La Llamada

Capítulo 4 — La primera promesa

— ¿Quién habla? —preguntó Luisa, aunque la pregunta le salió más floja de lo que hubiera querido.

—Eso no importa todavía —dijo la voz—. Importa lo que necesitas.

— ¿Cómo sabe mi nombre?

—Sé más que tu nombre, Luisa. Sé que anoche discutiste con Pedro en la cámara del sótano. Sé que cerraste la puerta y te fuiste sin mirar atrás. Sé que la policía va a llegar a la misma conclusión que llegaste tú hace un rato, sentada en esa barra.

A Luisa se le heló algo por dentro, algo que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del bar.

— ¿Cómo sabe todo eso?

—Porque es mi trabajo saberlo.

— ¿Trabajo de qué?

La voz se rió, un sonido corto, casi cálido.

—De ayudar. Tú decime qué necesitas, y yo te ayudo.

Luisa miró al barman, que seguía a lo suyo, ajeno a todo. Bajó la voz.

— ¿Y qué me van a pedir a cambio?

—Nada.

—Eso no existe.

— Acá existe.

—Nadie regala nada. Menos algo así.

—Puedes no creerme —dijo la voz, sin apuro—. Igual tienes que decirme qué necesitas. El tiempo, en tu caso, corre más rápido de lo que piensas.

Luisa se agarró el borde de la barra con la mano libre. Tenía la garganta cerrada, y por un momento no pudo decir nada. Pensó en Pedro, en la cara blanca bajo la sábana, en la marca de sorpresa que le había quedado en las cejas, como si hasta el final hubiera esperado que la puerta se abriera.

—Quiero que Pedro esté vivo —dijo, y la voz se le quebró en la última palabra.

Del otro lado hubo un silencio breve. No de duda. De algo más parecido a la satisfacción.

—Pedro va a estar vivo.

— ¿Cómo?

—Eso no es asunto tuyo. Solo tienes que confiar.

—Espere...

—Cualquier otra cosa que necesites, ya sabes el número.

La línea se cortó. Luisa se quedó con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de llamada terminada, ese pitido chato que no significa nada y en ese momento significaba todo.

Bajó el brazo despacio. Miró la pantalla: la llamada figuraba con una duración de un minuto cuarenta. Un número real, con un registro real, como cualquier otra llamada.

Apoyó el teléfono sobre la barra, boca abajo, como si pudiera contagiarle algo si lo seguía mirando.

Fue una locura, pensó. Un chiste de mal gusto de alguien que se aburre, un timador que caza gente rota en bares a las nueve de la mañana. Nada más. Pedro estaba muerto. La había visto ella misma, había tocado esa piel dura y fría, había escuchado a la chica de empaque decir la palabra congelado con la voz temblando. No había promesa de teléfono que cambiara eso.

Y sin embargo.

Y sin embargo la voz sabía cosas que nadie sabía. La discusión, la puerta, el nombre. Nadie en la fábrica la había visto entrar a la cámara con Pedro. Nadie, que ella supiera, la había visto salir.

— ¿Va a querer algo más? —preguntó el barman, y Luisa dio un salto en el taburete.

—No. La cuenta, nomás.

Pagó con el billete arrugado que el hombre dejo sobre la barra, sin pensarlo, y solo cuando el barman se lo llevó se dio cuenta de lo que había hecho: pagó su propia cuenta con el dinero de un desconocido que desapareció sin dejar rastro. Se rió sola, un sonido raro, sin gracia, y se tapó la boca con la mano.

Terminó el trago que le quedaba. Salió del bar con el sol ya alto y la cabeza llena de un ruido blanco que no la dejaba pensar en orden.

Manejó hasta su casa despacio, con las dos manos en el volante y los ojos fijos en la ruta, como si concentrarse en algo tan simple pudiera devolverle el control de todo lo demás. Cruzó semáforos en rojo sin darse cuenta y frenó a tiempo, de milagro, en una esquina donde un chico cruzaba con la bici.

Cuando entró a su casa, dejó las llaves en la mesada, en el mismo lugar de siempre, y se paró en medio de la cocina sin saber qué hacer con el cuerpo. La casa estaba exactamente como la dejó esa mañana: la botella de vino a medio terminar sobre la mesa de luz, la cama sin hacer, la taza de café en la pileta.

Nada cambió. Y sin embargo todo estaba distinto, como si el aire mismo tuviera otra densidad.

Se sentó en el sillón y se abrazó las rodillas, algo que no hacía desde chica. Trató de ordenar los hechos: Pedro estaba muerto. Ella habló con un desconocido en un bar. Marcó un número. Una voz le prometió algo imposible y cortó antes de que ella pudiera preguntar nada más.

Era una broma. Tenía que serlo.

Miró el teléfono, todavía en la mano, y por un segundo pensó en volver a llamar, en exigir una explicación. No lo hizo. Lo dejó sobre la mesa ratona, boca arriba esta vez, como si necesitara ver la pantalla apagada para convencerse de que no iba a sonar.

Afuera, un auto pasó despacio por la calle y siguió de largo. Luisa se puso tensa, sin motivo, y se quedó escuchando el silencio que dejó atrás.

Se dijo que tenía que calmarse. Que en un rato iba a llamar a la fábrica, iba a averiguar cómo seguía todo, iba a portarse como una persona normal en un día que no tenía nada de normal.

Cerró los ojos un momento, ahí sentada, y por primera vez en toda la mañana el silencio de la casa no le pareció tranquilo. Le pareció una espera.




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