—¡Setenta pesos por un libro! —me dijo Erick—. No es por el dinero, pero un libro…
—Yo quiero ese libro —concluí con tono infantil.
Como si se le fuera parte del alma, Erick metió la mano en el bolsillo y me dio el dinero. Y ustedes dirán: problema resuelto, pero no, ahí fue cuando empezaron los problemas o mejor dicho cuando comencé a cobrar conciencia de ellos.
Cuando fui a la librería Pepe Medina ya se lo habían llevado. Rebusqué una y otra vez como quién ha perdido algo importante y abre los ojos esperanzados de encontrarlo. Pero nada, alguien se había llevado el libro, a pesar de que era relativamente caro para mi salario de Técnica en Gestión Comercial —en otras palabras: una simple facturadora—, y el suyo de pintor. Estaba en la sección de libros de segunda mano o consignación, sólo había un ejemplar.
Nunca olvidé el título: “Cómo ser una mujer y no morir en el intento”. Se lo pedí a cuanta persona con cara de culturosa conocía, a las polillas del taller literario. Busqué en las bibliotecas virtuales y nada. El tiempo pasó y el título me seguía retumbando en el cerebro. Entonces en el taller literario alguien dijo que escribía los libros que no podía tener. Así surgió la idea: