La Liturgia De Las Manos Desnudas De La Reina Sin Cadenas

Capítulo 3: El Agua de Azúcar y el Beso de Judas

Hay dolores que no se olvidan porque se quedan grabados en la piel, no como una cicatriz, sino como un incendio que nunca termina de apagarse. Mi tercer capítulo no tiene música de Diomedes Díaz, tiene el sonido del llanto de una niña que no entendía de traiciones. Cuando Zamahra nació, yo creí que ese vínculo nos uniría para siempre, que el hombre que me llamó "Reina" cuidaría de su princesa. Pero la realidad me golpeó con la fuerza de un naufragio.
Apenas dos meses tenía mi hija cuando el mundo se me vino abajo. Recuerdo haberme quedado sin un centavo, atrapada en las cuatro paredes de mi casa mientras él desaparecía en la noche, gastándose lo que no teníamos con otras. La desesperación de una madre es un abismo que nadie debería conocer. Recuerdo mis manos temblando mientras preparaba teteros de agua con azúcar porque no había nada que darle, y el nudo en mi garganta al romper mi propia ropa para improvisar pañales porque él no estaba para proveer. Y mientras yo me hundía en esa miseria, él regresaba a las cinco de la mañana, borracho, con el cuello marcado por moretones que no eran míos, con el olor de otra piel impregnado en su ropa.
—Ya voy por ti para llevarte a la fiesta —me decía a veces por mensaje.
Y yo, con esa esperanza terca que hoy me da rabia, me vestía, me ponía hermosa, me sentaba en la puerta desde las ocho de la noche hasta la madrugada. Me quedaba ahí, viendo cómo las estrellas se movían, ignorando los mosquitos, esperando a un hombre que nunca llegaba a la hora, o que llegaba cuando el sol ya salía, exigiendo un perdón que yo le entregaba como si fuera un regalo barato. Menos de una semana duraba mi dignidad; él lloraba un poco, me decía cuatro palabras dulces, y yo volvía a abrirle la puerta del corazón.
Pero la traición más grande no fue de alcoba, fue de sangre y de ley. Nunca olvidaré el día de la orden de alejamiento. Me vi de pie, frente a las autoridades, viendo cómo él, el hombre por el que yo lo había dado todo, firmaba un papel en mi contra para complacer a la mujer de turno. Lo hizo delante de ella, con una frialdad que me mató por dentro. En ese momento, sentí que me arrancaban el alma. Y lo peor, lo que más me duele reconocer hoy, es que al día siguiente volví a perdonarlo. Estaba "magníficamente loca", atrapada en una adicción emocional donde el verdugo era mi único refugio.
Incluso la complicidad era una espina constante. Allá arriba le daban habitación y comida a las mismas mujeres que se burlaban de mí. Hubo una de las tantas mujeres que me hizo la vida de cuadros, dormía bajo el techo de mi suegra con la bendición de ella, mientras yo sentía que me escupían en la cara. Me llamaban psicópata, enferma, loca... él le decía al mundo que yo no lo dejaba en paz, mientras yo seguía comprándole sus perfumes y cuidando la casa. Estaba viviendo con un hombre que me pasaba por delante en la moto con otras mientras yo cargaba a su hija en mi vientre de siete meses. Yo era la idiota que buscaba su olor en la almohada, la que aceptaba sus insultos de "puta" y "perra" solo para que no se fuera, sin darme cuenta de que el hombre que me rescató de un monstruo se había convertido en uno mucho más silencioso, uno que me estaba consumando la vida gota a gota.




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