La Llamada

Capítulo 8 — Pedro

A la mañana siguiente Luisa marcó el número de Bosch. Lo tenía anotado en un papel, junto con la dirección de la mansión, en la letra apurada del abogado.

Sonó una vez. Después, nada. Ni tono de ocupado, ni buzón de voz, ni siquiera esa voz grabada que dice que el número no existe. Silencio puro, como si la línea se hubiera tragado la llamada entera.

Probó tres veces más. Mismo resultado. Guardó el teléfono y se quedó mirando la pared de la cocina, con la sensación de que algo, en algún lugar, se cerró de golpe, igual que ella cerraó la puerta del refrigerador seis días atrás.

Pensó que era un número equivocado. Que Bosch había cambiado de celular, como cambian de celular los abogados que arreglan favores raros a cambio de estatuas raras. Parece que no tenía sentido pensar en eso ahora.

Se preparó café. Barrió la cocina. Trató, durante casi dos horas, de ser una persona que no había pasado los últimos seis días haciendo lo que había hecho.

No funcionó.

***

Finalmente Luisa no aguantó y fue a la comisaría al mediodía. Era solo para saber cómo seguía "su caso", una frase que sonaba rara en su propia boca, como si el caso fuera un trámite y no un hombre muerto en un refrigerador.

La atendió un policía joven, uno que no había visto antes, con la cara todavía marcada por el sueño de una guardia larga.

— ¿En qué la ayudo?

—Vengo por mi caso. Ferreyra. Me arrestaron acá hace unos días.

El policía tipeó su nombre en la computadora, esperó, volvió a tipear. Frunció el ceño.

—No me figura nada.

—Tiene que figurar. Me interrogó el detective Aranda.

— ¿Aranda?

—Bajito, canoso. Trabaja acá.

El policía dudó un segundo antes de contestar, como si buscara el nombre en algún cajón de la memoria y no lo encontrara.

—Acá no hay ningún Aranda.

Luisa sintió el estómago irse hacia abajo como un ascensor sin cable.

—Trabaja acá. Me tomó declaración en esta misma comisaría, hace cuatro días.

—Señora, llevo seis años en esta seccional. Le puedo asegurar que no hay ningún Aranda.

—Entonces llámenlo a otro. Al que sea. Alguien tiene que saber del caso de Pedro Salcedo.

El nombre de Pedro la sacó del cuerpo con más fuerza de la que esperaba, casi un grito. El policía joven la miró distinto, con esa cautela que la gente usa con los desconocidos que gritan en lugares públicos.

— ¿Quién es Pedro Salcedo?

—Mi... —se detuvo. No sabía cómo terminar la frase—. Trabajaba conmigo. En la fábrica. Lo encontraron congelado. En el refrigerador número tres.

El policía tipeó de nuevo. Cada segundo que pasaba con la vista fija en la pantalla, sin decir nada, le raspaba algo por dentro a Luisa.

—No hay ningún reporte de una muerte en esa fábrica. Ni esta semana ni el mes pasado.

—Es imposible.

—Señora, tranquila.

— ¡No estoy loca! —Su propia voz le sonó extraña, demasiado alta para el mostrador chico, para la sala de espera con dos sillas de plástico y un cartel descolorido sobre trámites de documento—. Me detuvieron. Dormí en una celda. Un abogado me sacó a cambio de un favor.

Dos policías más se acercaron, atraídos por el volumen. Uno le puso una mano en el brazo, con esa amabilidad forzada que se usa con la gente a la que se está a punto de contener.

—Vamos a hacerle unas preguntas, tranquila.

La llevaron a una oficina chica, no la misma en la que había hablado con Aranda —esa, según le dijeron después, ni siquiera se usaba para interrogatorios, era un depósito—. Un oficial mayor, con más paciencia que el joven, se sentó frente a ella y le pidió que contara todo, desde el principio, despacio.

Luisa contó. El refrigerador. La discusión. La palanca rota. El cuerpo congelado. Contó también, aunque sabía que no debía, el número de teléfono, la Voz, la promesa. En algún punto dejó de importarle sonar razonable. Solo quería que alguien, en algún lado, confirmara que no lo inventó todo.

El oficial escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, tecleó algo, hizo una llamada corta, esperó.

—Doctora Ferreyra, hay un Pedro Salcedo registrado en el padrón. Trabaja en la fábrica que usted menciona.

—Está muerto.

—Tenemos que comprobarlo.

— ¿Cómo?

—Vamos a llamarlo.

— ¡No va a atender! ¡Está muerto!

El oficial marcó un número desde su propio teléfono, con el altavoz puesto sobre el escritorio, entre los dos. Sonó dos veces.

— ¿Hola?

Era la voz de Pedro. Cansada, un poco apurada, como si lo hubieran interrumpido en medio de algo. Viva.

Luisa se quedó sin aire.

—Buenas tardes, señor Salcedo, disculpe la molestia, es de la comisaría del centro. Solo una consulta de rutina, ¿usted trabaja en la fábrica procesadora de alimentos?

—Sí. ¿Pasó algo?

—No, nada. Disculpe la molestia.

Cortó. Miró a Luisa con una mezcla de lástima y sospecha que ella conocía bien, la misma con la que se mira a alguien que está por romper algo en un negocio.

— ¿Quiere que llamemos a alguien más? ¿Un familiar?

Luisa negó con la cabeza. No podía hablar. Tenía la voz de Pedro todavía metida en los oídos, viva, cansada, normal, como si nunca hubiera pasado una noche entera encerrado en el frío, gritando contra una puerta que no se abría.

—Puede irse —le dijo el oficial, con cuidado, como quien deja salir a un animal asustado sin hacer movimientos bruscos—. Si necesita hablar con alguien, hay servicios de salud mental que...

—Estoy bien.

Luisa se levantó antes de que él terminara la frase. Caminó hacia la salida con las piernas raras, como si no fueran del todo suyas, cruzó la sala de espera, cruzó la puerta de vidrio, salió a la calle.

El sol de la tarde le pegó en la cara. La ciudad seguía funcionando alrededor de ella exactamente igual que siempre: autos, gente cruzando la calle, un vendedor de choclos empujando su carrito por la vereda de enfrente. Nada de eso sabía lo que acababa de pasar.




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