La Llamada

Capítulo 3 — El hombre del bar

El barman le sirvió un cuarto whisky sin que ella lo pidiera. Luisa lo miró, agradecida y avergonzada al mismo tiempo, y se lo tomó de un trago.

Afuera, la mañana seguía su curso como si nada. Adentro del bar, el tiempo se había quedado pegado en un punto fijo: el momento en que a Luisa se le ocurrió, con toda claridad, que era una asesina.

No una asesina de película, con plan y con motivo. Una asesina de las otras, de las que se enojan y cierran una puerta sin pensar en lo que hay del otro lado. Eso, para la ley, seguramente tenía un nombre más suave. Para ella no.

Se secó la cara con la manga y miró el reloj sobre la barra, un reloj viejo con el vidrio rajado. Las nueve y veinte. En algún momento del día, alguien iba a atar los cabos. Alguien iba a preguntar quién estuvo con Pedro anoche, quién cerró esa puerta, y su nombre iba a aparecer.

— ¿Está bien?

La voz vino de al lado. Un hombre se había sentado dos taburetes más allá sin que ella lo notara, con un café que ya no humeaba. Cuarenta y pico, campera gastada, manos que no paraban quietas sobre la barra. Tenía algo raro en la forma de mirarla, algo entre la lástima y el apuro.

—Estoy bien —dijo Luisa, cortante.

—No parece.

—No busco compañía. Y menos de un desconocido en un bar a las nueve de la mañana.

El hombre levantó las dos manos, como pidiendo disculpas, pero no se movió del taburete.

—No es lo que piensa. Solo digo que se la ve muy triste.

—No es asunto suyo.

—No, no lo es.

Un silencio incómodo. El hombre tamborileó los dedos sobre la madera, miró hacia la puerta como si calculara algo, y después volvió a mirarla a ella.

—A veces —dijo— los problemas se resuelven más fácil con ayuda de alguien.

—No necesito que nadie me consuele. Puedo resolver mis problemas sola.

—Algunos problemas no se resuelven solo con voluntad.

Luisa lo miró de frente por primera vez. Algo en la cara del hombre no cerraba: la boca sonreía a medias, pero los ojos no. Le sostenía la mirada como quien sostiene algo que pesa más de lo que puede cargar.

—Lo único que podría necesitar ahora —dijo Luisa, con una risa amarga— es un buen abogado.

El hombre no se rió con ella. Metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó un papel doblado en cuatro, gastado en los bordes como si hubiera pasado por muchas manos antes que la suya.

—Puedo darle un número. Ahí puede pedir ayuda. La que sea. Incluso un abogado, si hace falta.

— ¿Qué es esto, una broma?

—No es broma.

Luisa no tocó el papel. Lo miró como si pudiera morder.

— ¿Quién da un número de teléfono así, a una desconocida, en un bar?

El hombre bajó la voz. Por primera vez, algo en su cara se pareció al miedo.

—Alguien que también estuvo donde está usted ahora. Yo llamé ese número hace tiempo. Recibí una ayuda que no esperaba.

— ¿Y a cambio de qué?

—Eso pregúnteselo a ellos. —Empujó el papel un poco más cerca de ella—. Yo solo le pido que lo intente. Nada más.

Luisa miró el papel, después al hombre, después otra vez el papel. Tenía anotado un número en letra apretada, con la última cifra remarcada dos veces, como si a quien lo escribió le hubiera temblado el pulso.

— ¿Por qué le importa tanto que llame?

El hombre no contestó enseguida. Se quedó mirando el café frío, y cuando volvió a hablar, la voz le salió más baja, casi para sí mismo.

—Porque a mí también me lo dio alguien, en un bar como este. Y porque el trato tiene una parte que usted todavía no conoce.

— ¿Qué parte?

—Llame, y se la explican mejor que yo.

Algo en la insistencia del hombre debería haberla espantado. Pero Luisa tenía el pecho apretado desde hacía dos horas, sin salida, sin nadie a quien contarle nada, y el papel seguía ahí, sobre la madera oscura de la barra, esperando.

Estiró la mano y lo tomó.

—Está bien —dijo—. Voy a intentar.

El hombre asintió, y algo se le aflojó en los hombros, como si acabara de bajar un peso que llevaba encima hacía rato.

Luisa sacó el celular de la cartera. Desdobló el papel sobre la barra y leyó el número letra por letra. Era raro, más largo de lo normal, terminado en cuatro ceros seguidos y después un trece.

— ¿Qué prefijo es este?

Levantó la vista para preguntárselo al hombre, pero el taburete de al lado estaba vacío.

Miró hacia la puerta. Miró hacia el baño. Miró al barman, que seguía secando vasos sin mirarla.

—El hombre que estaba ahí —dijo Luisa—. ¿A dónde fue?

El barman se encogió de hombros.

—Ni lo vi salir.

Sobre la barra, donde antes había estado el café frío, quedaba un billete arrugado. Nada más. Ni un vaso, ni una servilleta con algo escrito, ni una sombra en la puerta.

Luisa se quedó mirando el lugar vacío un momento largo. Después bajó la vista al papel que tenía en la mano, con esa letra apretada y ese trece remarcado dos veces, y pensó que lo más sensato era romperlo y pedir la cuenta.

Pero no lo hizo.

Marcó el número, despacio, mirando cada cifra antes de tocarla, como si pudiera arrepentirse a mitad de camino. Se llevó el teléfono a la oreja. Sonó una vez. Sonó dos.

Un clic, y del otro lado se abrió un silencio distinto, más profundo, como si la línea conectara con un lugar sin ruido de fondo, sin tráfico, sin nada.

Después, una voz de hombre. Cálida. Casi divertida, como si la conversación ya hubiera empezado hace rato y ella recién se sumara.

—Hola, Luisa. Veo que estás en problemas.




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