La Liturgia De Las Manos Desnudas De La Reina Sin Cadenas

​Capítulo 5: La Liturgia de las Manos Libres

​Hay noches que duran años y silencios que dicen más que mil testamentos de WhatsApp. Esta noche, en Casanay, el tiempo se detuvo. Empezó con el calor sofocante de un apagón, ese que te obliga a sacar los colchones al garaje y a buscar aire donde no lo hay. En medio de esa penumbra, recibí el último intento de su manipulación: El anillo de compromiso , una argolla que pretendía encadenar mi futuro al mismo pasado de traiciones y agua con azúcar. Pero algo en mi interior ya había hecho "click".
​Me quedé dormida con el alma en vilo, y cuando la luz regresó a las once en punto, sentí un llamado eléctrico. Me desperté, miré a mis hijos durmiendo a mi lado —la única verdad absoluta de mi vida— y me toqué las manos. Pasé el pulgar por el metal frío y recordé cada palabra, cada desprecio, cada insulto de "perra" y cada desplante. Me levanté en silencio, como quien se dirige a un altar para dejar una ofrenda que ya no le pertenece. Fui al cuarto, busqué una caja de teléfono vieja, un rincón de cartón donde se guardan documentos que ya no se leen, y me los quité.
​En el momento en que el metal resbaló por mis nudillos, un escalofrío me recorrió el espinazo, una sacudida eléctrica que me devolvió la propiedad de mi cuerpo. Y entonces, como si el cielo de Sucre hubiera estado esperando mi permiso, empezó a llover. Una garúa fina, una caricia de agua que caía sobre el techo mientras yo guardaba los restos de mi naufragio en esa caja. Fue un ritual de purificación. Sentí que esa lluvia lavaba las humillaciones de sus amantes, la complicidad de mi ex suegra a pesar de decirme "y que puedo hacer yo España, me cansé de hablar con el" y las horas de espera en la puerta de mi casa. Cuando cerré la caja, la lluvia se detuvo por un momento, como si el cielo hubiera dicho: "Ya está, Jhoice. Ya limpiamos el camino".
​Ahora estoy aquí, sentada en el garaje. Veo dos luceros que brillan con una rabia hermosa y una luna que parece ser el único testigo de mi libertad. Siento nostalgia, claro, y un nudo en el pecho que me aprieta cada vez que intento nombrar mi dolor, pero no es el nudo de la desesperación. Es el nudo de la indignación que se transforma en paz. Ya no hay anillos. Ya no hay espera. Ya no hay "memoria de elefante" que me use para torturarme, sino para recordarme de dónde no debo volver jamás.
​Me miro las manos a la luz de los bombillos que yo misma compré y las veo grandes, fuertes, capaces de seguir escribiendo novelas, de diseñar joyas y de acariciar a Zamahra, Alessandro y Heyssel sin el peso de una lealtad que me estaba matando. No soy una "idiota" que perdió el tiempo; soy una mujer que sobrevivió a dos monstruos y que hoy, por fin, ha decidido ser su propio refugio. El Antonio que me rescató hace años se quedó en esa moto; el hombre que me insultó y me desvalorizó se quedó en esa caja de cartón. Se que debo cambiar muchas cosas y dejar un poco las salidas, pero al menos siento paz.
​El final de este libro no tiene un punto final, tiene un horizonte abierto. La tierra se está refrescando, el sonido de la salamanquera es mi nueva melodía y, aunque las ganas de llorar me asalten, son lágrimas de alivio. Mañana no me despertaré siendo la "psicópata" de nadie, ni la "Reina" de un trono de barro. Mañana me despertaré siendo Jhoice España, la dueña de su silencio y la autora de un destino donde nadie, nunca más, me hará sentir que no soy suficiente. La página está en blanco, y por primera vez, tengo mis manos libres para escribir lo que yo quiera.




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