Dicen que el amor lo embellece todo, pero a veces el amor también nos ciega de una forma peligrosa. Una vez que aquel beso en Casa de mi amiga selló nuestro destino, me propuse una meta que hoy, bajo esta luna de Casanay, me parece una locura: yo iba a ser la mujer que lo rescatara a él de la misma forma que sentí que él me rescató a mí. Me convertí en la arquitecta de su vida, en la mano que sostenía cada uno de sus pasos, sin darme cuenta de que mientras yo le construía un trono, yo misma me iba quedando a la intemperie.
Yo era la "Reina", sí, pero una reina que trabajaba de sol a sol. Mi negocio, mis proyectos, mis madrugadas frente a la computadora... todo tenía un propósito: que a mi familia no le faltara nada. El dinero que llegaba a mis manos se transformaba mágicamente en comida para la mesa, en los mejores zapatos para mis hijos, en cuadernos impecables y juguetes para ver sus caras iluminarse. Mi mente funcionaba como un inventario de necesidades: faltaba un bombillo, yo lo compraba; se rompía una sábana, yo la reponía. Mi orgullo era ver mi casa limpia, mis hijos impecables y a él, a mi Antonio, convertido en un hombre que ya no parecía aquel "chamo" de bajos recursos que conocí.
Me daba un placer casi culposo verlo bien vestido. Yo misma le elegía los mejores perfumes, buscaba los mejores zapatos, las gorras que le quedaban bien, incluso hasta su ropa interior tenía que ser de calidad. Quería que cuando la gente lo viera pasar, vieran al hombre de una mujer exitosa. Me convertí en su escudo. Cuando en el pueblo murmuraban por la diferencia de estatura —yo con mi 1.82m y él con su 1.60m— o cuando decían con veneno que él solo estaba conmigo por mi plata, yo sacaba las garras, España tremenda loca tu metiéndote con ese carajito, tu estás ciega ese hombre feisimo y de paso mototaxis. Lo defendía frente a cualquiera, me presentaba como "el amor de mi vida" y le apretaba la mano con fuerza, como diciéndole al mundo: "No importa lo que vean, él es mi paz".
Pero la paz empezó a salir cara. Mientras él "reunía" su dinero, yo cubría los agujeros de la realidad diaria. Él decía que estaba ahorrando con "su esfuerzo y la gracia de Dios", y yo asentía, callada, sin recordarle que su esfuerzo era posible porque yo pagaba el precio de la tranquilidad del hogar. Tardó en comprarse aquel carro pero lo hizo y aplaudí su logro, pero un carro que para él era un trofeo y para mí terminó siendo un muro. Me dolía la espalda de trabajar, me dolían los pies de caminar, y a veces me miraba al espejo y veía a una mujer que solo tenía un par de cholas viejas para caminar, mientras él estrenaba neumáticos. Ese carro, que se supone era de los dos, terminó durmiendo en casa de su madre, allá arriba, lejos de mi vista, como si fuera un secreto que no me pertenecía.
El amor de mi vida se estaba convirtiendo en un extraño que solo bajaba a mi casa a las ocho de la noche para dormir y se iba a las seis de la mañana. Yo me conformaba con su olor, con tenerlo cerca, aunque ya no hubiera besos, aunque el sexo fuera algo que yo tenía que buscar como si estuviera pidiendo un favor. Me volví una experta en justificar lo injustificable: "Él trabaja mucho", "Él es tímido", "Él es así". Me olvidé de la Jhoice que escribía novelas de romance para convertirme en la protagonista de una historia de sacrificios unidireccionales. Yo le daba el mundo entero, y él, a cambio, me daba un espacio en su agenda de ocho a seis, mientras su verdadera vida, sus sonrisas y su energía, se quedaban en la calle o guardadas bajo llave en ese teléfono que empezó a ser su posesión más sagrada. Yo no lo sabía aún, pero estaba alimentando a un monstruo de ingratitud que muy pronto me cobraría la deuda más alta: mi propia dignidad.
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Editado: 06.05.2026