A las nueve de la mañana le sacaron sangre por última vez. A las diez el médico joven volvió con la carpeta bajo el brazo y una sonrisa breve, la primera sonrisa completa que Luisa le veía en tres días.
—Valores normales. Puede irse.
Luisa asintió, sin devolver la sonrisa del todo. Se sentó en el borde de la cama y empezó a vestirse despacio, todavía con la vía recién retirada dejándole un moretón chico en el pliegue del brazo. Por primera vez en una semana se permitió pensar en algo parecido a un plan: ir a su casa, dormir en su propia cama, no volver a marcar ningún número.
Estaba atándose los cordones de las zapatillas cuando escuchó las voces en el pasillo.
No eran voces de médicos. Tenían otro ritmo, más bajo, más seco, el ritmo de gente que no está preguntando permiso para nada.
La puerta se abrió sin que nadie golpeara.
Entró primero un hombre de traje oscuro, treinta y pico, con la cara todavía tensa de alguien que llora hace poco y todavía no sabe qué hacer con esa tensión salvo convertirla en otra cosa. Detrás, dos hombres más grandes, con la misma postura de los guardias de la mansión, ocuparon el marco de la puerta como si fueran parte del edificio.
—Luisa Ferreyra.
No era pregunta.
— ¿Quién es usted?
—Miguel Wu.
El apellido le cayó encima como un balde de agua fría. Luisa se quedó con un cordón a medio atar, la mano suspendida sobre la zapatilla, sin terminar el movimiento.
—Mi padre murió hace cuatro días. Radiación. —Se acercó dos pasos, despacio, sin apuro, el tipo de lentitud que da más miedo que cualquier grito—. Y ahora resulta que en este mismo hospital hay una paciente internada por exposición a radiación, la misma semana. Qué casualidad.
—Yo no sé nada de lo que le pasó a su padre.
—Le entregó algo. Se lo dijo a los guardias en la puerta, cuando llegó. Preguntó por él.
Luisa buscó algo que decir, algo que sonara a inocencia, y no encontró nada que no sonara, al mismo tiempo, a mentira.
—Yo solo hice una entrega. No sabía qué había adentro de la caja.
— ¿Y cómo la encontramos, entonces? —Miguel ladeó la cabeza, casi con curiosidad genuina, como un profesor esperando que su alumna llegue sola a la respuesta—. No fue difícil. Sabíamos que la persona que llevó eso a la casa iba a terminar contaminada, tarde o temprano. Solo tuvimos que llamar a los hospitales de la zona y preguntar por pacientes con síntomas de exposición radiactiva, internados esta semana. Usted es la única.
El detalle la golpeó más fuerte que cualquier amenaza directa. La habían encontrado con lógica pura, con paciencia, revisando guardias de hospital una por una hasta dar con su nombre. Nadie había tenido que perseguirla. Solo esperar a que su propio cuerpo la delatara.
—Yo no maté a nadie.
—Eso lo vamos a decidir nosotros.
Uno de los guardias de la puerta avanzó y le tomó el brazo, el mismo brazo con el moretón fresco de la vía, con una fuerza calculada para doler lo justo y necesario. Luisa ahogó un quejido.
—Vístase. Nos vamos.
—No pueden sacarme así. Esto es un hospital.
Miguel sonrió, sin humor, con la misma sonrisa que Luisa había visto en la cara de su padre justo antes de sostener la estatua contra la luz.
—Los guardias del piso ya están hablando con nuestros propios abogados, en este mismo momento. Van a decir que usted es una paciente que se dio de alta y se fue con unos familiares. Nadie va a hacer preguntas.
Se lo dijo con la misma calma con la que Bosch le había hablado del favor, semanas atrás, en la sala de la comisaría. Luisa entendió, de golpe, que ese tono tranquilo —esa seguridad de que nadie iba a interponerse— era la marca de la gente que siempre había podido comprar el silencio de todos a su alrededor.
***
La sacaron por una escalera lateral, no por el ascensor principal, evitando el mostrador de enfermería.
El auto los esperaba en la playa de estacionamiento, negro, con los vidrios polarizados. Uno de los guardias le abrió la puerta trasera y la empujó adentro, sin violencia excesiva, con la eficiencia de alguien que lo había hecho antes.
Se sentó entre los dos guardias. Miguel subió adelante, del lado del acompañante, y le habló al chofer sin darse vuelta.
—Anda.
El auto arrancó. Luisa miró por la ventanilla el hospital alejándose, la entrada donde todavía había un cartel de "Urgencias" iluminado en rojo, la gente entrando y saliendo sin saber nada de lo que pasaba a pocos metros, adentro de un auto negro con los vidrios oscuros.
— ¿Adónde me llevan?
Nadie contestó.
Miguel se dio vuelta en el asiento, apoyó un brazo en el respaldo, y la miró un momento largo, como había hecho su padre con la estatua, calculando algo que Luisa no alcanzaba a ver.
—Vamos a hacer esto tranquilos. Usted me va a contar quién le dio la estatua, para quién trabaja, y qué sabía. Si me miente, lo voy a notar. Y si lo noto, esto va a ser mucho más largo de lo que tiene que ser.
Luisa sintió el peso de los dos guardias a los costados, sus hombros rozándole los brazos con cada curva del auto, el olor a loción barata mezclado con el cuero del asiento. Pensó en el teléfono. No lo tenía —se lo habían dejado en la mesa de luz del hospital, junto con su cartera, junto con todo lo que ya no le pertenecía.
Pensó, con una claridad fría que le sorprendió a ella misma, que en algún momento de ese viaje iba a necesitar hacer una llamada.
Y que ya sabía a quién.