La Llamada

Capítulo 7 — La entrega

Luisa manejó con la caja en el asiento del acompañante, atada con el cinturón como si fuera una persona. Cada pozo del camino la hacía correrse unos centímetros, y cada vez que eso pasaba Luisa giraba la cabeza para revisar, aunque no había nada que revisar. Una caja. Un moño de tela oscura. Nada más.

En un momento paró en la banquina, a mitad de camino, sin planearlo. Se quedó mirando el volante un rato, después la caja. Tenía la dirección doblada en el bolsillo, la voz de Bosch todavía fresca en la cabeza —no abrirla, no venderla, no quedarse con ella— y sin embargo estiró la mano y desató el moño.

Adentro de la caja, sobre un forro de terciopelo gastado, estaba el hombre viejo. Más chico de lo que parecía en la foto. El material no se dejaba nombrar: no era piedra, no era metal, tenía un brillo apagado, como si absorbiera la luz en vez de devolverla. Lo tomó entre los dedos. Pesaba distinto de lo que su tamaño sugería, un peso que no cuadraba, como si adentro hubiera algo más denso que el resto.

La cara del viejito la miraba con esa expresión que ya había notado en la foto. Ni triste ni contenta. Esperando.

Lo guardó, ató el moño de nuevo, y siguió el viaje.

***

La dirección la llevó lejos del centro, por un camino de tierra flanqueado de árboles que alguien podaba con demasiado cuidado. La casa apareció de golpe, después de una curva: una mansión blanca, de dos plantas, con rejas altas y hombres parados cada veinte metros, todos con la misma postura, todos mirando en la misma dirección.

Uno se acercó al auto antes de que ella terminara de frenar.

— ¿A quién busca?

—Al señor Wu. Me mandó Ricardo Bosch.

El hombre no cambió la cara. Habló por una radio pegada al hombro, esperó, escuchó algo que Luisa no alcanzó a oír, y después le hizo una seña con la mano para que bajara del auto.

—La caja también.

Se la revisaron ahí mismo, en la puerta, con guantes de látex y un cuidado que a Luisa le pareció exagerado para un regalo. Uno de los hombres olió el forro de terciopelo. Otro pasó un aparato pequeño, con una luz que parpadeaba, por encima de la estatua, sin que Luisa entendiera para qué servía. Nadie dijo nada del resultado.

Recién entonces la dejaron pasar.

***

Adentro, la casa no tenía el ruido que Luisa esperaba de una mansión así. Ni música, ni voces, ni el eco de pasos en un piso de mármol. Solo silencio, y un olor a incienso viejo que se le pegó a la ropa apenas cruzó el umbral.

La hicieron esperar en un salón enorme, con vitrinas de vidrio a lo largo de las paredes. Adentro de las vitrinas había más estatuas, decenas, todas del mismo estilo, de distintos materiales, desde madera hasta marfil, ordenadas por tamaño, como si alguien hubiera pasado años armando esa colección sin apuro y sin descanso.

El señor Wu entró por una puerta lateral, sin anunciarse. Era un hombre mayor, delgado, con el pelo blanco cortado muy corto y las manos cruzadas atrás de la espalda. Caminaba despacio, mirando a Luisa de arriba abajo antes de decir nada.

— ¿Quién te mandó?

—Ricardo Bosch. Dijo que le debía una disculpa.

Wu no contestó enseguida. Se acercó a la caja, que uno de los vigilantes había dejado sobre una mesa baja de madera oscura, y la miró sin tocarla, como si el objeto pudiera decirle algo antes de que él lo abriera.

— ¿Sabes lo que te dio para traerme?

—No.

— ¿Y no tuviste curiosidad?

Luisa pensó en la banquina, en el moño desatado, en el peso raro entre los dedos. No dijo nada de eso.

—Solo me pidieron entregarla.

Wu la miró un momento más de lo necesario, como si esa respuesta le dijera más de lo que Luisa creía estar diciendo. Después hizo una seña, casi imperceptible, y uno de los vigilantes abrió la caja con las manos enguantadas, sacó la estatua y se la entregó.

Wu la sostuvo con las dos manos, muy cerca de la cara, girándola despacio bajo la luz de la lámpara. Algo en su expresión cambió al tocarla. No fue miedo. Fue otra cosa, más parecida al reconocimiento, como quien encuentra algo que llevaba mucho tiempo buscando y no esperaba encontrar así, de golpe, en manos de una desconocida.

—Esto parece una disculpa —dijo, más para sí mismo que para Luisa—. Pensé que se iba a morir sin tener algo así.

— ¿Es muy valiosa para usted?

Wu levantó la vista, como si recién ahí recordara que ella seguía en la habitación.

—No hagas más preguntas.

Sacó un fajo de billetes de un cajón de la mesa, sin contarlos, y se los puso en la mano a Luisa con un gesto rápido, casi de fastidio.

—Ándate.

Ella no discutió. Guardó el dinero en el bolsillo y caminó hacia la puerta, con los vigilantes escoltándola en silencio hasta el auto, sin que nadie volviera a dirigirle la palabra.

Antes de subir, Luisa miró atrás una vez. Por la ventana del salón alcanzó a ver a Wu todavía con la estatua entre las manos, sosteniéndola contra la luz, girándola despacio, como si buscara algo adentro del material oscuro que a simple vista no se veía.

Tenía la cara pegada casi a la superficie. Respiraba cerca de ella. Como si oliera algo.

***

De vuelta Luisa manejó con las ventanillas bajas, dejando entrar el aire frío de la tarde, tratando de sacarse el olor a incienso de la ropa. El dinero seguía en el bolsillo, sin contar, un bulto que le pesaba distinto según cómo se sentaba.

Por primera vez en dos días sintió algo parecido al alivio. Libre. Sin causa abierta. Sin deuda con Bosch. Otra vez pensó que había sido casualidad, la Voz no tenía nada que ver, cualquiera hubiera podido salir de esa comisaría con un abogado decente y un poco de suerte.

Se lo repitió todo el camino a casa, como una oración corta, hasta que casi lo creyó.

No pensó en la estatua otra vez. No pensó en el aparato con la luz que parpadeaba, ni en la cara de Wu pegada al material oscuro, respirando cerca, como quien inspecciona algo que ya sospecha que le va a costar caro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.