La Llamada

Capítulo 5 — El arresto

Golpearon la puerta a las cuatro y media de la tarde. Tres golpes, parejos, sin apuro. Luisa estaba en la cocina, todavía con la ropa de la noche anterior, tratando de decidir si tenía hambre o si solo tenía ganas de vomitar.

Abrió con la cadena puesta. Un hombre de traje gris le mostró una chapa. Detrás, dos uniformados miraban hacia la calle, como si esperaran que ella intentara escapar por la ventana de la cocina.

—Luisa Ferreyra. Tiene que acompañarnos.

No preguntó por qué. Eso la asustó más que la chapa.

Sacó la cadena. El aire frío de la tarde le entró por el cuello del pijama, y por un segundo pensó en el refrigerador, en Pedro, en la palanca rota. Cerró los ojos un instante y los volvió a abrir.

—Denme un minuto para cambiarme.

—La esperamos acá.

No la dejaron cerrar la puerta del dormitorio. Se cambió con uno de los uniformados parado en el pasillo, mirando el piso, incómodo. Se puso lo primero que encontró. Las manos le temblaban al abrochar los botones.

En el auto no le dijeron nada. Miró la nuca del que manejaba, el espejo retrovisor, sus propios ojos hinchados. Pensó en llamar a alguien y no tenía a quién.

***

La sala de interrogatorio olía a café viejo y a desinfectante barato. Una mesa metálica, dos sillas de un lado, una del otro. El detective que entró era petiso, canoso, con una carpeta bajo el brazo que dejó sobre la mesa sin abrirla todavía.

—Soy el detective Aranda. ¿Sabe por qué está acá?

—No.

Aranda la miró un momento largo. No parecía sorprendido. Parecía cansado, como si ya hubiera escuchado esa respuesta cientos de veces y cada vez le gustara un poco menos.

—Pedro Salcedo. Su compañero de trabajo.

Luisa bajó la mirada. Las lágrimas cayeron solas.

— Sí. Murió. Era un buen hombre.

— ¿Usted sabe cómo murió?

Luisa levantó la mirada y cruzó los brazos. Era el momento de defensa. Pero Luisa ya sabía que no tiene nada para defenderse. Solo aguantar.

Sintió el frío del refrigerador otra vez, metido en los huesos, aunque la sala estaba tibia. Rechazar todo era inútil.

—No conozco los detalles. Lo que puedo decir anoche discutimos. Después me fui. Eso es todo lo que sé.

— ¿Discutieron dónde?

—En la fábrica.

— ¿En qué parte de la fábrica?

Ahí Luisa se quedó callada. Aranda abrió la carpeta. No le mostró nada, solo la miró leer, con los ojos bajos, como si el papel le diera vergüenza ajena.

—Lo encontraron esta mañana. Congelado. Adentro del refrigerador número tres. La palanca de emergencia estaba trabada hace meses. Hay un reclamo firmado por usted, del año pasado, pidiendo que la arreglaran.

Luisa no dijo nada. La verdad le subió por la garganta como una arcada y ella la tragó entera.

—No lo encerré a propósito.

—Nadie dijo que fue a propósito.

El silencio que siguió duró más de lo que hubiera durado cualquier pregunta. Luisa entendió, tarde, que habló de más.

—Quiero un abogado.

—Tiene derecho a eso.

—Y quiero hacer una llamada.

Aranda cerró la carpeta.

—Cuando termine el papeleo.

***

La celda tenía un banco de cemento, una manta gris doblada en una punta y un olor a orina vieja que nadie se molestaba en disimular. Luisa se sentó con la espalda contra la pared. En la celda de al lado alguien tosía sin parar.

Tardaron más de dos horas en dejarla usar el teléfono. Fue un guardia joven el que la llevó, un pasillo, un aparato atornillado a la pared, sin cabina, sin privacidad.

—Cinco minutos.

Luisa marcó el número de memoria. Los últimos cuatro ceros. El trece al final. Le temblaba la mano, pero los dedos sabían el camino solos, como si ya lo hubieran hecho mil veces.

Dos tonos. La misma voz de siempre, tranquila, casi divertida.

—Hola, Luisa. Veo que seguís complicada.

—No funcionó nada. —Luisa bajó la voz, aunque el guardia estaba a metros, mirando el techo con aburrimiento—. Me arrestaron. Me acusan de matarlo.

Del otro lado hubo una risa corta, sin maldad aparente, apenas un soplo de aire.

—La ayuda lleva tiempo.

—Usted me prometió que iba a estar vivo.

—Y lo va a estar.

— ¿Cuándo?

Silencio. No un silencio ofendido. Un silencio que medía algo, como si la Voz estuviera calculando una distancia exacta.

—Eso no depende de mí. Depende de cuánto tarda el mundo en darse cuenta. —Una pausa breve—. ¿Necesitas algo más, ahora mismo?

Luisa miró al guardia. Miró la pared descascarada, el número pintado sobre la puerta de la celda de enfrente. Pensó en decir que no. Pensó en colgar y no volver a marcar nunca ese número, tirar el papel donde lo había anotado, olvidarse del hombre nervioso del bar.

—No creo en usted.

—No hace falta que crea.

—Pero quiero salir de acá.

La Voz no contestó enseguida. Cuando lo hizo, algo en el tono había cambiado, apenas, un matiz que Luisa no supo nombrar.

— ¿Eso es tu próximo pedido de ayuda?

— Sí.

—Está bien. Vas a salir.

— ¿Cómo?

—Eso tampoco depende de mí.

Cortó antes de que Luisa pudiera preguntar nada más. El tono de línea muerta sonó igual que cualquier otro tono de línea muerta, y sin embargo a Luisa le pareció distinto, como si algo del otro lado se hubiera quedado escuchando un segundo de más antes de irse.

El guardia la tomó del brazo.

—Se acabó el tiempo.

La devolvió a la celda. Luisa se sentó en el banco de cemento y se abrazó las rodillas. Afuera, alguien seguía tosiendo, siempre el mismo ritmo, siempre la misma tos, como si el edificio entero respirara mal.

No podía dejar de pensar en la pausa de la Voz antes de decir "vas a salir". Esa pausa no había sido para pensar. Había sido para elegir las palabras.

Como si ya supiera exactamente lo que costaría.




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