La Liturgia De Las Manos Desnudas De La Reina Sin Cadenas

Capítulo 4: La Rebelión de la Coraza

Llega un momento en que el dolor satura el alma y el miedo se transforma en una rabia fría, en una claridad que no pide permiso. Ese momento llegó para mí cuando me di cuenta de que mi hogar se había convertido en una sala de espera y yo en una estatua que se marchitaba en el umbral de la puerta. Me cansé de ser la mujer que guardaba silencio mientras él se escondía horas en el baño con ese teléfono que era su verdadera amante, su portal a una vida donde yo no existía.
—¿Para dónde vas? —me preguntó una tarde, con esa voz de dueño que siempre usaba cuando me veía arreglándome.
—Para la calle, con mis amigas —le respondí, sin mirarlo, mientras me pintaba los labios con una firmeza que no me conocía.
—Si te vas, no vuelvo más —sentenció él, soltando la amenaza de siempre, la que antes me hacía temblar y deshacer mis planes.
Pero esa vez, algo dentro de mí se rompió... o mejor dicho, se liberó. Me volví, lo miré y le dije con una calma que lo descolocó: "Váyase si quiere, yo no voy a ser más esa tonta". Y me fui. Esa noche, el aire de Casanay se sintió diferente en mis pulmones. No fue una rumba de despecho, fue un acto de soberanía. Empecé a salir, a buscar a mis amigos,a reírme, a recordar que mi risa todavía tenía sonido propio. Me puse rebelde, sí, pero no contra él, sino contra la cárcel en la que yo misma me había encerrado por amor.
Él empezó a notar el cambio que yo tenía todos los fines de semana , y reconozco que no estaba bien, pero yo decía "solo estoy bebiendo y pasándola bien" Ya no había testamentos de amor en su WhatsApp, ya no había súplicas. Entonces, su táctica cambió: se volvió un amargado entre mis cuatro paredes. En la calle era el alma de la fiesta, el hombre sonriente y carismático que todos querían, pero al cruzar mi puerta, se transformaba en un ser de hielo. Ya no me besaba, ya no me buscaba, y el sexo se convirtió en un desierto donde yo era la única que intentaba encontrar agua. Me decía palabras que todavía me queman cuando las pienso: "puta", "perra", "maldita". Me gritaba que yo le había arruinado la vida, que se la tenía hecha una "verga", mientras yo miraba a mi alrededor y veía los bombillos que yo compré, la comida que yo proveí y los hijos que yo saqué adelante sola mientras él ahorraba para un carro que no era mío.
Me di cuenta de que nunca fui su prioridad. En todos estos años, solo una vez recibí una torta de cumpleaños. Jamás hubo un "España, vamos a conocer tu ciudad, vamos a visitar a tu familia". Mi mundo para él era pequeño, un lugar de paso de ocho de la noche a seis de la mañana. Me dolía entender que él no quería una compañera, quería un refugio seguro para sus desastres. Se vestía en casa de su madre para irse de fiesta, porque allá nadie le preguntaba nada, allá su complicidad era ley. Y yo, mientras tanto, seguía ahí, con mi "memoria de elefante" registrando cada desplante, cada vez que le daba sueño conmigo cuando salíamos,pero amanecía con otros tranquilo y feliz. La coraza se me fue endureciendo, no para hacerme mala, sino para no terminar de desmoronarme frente a mis hijos. Estaba naciendo una Jhoice que él ya no podía controlar, una que empezaba a entender que estar sola era mil veces mejor que estar acompañada por un fantasma que solo sabía herir.




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