La Liturgia De Las Manos Desnudas De La Reina Sin Cadenas

Capítulo 1: El Caballero de la Moto y el Refugio de Vidrio

A veces el destino no te envía un rayo de sol, sino una sombra que te cubre para que dejes de quemarte. En aquel entonces, mi vida era un campo de batalla lleno de escombros. Yo era una mujer habitando un cuerpo que ya no sentía mío, marcado por los celos enfermos y los golpes de Franklin. Vivía bajo el yugo de un psicópata que me hacía creer que el aire que respiraba le pertenecía. Y en medio de ese ruido ensordecedor, de ese miedo que me hacía caminar mirando siempre por encima del hombro, apareció él.
Antonio no llegó con estruendo. No era el protagonista de los cuentos que yo solía escribir, esos de hombres perfectos y armaduras brillantes. Él era el "chamo" de la moto, el hombre de los recados, el mototaxista que se convirtió en mi sombra fiel durante siete largos años. Siete años en los que él fue el testigo mudo de mis lágrimas. Recuerdo las mañanas en Casanay, cuando el dolor me apretaba tanto que sentía que me iba a asfixiar. Lo llamaba y él llegaba, puntual, como si su vida dependiera de sacarme de aquel infierno por un rato.
—Señora España, usted es muy bonita —me decía con una timidez que me desarmaba—. No se deje pegar. Dése su valor.
Esas palabras eran el único bálsamo que yo recibía. Yo lo veía como el "chamo", alguien a quien le pagaba una carrera para que me llevara a los rincones más olvidados de Botuco o Juan Sánchez, a sitios donde nadie me conociera, donde pudiera sentarme a beber una cerveza y llorar hasta que los ojos me ardieran. Él se sentaba en una mesa lejana, respetuoso, cuidándome de los lobos, esperando a que yo terminara de vaciar el alma para llevarme de regreso a mi cárcel. Todos lo veían menos yo. La muchachada de mi trabajo me lo decía: "Ese chamo está enamorado de ti". Yo me reía. ¿Cómo iba a fijarse en mí alguien a quien yo veía tan pequeño, tan frágil, mientras yo era esta mujer de 1.82m lidiando con monstruos?
Hasta que llegó aquel 28 de noviembre. Franklin ya no estaba en mi cama, pero seguía en mis pesadillas. Yo dormía cuando el teléfono vibró. Era Antonio. Al contestar, no hubo palabras, solo música. Diomedes Díaz empezó a cantar: "Pueden haber más bellas que tú, habrá otra con más honor que tú... pero eres la reina". Me quedé en silencio, con el corazón acelerado y una sonrisa que se me dibujó en la cara casi sin permiso. Al día siguiente, en el camino hacia Cariaco, el aire se sentía diferente. Le di un toque juguetón en la barriga y lo reté: "Dime lo que me dijiste anoche, pues". Él solo se reía, ese tímido que me hacía sentir que, después de tanta tormenta, quizás el sol era una moto y una canción vallenata.
Esa tarde en casa de mi amiga, entre copas y verdades, él finalmente lo soltó frente a todos: "Tengo cuatro años enamorado de ella". Me agarró la mano y me dio un beso. En ese instante, sentí que el mundo se detenía. No me importó que fuera más bajo que yo, ni que fuera de bajos recursos, ni que la gente empezara a murmurar que yo había caído bajo. En ese beso, yo sentí que finalmente alguien me veía como un ser humano y no como un objeto de caza. Fue el nacimiento de una esperanza, el inicio de una entrega absoluta a un hombre que juraba haberme amado en silencio mientras yo era destruida por otro. Lo que yo no sabía, mientras sentía esas mariposas en el estómago camino a Cariaco, era que estaba cambiando una cadena de hierro por una de seda que, con el tiempo, apretaría mucho más fuerte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.