Los primeros dos días después de la comisaría, Luisa no salió casi de su casa. Dormía a horarios raros, comía poco, se quedaba mirando el techo hasta que el techo dejaba de tener sentido como techo y se convertía en una superficie blanca cualquiera.
No volvió a marcar el número de Voz. Se lo prometió a sí misma la primera noche, con el teléfono apagado sobre la mesa de luz, como si apagarlo fuera suficiente para cortar algo que ya sabía que no se cortaba tan fácil.
Al tercer día se obligó a salir. Fue al almacén de la esquina, compró pan, leche, algo de fruta. La cajera le preguntó si estaba bien, sin mala intención, solo porque Luisa debía tener una cara que ameritaba la pregunta. Ella dijo que sí, gracias, y se fue rápido.
Esa misma tarde Luisa llamó a Pedro.
Marcó despacio, con el pulgar dudando sobre el botón de llamar más tiempo del necesario. Pensó en colgar antes de que atendiera. No lo hizo.
—Hola —dijo Pedro, y algo en su voz sonó igual que siempre, ese tono un poco apurado que Luisa conocía de memoria, y a la vez completamente distinto, porque ahora ella sabía cosas de esa voz que él nunca iba a saber.
—Soy yo.
Un silencio corto. No hostil. Solo la clase de silencio que se hace cuando alguien decide cómo va a manejar una conversación antes de tenerla.
—Luisa. ¿Cómo estás?
—Bien. —Mintió con la misma facilidad de siempre—. Quería verte.
—No sé si es buena idea.
—Solo un rato. Necesito hablar contigo.
Otro silencio. Luisa se lo imaginó del otro lado, en algún pasillo de la fábrica o en su auto, calculando si su mujer iba a preguntar por qué llegaba tarde.
—Está bien. Mañana a la tarde. En el bar de siempre.
Cortaron. Luisa se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, preguntándose qué le iba a decir. No tenía un plan. Solo tenía la necesidad de verlo respirar, de confirmar con los propios ojos lo que ya le habían confirmado por altavoz en una comisaría.
***
Esa noche, mientras se lavaba los dientes, sintió el primer mareo. Fue breve, apenas un segundo en que el baño pareció inclinarse hacia un costado y después volver a su lugar. Se agarró del borde del lavatorio, esperó, y cuando el mareo pasó se dijo que era cansancio. No había dormido bien en una semana. Cualquiera se mareaba así.
A la mañana siguiente le costó levantarse. Un peso raro en el estómago, no dolor exactamente, más parecido a la sensación de haber comido algo que no le cayó bien, aunque no había comido nada fuera de lo normal. Tomó un té, esperó a que se le pasara.
No se le pasó del todo.
Pasó la mañana entre la cama y el sillón, alternando, sin poder quedarse quieta en ningún lugar más de veinte minutos. Cada tanto la recorría una ola de calor que le subía desde el pecho hasta la cara, y después el frío contrario, como si su cuerpo no terminara de decidir en qué temperatura quedarse.
Nervios, pensó. Tenía motivos de sobra. Una semana entera de motivos, apilados uno arriba del otro, sin que hubiera tenido tiempo de procesar ninguno.
***
Llegó al bar diez minutos antes que Pedro. Se sentó en una mesa del fondo, lejos de la barra donde todo había empezado, aunque no lo pensó de esa manera hasta que ya estaba sentada y el parecido la golpeó de costado. La misma clase de bar. Otra mesa. Otra vida, casi.
Pedro entró con la campanilla de la puerta anunciándolo. La buscó con la vista, la encontró, caminó hacia ella con las manos en los bolsillos, incómodo desde antes de sentarse.
—Hola.
—Hola.
Se sentó frente a ella. Pidió un café que no iba a tomar entero, Luisa lo supo apenas lo pidió, porque conocía esa costumbre suya de usar las tazas como algo para las manos, no para beber.
— ¿Cómo estás? —preguntó él, y esta vez la pregunta sonó distinta a la del teléfono. Más cerca. Más real.
—No sé cómo explicarte.
—Inténtalo.
Luisa lo miró. Tenía la misma cara de siempre, las mismas ojeras leves, el mismo modo de sentarse con la espalda un poco encorvada, como si el cuerpo entero le pidiera disculpas por ocupar espacio. Estaba vivo. Completamente vivo, ajeno a todo, sin saber que apenas unos días atrás su cuerpo había estado congelado en un refrigerador, sin saber que ella había marcado un número para traerlo de vuelta, sin saber que ella lo había matado primero.
—Nada —dijo—. Estoy cansada, nomás.
Pedro asintió, sin insistir. Hablaron un rato de cosas sin importancia, la fábrica, un supervisor nuevo, el clima raro que estaba haciendo esa semana. Luisa escuchaba a medias, más concentrada en el peso extraño que le seguía en el estómago, en el sudor frío que le humedecía la nuca a pesar de que el bar no estaba caliente.
En un momento, mientras Pedro contaba algo sobre una máquina rota en la línea de envasado, la habitación entera pareció girar despacio, un giro suave pero definitivo, y Luisa tuvo que apoyar las dos manos en la mesa para no caerse de la silla.
— ¿Estás bien?
—Sí. —No lo estaba—. Un poco mareada.
—Toma agua.
Le acercó el vaso. Luisa bebió, esperó, sintió que el giro se calmaba pero no desaparecía del todo, como si algo adentro de su cuerpo hubiera quedado apenas desalineado y ya no fuera a volver a su lugar sin ayuda.
—Debería irme a casa.
— ¿Quieres que te acompañe?
—No. —Otra vez el reflejo, la negativa rápida, el mismo que había usado con el hombre del bar hacía apenas una semana—. Estoy bien.
Pedro no insistió mucho. La acompañó hasta la puerta, le dijo que la llamaba en unos días, que se cuidara. Luisa asintió, salió a la calle, y apenas dobló la esquina tuvo que pararse contra una pared, doblada, con una arcada seca que no llegó a vomitar nada porque no tenía nada adentro para vomitar.
***
Esa noche no pudo dormir. El malestar había dejado de ser algo que se explicaba con nervios o cansancio: ahora era fiebre, un temblor que le nacía en las manos y le subía por los brazos, un sudor frío que empapaba las sábanas sin que hiciera calor en la habitación.