La fábrica quedó vacía a las nueve. Luisa apagó las luces del sector de empaque una por una, y con cada clic el silencio se hizo más grande. Pedro la esperaba junto a la puerta de los depósitos, con las manos en los bolsillos y la vista clavada en el piso.
—Por acá —dijo ella.
Bajaron por la escalera de servicio. El aire cambió antes de llegar. Más frío, más denso, con ese olor a metal que tienen los lugares donde nunca entra el sol.
La cámara refrigerada del sótano guardaba pollo procesado en cajas de cartón encerado. Luisa abrió la puerta pesada. Entraron. Adentro, la luz era blanca y sin sombras. El termómetro de la pared marcaba dos grados bajo cero.
—Acá nadie nos escucha —dijo Luisa, sonrió y se cruzó de brazos. No por frío. Por otra cosa.
Pedro miró alrededor como si buscara una salida antes de necesitarla.
—Tu mujer se fue con los chicos a lo de tu suegra —dijo Luisa—. Hoy y mañana estás libre.
—Sí.
—Podrías quedarte en casa. Esta noche.
Pedro negó con la cabeza, despacio, como si el gesto le costara.
—Hoy no puedo Luisa.
— ¿Por qué?
—No te estoy pidiendo que la dejes. Todavía no. Pero podemos pasar ésta noche con todo el fuego.
Pedro levantó la mirada y miró a Luisa directo a los ojos.
—Creo que llegó la hora de terminar con todo esto.
—¿Qué?
Ella dio un paso. El vaho de su respiración se mezcló con el de él.
— ¿Te acuerdas como empezó todo? Tu me buscaste a mí —dijo Luisa—. Hace ocho meses. Yo no fui a buscarte a tu casa.
—Y me arrepiento de eso. Y ahora lo hago todos los días.
La frase quedó ahí, colgada en el aire frío, y a Luisa le dolió más que un golpe. Se rió, pero sin ganas.
—Qué lindo. Decime eso mientras me tienes adentro tuyo cada miércoles.
—Te pido perdón, pero...
— ¿Ahora me pides perdón? Después que te entregué todo de mí. ¡Cuando ahora estoy dispuesta aguantar no sé cuánto tiempo que dejes a tu esposa! — Luisa ya estaba gritando.
—Yo no tengo la culpa.
— ¿Ah, sí? ¿Entonces la culpa la tengo yo? ¡De enamorarme como una tonta!
—No me hables así.
— ¿Cómo quieres que hable? —La voz se le fue subiendo al máximo —. Eres tú el que me llama. Eres tú el que aparece en la puerta de mi casa cuando tu mujer se va de viaje.
—Porque eres importante para mí. Pero tengo hijos.
—Yo también podría ser importante para ti afuera de esta cámara. Con luz del día. Con gente mirando.
Pedro apretó la mandíbula y no contestó. Eso, el silencio, fue lo que la quebró.
—Andá a la mierda —dijo Luisa.
Se dio vuelta y salió. La puerta pesada se cerró de golpe atrás de ella, con un ruido sordo que retumbó en el pasillo vacío. Luisa no miró atrás. Caminó rápido, subió la escalera, cruzó el sector de empaque a oscuras y salió al estacionamiento sin cruzarse con nadie.
Manejó hasta su casa con la radio apagada.
Adentro, tiró las llaves sobre la mesada y sacó una botella de vino de la alacena. No buscó copa. Bebió del pico, parada en la cocina, con la luz del techo encendida y la casa demasiado callada alrededor.
Se sentó en el sillón un rato, con el celular en la mano, mirando la pantalla apagada. No lo llamó. Tampoco borró su número, aunque lo pensó.
Se acostó vestida. El techo tenía una mancha de humedad con forma de nada, y Luisa la miró un largo rato antes de cerrar los ojos.
Pensó en la cara de Pedro cuando dijo “me arrepiento de eso”. Pensó en la puerta cerrándose atrás de ella. Pensó que no le importaba, que mañana iba a despertarse y no le iba a importar nada.
Se durmió enojada, con la botella todavía a medio terminar sobre la mesa de luz, sin saber que a esa hora, en el sótano de la fábrica, la temperatura seguía bajando.