La Llamada

Capítulo 10 — Tercera llamada

Luisa se despertó con una vía en el brazo y una luz blanca demasiado cercana. Tardó un momento en entender que estaba en una habitación de hospital, con Pedro afuera de su cabeza otra vez, con el bar, la sirena, todo mezclado en un recuerdo que no terminaba de ordenarse.

Una enfermera entró, revisó el suero, le tomó la presión sin decir mucho. Luisa preguntó qué tenía. La enfermera dijo que esperara al médico.

El médico llegó media hora después. Joven, con cara de no haber dormido, una carpeta bajo el brazo parecida a la de Aranda, aunque Luisa ya no confiaba en las carpetas.

—Los estudios muestran niveles de radiación por encima de lo normal en sangre. Bastante por encima.

Luisa lo miró sin entender del todo, como si las palabras llegaran con retraso.

— ¿Radiación?

—Exposición reciente, por los valores que tiene. ¿Trabajó cerca de alguna fuente radiactiva? ¿Equipos médicos, industriales?

Luisa pensó en todo pero nada se le ocurría.

—No —dijo—. No sé.

El médico anotó algo, sin insistir, y le explicó el tratamiento con palabras que a Luisa le costaba retener: van a monitorearla, van a repetir los análisis, todavía es pronto para saber el alcance del daño. Ella asintió a todo sin escuchar bien, con la vista fija en la ventana de la habitación, donde un televisor montado en la pared de enfrente pasaba las noticias del mediodía sin sonido, con subtítulos corriendo abajo.

El médico se fue. Luisa se quedó mirando el televisor. El noticiero. Y allí una noticia le llamó atención.

Reconoció la casa antes que la noticia terminara de explicar nada. La mansión blanca, las rejas, el camino de tierra flanqueado de árboles podados con demasiado cuidado. Un zócalo rojo cruzaba la pantalla: Empresario y coleccionista de arte fallece en extrañas circunstancias.

Le subió el volumen con el control remoto que colgaba del costado de la cama, con los dedos temblando más de lo que la vía en el brazo justificaba.

...la autopsia preliminar reveló niveles letales de radiación en el cuerpo de la víctima, cuyo origen todavía se investiga. Familiares y vecinos describen al señor Wu como un hombre reservado, coleccionista privado de piezas de arte asiático...

Luisa apagó el televisor. Se quedó con la mano todavía sobre el control, mirando la pantalla negra, sintiendo que el peso raro que había cargado en las manos, seis días atrás, seguía adentro suyo, multiplicado, imposible de devolver.

***

Esperó a que la enfermera saliera de la habitación. Esperó también a que se apagaran los ruidos del pasillo, las camillas, las voces de otros pacientes, hasta que quedó solo el zumbido bajo de las luces fluorescentes y su propia respiración.

Sacó el teléfono de la mesa de luz, donde alguien lo había dejado junto con su ropa doblada. Marcó despacio, sin dudar esta vez, sin el temblor de sospecha que había tenido la primera noche en el bar. Ya no le quedaba margen para dudar.

Dos tonos. La misma voz, tranquila, casi divertida, como siempre.

—Hola, Luisa Parece que no te gusta estar en el hospital.

—Estoy contaminada. Radiación. La estatua. —Las palabras le salían atropelladas, sin orden—. Wu está muerto.

—Lo sé.

—Necesito que me cure. Por favor.

Del otro lado hubo un silencio corto, no de duda, más parecido al de alguien que anota algo en un cuaderno invisible.

— ¿Eso es lo que pedís?

—Sí.

—Está bien. Vas a estar sana.

— ¿Cuándo?

—Eso no depende de mí. Ya sabes, cuando el mundo se dé cuenta.

La misma frase de siempre, exacta, como si la Voz no tuviera otras palabras para esa pregunta en particular. Luisa cerró los ojos, apretó el teléfono contra la oreja.

— ¿Va a costarme algo? Como con Pedro. Como con la estatua.

Otro silencio, más largo esta vez.

—Tú pediste que Pedro viviera. Llevaste la estatua. Yo cumplo lo que me piden.

—Eso no responde mi pregunta.

—No —dijo la Voz, y algo en el tono sonó casi a disculpa, aunque la biblia entera de sus conversaciones hasta ahora sugería que la Voz no se disculpaba nunca—. No la responde.

Cortó antes de que Luisa pudiera insistir. El tono de línea muerta le sonó, otra vez, distinto al de cualquier otro corte de línea. Como si del otro lado alguien se hubiera quedado un segundo de más, calculando.

Luisa dejó el teléfono sobre las sábanas y se quedó mirando el techo, con los ojos secos, demasiado cansada incluso para llorar.

***

Los dos días siguientes pasaron despacio, medidos en controles de presión y bandejas de comida de hospital que Luisa apenas tocaba. El primer día no notó ningún cambio. El segundo, a la tarde, algo empezó a ceder: el mareo constante que la acompañaba desde el bar con Pedro se fue apagando de a poco, como una radio que alguien baja sin apagar del todo.

Esa noche durmió sin sudar frío por primera vez desde que había llegado.

A la mañana siguiente, el médico joven volvió con los resultados de un nuevo análisis, y esta vez entró con una expresión distinta, algo entre el alivio profesional y la sorpresa genuina que no lograba disimular.

—Los valores bajaron. —Lo dijo dos veces, como si él mismo necesitara repetirlo para creerlo—. Bajaron mucho. Casi a niveles normales.

— ¿Eso es bueno?

—Es raro. —Revisó la carpeta otra vez, pasó hojas, comparó números—. Con la exposición que tenía, esperábamos semanas de tratamiento, no dos días. No tengo una explicación clínica para esto.

Se quedó un momento callado, todavía mirando los papeles, y después agregó algo que no parecía dirigido del todo a Luisa, más una idea que se le escapaba en voz alta mientras terminaba de procesarla.

—Lo más raro es que hoy tuvimos otro caso. En el mismo piso.

— ¿Qué caso?

—Una de las enfermeras que la atendió estos días. Se descompuso esta mañana, mareos, náuseas, un cuadro parecido al suyo cuando llegó. Le hicimos análisis de rutina y... —dudó, como si él mismo no terminara de creer lo que estaba a punto de decir—. Radiación. Niveles altos. No tiene ningún antecedente de exposición, no trabaja con equipos, no hay ninguna fuente identificada en todo el hospital.




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