La Llamada

Capítulo 2 — La noticia

El despertador sonó a las siete, como todos los días. Luisa lo apagó de un manotazo y se quedó mirando el techo un rato antes de levantarse. Le dolía la cabeza. Se acordó del vino, de la puerta cerrándose de golpe, y sintió una punzada de vergüenza que le duró lo que tardó la ducha en aclararle la mente.

No lo llamó. Se vistió, tomó café parada en la cocina y salió para la fábrica con el pelo todavía húmedo.

Cuando llegó, vio que algo estaba mal antes de bajar del auto. Dos patrulleros y una ambulancia, con las luces girando sin sirena, estacionados en la entrada de empleados. Un grupo se había juntado cerca del portón, hablando bajo, y nadie miraba a nadie a los ojos.

Luisa se acercó.

— ¿Qué pasó? —preguntó Luisa, y su propia voz le sonó rara, demasiado tranquila.

Una de las chicas de empaque negó con la cabeza, con los ojos llorosos.

—Pedro. Lo encontraron en la cámara del sótano.

Luisa sintió que el piso se movía apenas, un centímetro, nada más. Suficiente.

— ¿Encontraron cómo?

—Congelado —dijo la chica, y se tapó la boca—. Se quedó encerrado en la cámara. No pudo salir. Dicen que la palanca de adentro estaba rota.

La palanca.

Luisa se acordó, de golpe, con una claridad que le dolió en el pecho: anoche, mientras se dormía enojada, había pensado que Pedro iba a salir de la cámara solo, como siempre. Que iba a esperar un rato, calmarse, y salir. Nunca pensó en la palanca. Nunca pensó que pudiera fallar algo tan simple.

Se quedó parada, sin poder acercarse ni alejarse. Alrededor, la gente seguía hablando, pero las palabras le llegaban de lejos, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

Los médicos salieron con la camilla del sótano. El cuerpo venía cubierto con una sábana blanca, y aun así se notaba la forma rígida, torcida, de alguien que había muerto peleando contra algo que no cedió. Luisa caminó hacia ellos sin decidirlo, como si las piernas hubieran tomado la decisión antes que ella.

—Un momento —dijo, y nadie la detuvo.

Levantó la sábana. La cara de Pedro estaba blanca, casi azul en los labios, con una expresión que no era de dolor sino de sorpresa, como si hasta el final hubiera creído que la puerta iba a abrirse.

—Perdóname —susurró Luisa, tan bajo que ni ella estuvo segura de haberlo dicho.

Le tocó la mejilla. Estaba dura, fría de una forma que no se parecía a nada que hubiera tocado antes. Un médico le puso una mano en el hombro, con cuidado, Luisa dejó caer la sábana y dio un paso atrás.

Lo quería. Nunca se lo había dicho así, con esas palabras, ni siquiera anoche, en la cámara, cuando todavía podía decírselo. Ahora se lo decía a un cuerpo que ya no iba a escucharla.

No entró a trabajar. Nadie le preguntó por qué; en la fábrica, esa mañana, todos tenían la misma cara. Caminó hasta el auto, manejó sin rumbo un par de cuadras y terminó estacionando frente a un bar que no conocía, con las luces apagadas todavía a esa hora y un cartel de abierto colgando torcido en la puerta.

Pidió un whisky. El barman no le preguntó nada, y eso se lo agradeció más que cualquier palabra.

Se sentó en la punta de la barra, sola, y tomó el primer trago de un saque. El segundo lo tomó más despacio. Para el tercero ya estaba llorando, sin ruido, con la cara entre las manos, los hombros apretados como si eso pudiera contener algo.

Y entonces le llegó el pensamiento, entero, sin aviso:

Yo lo maté.

No a propósito. Pero lo había encerrado. Había cerrado la puerta con toda la fuerza de la bronca, sabiendo que él quedaba adentro, y se había ido sin mirar atrás. Si se hubiera quedado un minuto más. Si hubiera vuelto a la mañana, temprano, antes de que nadie más llegara. Si no hubiera bebido y se hubiera dormido pensando en cualquier otra cosa.

Homicidio culposo. La palabra le apareció sola, clara, como si alguien se la hubiera dictado al oído. No sabía bien qué significaba en términos legales, pero sabía lo que significaba en los términos que importaban: cárcel. Un juicio. Su nombre en el diario.

Luisa levantó la cabeza, se limpió la cara con el dorso de la mano y miró el vaso vacío frente a ella.

Por primera vez desde que había bajado del auto esa mañana, tuvo miedo.




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