia alli por la tarde. Ya antes le incomodaba; ahora, al ver que tantos "dioses de la riqueza" querian la mesa, se sintio con mas derecho. Invito primero a los jovenes a sentarse en las otras mesas, se acerco al daoista y lo llamo dos veces. No hubo respuesta. Lo empujo otras dos. El daoista no solo no desperto, sino que empezo a roncar mas fuerte.
Song Shi, impaciente y arrogante dentro de aquella pequena comitiva, sintio subir la colera.
En ese momento el daoista bostezoo y dijo:
-Otra calabaza de vino.
Al levantar la cabeza, se vio que dormia abrazado a una calabaza roja llena de vino.
El camarero dijo:
-Senor daoista, todavia quiere beber? Entro temprano y ya bebio bastante. No se arruine el cuerpo. A mi parecer, deberia volver al templo.
El daoista solto una groseria.
-Tu abres una taberna y no dejas beber? No parlotees. Toma mi calabaza y ve por vino.
El camarero sonrio con servilismo.
-Senor daoista, este humilde servidor queria pedirle un pequeno favor.
-Soy un daoista pobre. Que favor puedes pedirme?
-Estas cuatro mesas estaban reservadas desde ayer por esos jovenes caballeros. Crei que usted beberia y se marcharia, por eso lo deje sentarse. Ahora que han llegado los que reservaron, le ruego que se cambie a otro sitio.
El daoista se enfurecio.
-Ellos pagan por beber, yo tambien pago. Por que he de moverme porque ustedes lo manden? Si la mesa estaba reservada, debiste decirlo cuando entre. Hoy tu daoista se queda aqui a beber.
Song Shi ya no pudo contenerse. Se acerco y dijo:
-Esta mesa era nuestra. Si no la cede, no culpe al senor por faltarle al respeto.