La leyenda del Charro Negro. Parte 2

El nigromante

Ciudad de Cataluña, siglo XVI.

 

El nuevo obispo de la ciudad de Cataluña paseaba por las orillas del río, hundido en sus pensamientos. Ser Obispo de la ciudad era algo que había perseguido por años.

Taciturno, no se dio cuenta de por dónde caminaba y su pie resbaló en una saliente lodosa y cayó al río. El agua arrastró el cuerpo del obispo con tanta fuerza que él no podía llegar a la orilla. No escuchaba más que sus propios gritos, sentía que sus pulmones reventarían al llenarse de agua y entonces todo se hizo oscuridad, fría y horrenda, pero un hombre se hizo visible entre esa oscuridad.

―Aún no es hora ―le dijo señalando una puerta, en cuyos contornos podía notar el inconfundible brillo de llamas ardiendo al otro lado―, pero quizá quieras saber qué es lo que te espera.

La puerta se abrió y los ojos del obispo se desorbitaron. Una a una, más personas iban apareciendo a los lados de la puerta, mirándolo con un gesto entre la tristeza y el odio. El obispo se hizo hacia atrás al escuchar gritos y gemidos de terror entre el fuego que emanaba de aquella puerta.

―¡No! ―gritó―, ¡yo soy un hombre de Dios…!

―Eres un hombre de ambición ―dijo una de las almas que flanqueaban la puerta―. A mí me llevaste a la hoguera con falsas acusaciones de brujería, sólo para poder hacerte de mis bienes.

―Y a mí ―dijo una mujer joven―, me llevaste a una muerte tortuosa para evitar que la gente se enterara de que yo esperaba un hijo tuyo.

―A todos nosotros nos condenaste sabiendo que éramos inocentes ―dijo otro más―, y aunque aún no es tu momento, tarde o temprano estarás aquí de regreso.

El obispo sintió el fuego salir de la puerta para entrar por su boca, lastimando su tracto respiratorio. No podía gritar, ni pedir auxilio. Pero de pronto la oscuridad se convirtió en luz. Tosió con fuerza, arrojando agua desde sus pulmones y logrando al fin jalar aire.

―¡Oh, señor obispo! ―una mujer suspiró con alivio―, menos mal que lo rescatamos a tiempo.

―¿Rescatarme? ―el obispo se sentó observando a la gente que le rodeaba―. Eh… sí… os agradezco. Dios pagará vuestra bondad, buenos señores.

El obispo fue llevado de inmediato con un médico, quien le auscultó asegurándole que no había nada de qué preocuparse. Pero el obispo sí tenía algo de qué preocuparse, y en gran medida. Su ego le impedía creer que él realmente pudiese pertenecer a aquel lugar de sufrimiento que vio mientras se ahogaba, y aunque pequeña parte de su cordura sabía que se lo había ganado, no estaba dispuesto a cambiar su estilo de vida de lujos y hedonismo para evitar volver ahí.

De tantas personas que llevó a la inquisición ya no podía recordar a quiénes creía realmente culpables de herejía y a quienes acusó sólo para obtener beneficios. Entonces recordó que un par de días atrás habían capturado a una mujer en flagrancia, realizando rituales satánicos en los pastizales.

Fue de inmediato hasta la prisión. En una celda húmeda y maloliente estaba aquella mujer de pelo cano y enmarañado, atada por gruesas cadenas. Ella levantó su mirada de odio hacia el obispo.

―Sabía que vendríais ―dijo ella relamiendo sus dientes podridos―, pero he de deciros que no he de brindar ayuda a menos de que yo me vea libre.

―¡Haré que os saquen las palabras en la doncella de hierro!

―Por favor, señor obispo ―la bruja rio―, lo bueno de ser una bruja verdadera, es que no habrá tortura que me haga sentir dolor alguno. Si yo obtengo indulgencia de vuestra parte, tendrá de mí lo que necesita.

―¿Exactamente qué es lo que necesito? ―gruñó el obispo.

―Tenéis dos opciones ―dijo la bruja―. La primera no es muy grata. Se quedaría en este mundo, pero como un alma en pena, atada a su cuerpo muerto. Pero además deberá ofrecer un pacto a Satanás, algo a lo que él no pueda negarse, y entonces os permitirá quedarse.

―No quisiera quedarme como alma en pena. ¿Hay algo más que pueda hacer?

―Es magia aún más oscura de lo que yo he realizado jamás ―explicó la bruja―, pues necesita de la necromancia para encontrar a alguien que quede penando por usted. Entonces podrá atar su cuerpo al del condenado, y mientras él permanezca en la tierra de los vivos, usted jamás morirá.

―¡Eso! ―exclamó el obispo―, ¡eso es lo que quiero!

―Pero debe saber ―explicó la bruja― que hará más daño de lo que ha hecho en todo lo que lleva de vida, y os advierto que aún en el infierno hay niveles, y mientras más daño haga en vida, más sufrirá en el averno, tome en cuenta, que nada, ni siquiera este hechizo, es eterno.

―¡No me importa! ¡Sólo dígame cómo hacerlo!

―¡Oh, no señor obispo! ―la bruja rio―, yo no revelaré nada hasta que me vea libre.

El obispo hizo los arreglos necesarios para liberar a esa mujer. A la siguiente noche, ya estaba con ella en una casa de piedra entre los pastizales. La bruja le entregó un libro de aspecto repugnante, forrado en lo que parecía carne putrefacta, el obispo frunció la nariz al sentir el hedor que salía de aquel libro.

―Aquí están los secretos más oscuros de la magia ―dijo la bruja―, y fue escrito del sufrimiento de inocentes. Está forrado en carne, cada hoja está hecha de piel humana, y en lugar de tinta, está escrito con sangre.



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En el texto hay: leyendas, brujeria, suspenso miedo

Editado: 04.09.2023

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