La Llamada

Capítulo 12 — La llamada codificada

El auto salió de la ciudad por una avenida ancha, después por una ruta más angosta, con menos autos y más descampados a los costados. Luisa contaba las curvas sin querer, como si memorizar el camino le sirviera de algo cuando no tenía ni las manos libres para manejar ni un lugar adonde escapar.

Miguel se giró otra vez en el asiento.

— ¿Y? ¿Para quién trabaja?

—Para nadie.

—Le entregaron una estatua radiactiva para que se la diera a mi padre. Alguien le pagó eso, o le debía algo a alguien. No viajó dos horas hasta la mansión por gusto.

—Fue un abogado. Me sacó de una causa penal a cambio del favor.

— ¿Nombre?

—Bosch. Ricardo Bosch.

Miguel anotó el nombre en el teléfono, sin apuro, con la calma de alguien acostumbrado a que la gente le dé lo que pide sin necesidad de gritar.

— ¿Y dónde lo encuentro?

—No sé. Desapareció. Llamé varias veces, el número no existe.

—Qué conveniente.

—Es la verdad.

El auto redujo la velocidad. Iban a llegar a algún lugar apartado, Luisa lo sentía en el cambio de terreno bajo las ruedas, menos asfalto, más tierra suelta. Sabía, sin que nadie se lo dijera, que ese era el punto donde las preguntas amables terminaban.

Necesitaba una salida antes de que el auto parara del todo.

—Deme un teléfono.

Miguel la miró con una ceja levantada.

— ¿Para qué?

—Tengo un número. No el de Bosch, solo un contacto que él usaba. Si lo llamo ahora, en altavoz, delante de ustedes, puedo hacer que se muestre. Decirle que hay un problema con la entrega, que necesito verlo. Va a caer.

— ¿Y por qué haría eso por mí?

—Porque si ustedes lo agarran a él, a mí me sueltan. —Lo dijo rápido, con la seguridad fría de alguien que ya mintió antes y sabe que la velocidad ayuda más que la convicción—. Yo no gano nada quedándome acá.

Miguel la estudió un momento largo. Después hizo una seña casi imperceptible a uno de los guardias, que sacó un teléfono del bolsillo y se lo entregó a Luisa sin soltarlo del todo, como quien presta algo que sabe que va a recuperar.

—En altavoz. Y despacio.

Luisa tomó el teléfono con las dos manos, para que no se le notara el temblor. Marcó de memoria. Los cuatro ceros. El trece al final.

Apretó el botón de altavoz.

Dos tonos.

—Hola, Luisa. Estás complicada y rodeada.

Miguel frunció el ceño. Uno de los guardias se inclinó un poco hacia el teléfono, atento. Luisa no dejó que el silencio se estirara ni un segundo.

—Necesito verte. Hay un problema con la entrega que hicimos.

Un instante de pausa del otro lado. No era duda: era el mismo cálculo de siempre, esa forma de la Voz de elegir cada palabra como quien camina sobre un hielo fino sin resbalar nunca.

— ¿Qué tipo de problema?

—El de siempre. Necesito que se resuelva de una vez. Que se termine. Que no quede nadie con preguntas.

Miguel escuchaba con toda la atención puesta en el teléfono, tratando de descifrar un código que no existía, buscando nombres, lugares, números. Luisa sabía que si la Voz decía una palabra fuera de lugar —radiación, promesa, número trece— todo se derrumbaba ahí mismo, en ese auto, en ese descampado.

—Entiendo el problema —dijo la Voz—. Se va a resolver.

— ¿Cuánto tarda?

—Lo de siempre. Tarda.

—No tengo tiempo.

—Nunca lo tienes.

Miguel golpeó dos dedos contra el respaldo del asiento, impaciente.

—Decile que se muestre. Decile una dirección.

Luisa asintió, aunque el gesto no servía para nada del otro lado de la línea.

—Necesito un lugar. Y necesito que sea rápido.

Silencio de nuevo. Un silencio distinto esta vez, más largo, como si la Voz entendiera, por fin, exactamente lo que Luisa le estaba pidiendo sin decirlo: que todos los que estaban en ese auto, cada uno de ellos, dejaran de ser un problema. De una vez. Para siempre.

—Va a resolverse —repitió la Voz, y esta vez algo en el tono sonó distinto, más cerca de una promesa real que de una frase hecha—. Pero ya te dije. Esto tarda.

Cortó.

El tono de línea muerta llenó el auto un segundo entero antes de que Luisa apagara el altavoz.

***

— ¿Y? —preguntó Miguel.

—No dio nombre. Nunca lo hace. Pero dio una dirección, en código. Un lugar en el centro donde nos encontramos cuando hay problemas.

— ¿Qué dirección?

Luisa pensó rápido. Recordó una esquina cualquiera, un edificio de oficinas que había visto una vez desde el colectivo, sin ninguna razón particular para recordarlo salvo que ahora lo necesitaba.

—Avenida Cortez al mil doscientos. Un edificio con estacionamiento en la planta baja. Ahí es donde se encuentran los que trabajan con él.

Miguel la miró un segundo de más, con esos ojos que ya le había visto una vez en su padre, calculando si valía la pena creerle o no.

—Si me estás mintiendo, se lo vas a lamentar mucho más de lo que te imaginas.

—No tengo motivos para mentir. Quiero salir de esto.

Miguel se dio vuelta hacia el chofer.

—Cambio de rumbo. Al centro. Avenida Cortez al mil doscientos.

El auto giró en el descampado, levantando polvo, y volvió a la ruta principal. Luisa sintió el alivio como algo físico, un aflojarse de los hombros, aunque sabía que era solo un aplazamiento.

Se quedó mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a cambiar otra vez, de tierra a asfalto, de descampado a los primeros edificios bajos de las afueras.

Pensó en la Voz. En el silencio antes de decir va a resolverse. En que la promesa, esta vez, no había sido pedida con palabras claras — Luisa nunca había dicho quiero que mueran, ni siquiera lo había pensado en esos términos exactos, solo había pedido que el problema se terminara, que no quedara nadie con preguntas. Y aun así, algo en la manera en que la Voz había respondido le decía que el pedido había sido entendido en su forma más cruda, sin necesidad de que ella lo dijera con esas palabras.




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