La Llamada

Capítulo 6 — El abogado

La noche Luisa pasó despierta. El banco de cemento no ayudaba, pero tampoco era el banco lo que la mantenía con los ojos abiertos. Era la pausa de la Voz, esa media palabra de silencio antes de decir vas a salir, dándole vueltas en la cabeza como una piedra en un zapato.

A las nueve de la mañana un guardia golpeó los barrotes con una llave.

—Ferreyra. Tienes visita.

La llevaron a un cuarto distinto del de Aranda. Más chico, sin cámaras a la vista, una mesa de madera en vez de metal. Ahí la esperaba un hombre de traje azul, cincuenta y pico, con un portafolios de cuero gastado en las esquinas. Se puso de pie cuando ella entró, algo que ningún policía había hecho en las últimas dieciocho horas.

—Luisa. Soy Ricardo Bosch, tu abogado.

—Yo no tengo abogado.

—Ahora sí. —Le corrió la silla con un gesto casi anticuado—. Siéntate.

Luisa se sentó, más por cansancio que por confianza. El hombre olía a loción cara y a cigarrillo, una combinación rara, como si tratara de tapar un vicio con otro.

—No tengo plata para pagarle.

—Lo sé. —El hombre abrió el portafolios, sacó unos papeles, los acomodó sin mostrárselos—. Vengo de parte de un conocido en común.

—Yo no conozco a nadie.

Bosch sonrió, apenas, sin mostrar dientes.

—Eso no importa ahora. Lo que importa es que el fiscal todavía no tiene una causa firme. Testimonios contradictorios, una palanca rota que puede ser negligencia de la empresa y no tuya, ninguna prueba de que tú hayas cerrado esa puerta a propósito. Con la gestión correcta, en un par de horas estás afuera.

— ¿Y usted por qué haría eso gratis?

—Porque no es gratis. —Lo dijo sin bajar la voz, sin ningún tipo de vergüenza, como quien aclara el precio de un menú—. Te voy a pedir un favor. Uno solo. Después estamos a mano.

Luisa apretó las manos debajo de la mesa. Pensó en la Voz, en la pausa antes de vas a salir. Pensó que tal vez esto era eso: la forma que tomaba la promesa, sucia y con nombre y apellido, pero promesa al fin.

— ¿Qué favor?

—Tengo que pedirte llevar algo a una persona. Una disculpa, más que nada. —Sacó del portafolios una foto y la puso sobre la mesa—. Esto.

La foto mostraba una estatua chiquita, de un material oscuro que no reflejaba bien la luz del flash. Un hombre viejo, chino, de barba larga, con la espalda encorvada y una vara en la mano. Estilo antiguo, de esos que se ven en las vidrieras de anticuarios y nadie sabe si son verdaderos.

— ¿Qué es?

—Una estatua. Nada ilegal, si es lo que está pensando.

—No voy a llevar droga.

—No es droga. —Bosch no se ofendió. Ni siquiera pareció escuchar el reproche como algo personal—. Es un objeto de colección. Le debo una disculpa a alguien y no puedo dársela yo mismo. Digamos que las cosas entre nosotros no terminaron bien.

— ¿Por qué yo?

—Porque tú necesitas salir de acá antes de esta tarde, y yo tengo un favor que hacer y ninguna intención de hacerlo en persona.

Se quedaron mirándose un momento. Afuera, en el pasillo, alguien arrastraba una silla por el piso, un chirrido largo que no terminaba de cortar.

—Solo tienes que entregarla. No abrirla, no venderla, no quedarse con ella. Entregarla y volver. La dirección te la doy después.

Luisa miró la foto otra vez. El hombre viejo de la estatua tenía una expresión rara, ni triste ni contenta, como si estuviera esperando algo que sabía que iba a tardar.

— ¿Y si digo que no?

Bosch guardó la foto en el portafolios, sin apuro, como si la respuesta no cambiara nada de lo que iba a pasar después.

—Entonces te quedas acá y ves qué dice el fiscal. Es tu decisión.

No la apuraba. Eso era lo peor. La dejaba pensar, y en el pensar Luisa encontraba solo una salida: la puerta de la comisaría, el aire de la calle, la posibilidad de dormir en su propia cama esa noche.

—Está bien.

Bosch asintió, cerró el portafolios y se puso de pie con la misma calma con la que se había sentado.

—Buena decisión.

***

El abogado tardó menos de lo que Luisa esperaba. A las tres de la tarde ya estaba firmando papeles en el mostrador de entrada, con Aranda mirándola desde lejos, apoyado en el marco de una puerta, sin decir nada, con esa cara de alguien a quien no le gusta lo que ve pero no puede hacer nada al respecto.

Por un segundo Luisa pensó en la Voz — en la promesa cumplida, en la pausa antes de la promesa — y se dijo que era casualidad. No puede ser todo tan fácil. Y además, la promesa de que Pedro se resucitara no fue cumplida. Todos es solo una casualidad. Bosch existía antes de la llamada. La causa era débil de por sí sola. Cualquier abogado decente hubiera logrado lo mismo.

Se lo repitió varias veces mientras caminaba hacia la salida, como si repetirlo lo volviera más cierto.

Bosch la esperaba afuera, en la vereda, con una caja pequeña de madera bajo el brazo, forrada en tela oscura, con un moño discreto, como un regalo de cumpleaños que alguien hubiera armado sin ganas.

—Acá está.

Se la entregó sin ceremonia. Pesaba más de lo que Luisa esperaba, un peso raro, denso, que no se correspondía con el tamaño de la caja.

—La dirección. —Le puso un papel doblado en la otra mano—. Una mansión a las afueras. Preguntas por el señor Wu. La van a estar esperando.

— ¿Usted no viene?

—Ya te dije. No puedo aparecer yo.

Luisa miró la caja. Después miró a Bosch. Algo en la forma en que él evitaba mirar el paquete, en la manera en que sus ojos se iban hacia cualquier otro lado — el tráfico, la vereda, el cielo nublado — le dejó una sensación fría en el estómago, la misma que había sentido dentro del refrigerador, hacía apenas dos noches.

— ¿Está seguro de que esto no es nada ilegal?

Bosch sonrió otra vez, esa sonrisa sin dientes que no llegaba a los ojos.

—Segurísimo.

Se dio media vuelta y caminó hacia un auto estacionado a media cuadra, sin apurarse, sin mirar atrás. Luisa se quedó parada en la vereda, con la caja entre las manos, sintiendo ese peso raro que no terminaba de tener sentido.




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