Luisa no vio el camión. Solo sintió el mundo doblarse.
Un golpe lateral, metal contra metal, un sonido que no se parecía a nada que hubiera escuchado antes, más parecido a un grito que a un ruido mecánico. Después el auto giró. Una vez. Luisa sintió el peso de los dos guardias caer sobre ella, sus cuerpos enormes chocando contra el techo, contra las puertas, contra ella misma, aplastándola contra el asiento en cada vuelta.
El auto giró otra vez. Y otra. Hasta que Luisa perdió la cuenta.
Un codo le golpeó la sien. Una cabeza, no supo de quién, le cayó sobre el pecho con un peso muerto que no tenía nada de accidental. El cinturón se le clavó en el cuello, después en la cadera, según de qué lado quedara el mundo en cada vuelta.
En algún momento, entre dos giros, alcanzó a pensar con una claridad extraña, casi ajena a ella misma, que se estaba muriendo. Que ese era el final. Y que, de alguna manera oscura, tenía sentido que terminara ahí, entre dos hombres que la habían llevado contra su voluntad, aplastada por sus propios cuerpos.
Después, nada.
***
Cuando Luisa volvió a abrir los ojos no supo cuánto tiempo pasó. El auto estaba quieto, dado vuelta, con el techo convertido en piso. Todo estaba al revés: los asientos arriba, el cielo raso abajo, contra su espalda.
Le costó entender la posición de su propio cuerpo antes de entender nada más.
Tenía sangre en la cara. No sabía si propia. El silencio era total, un silencio raro, sin motor, sin bocina, sin el ruido de fondo de la ruta que había estado ahí un minuto antes.
Movió la cabeza despacio. A su lado, uno de los guardias colgaba del cinturón, con el cuello en un ángulo que ningún cuello debería tener. Los ojos abiertos, fijos en un punto que ya no existía.
Luisa no gritó. No le salió el aire para gritar. Se quedó mirándolo, con el corazón golpeándole en los oídos, tratando de convencerse de que lo que estaba viendo era real.
Adelante, el chofer estaba doblado sobre el volante, quieto. El otro guardia, después de volar de su asiento, salió despedido a medias por el parabrisas, con medio cuerpo afuera del auto, inmóvil.
Miguel no se movía tampoco. Estaba caído sobre lo que antes había sido el piso y ahora era el techo, con un brazo doblado en una dirección que no correspondía al resto de su cuerpo.
Todos muertos. Luisa lo entendió despacio, en partes, como si el cuerpo se negara a procesar tanta información de una sola vez.
Ella seguía viva.
***
Luisa se desató el cinturón con manos que no le respondían del todo. Cayó sobre lo que quedaba del techo, entre vidrios rotos, con un dolor agudo en las costillas que la dejó sin aire un momento. Se arrastró hasta la puerta más cercana, la del guardia colgado, la única que parecía haberse abierto con el impacto.
Salió gateando. El aire frío de afuera le pegó en la cara como una bofetada, y con él le llegó el olor: sangre, nafta, tierra removida.
Se sentó en el pasto, al costado de la ruta, con las piernas todavía sin fuerza, mirando el auto dado vuelta, humeante, con los cuerpos adentro en posturas que ningún cuerpo vivo elegiría.
El camión no estaba. En ningún lado. La ruta, en ambas direcciones, vacía, sin un solo auto a la vista, sin un solo testigo.
Luisa se llevó la mano al pecho, después a la cara, revisándose. Un corte en la ceja, otro más profundo en el brazo, un dolor punzante en el costado que sospechaba que eran costillas fisuradas. Nada que no pudiera moverse sola. Nada que la matara ahí mismo.
Se acordó, de golpe, del pedido que le había hecho a la Voz. Que se termine. Que no quede nadie con preguntas.
La Voz lo cumplió.
***
Luisa no podía quedarse acá. Lo sabía antes incluso de terminar de asimilar lo que veía. Alguien iba a pasar por esa ruta tarde o temprano, alguien iba a llamar a la policía, y Luisa —sangrando, sin explicación creíble para estar ahí, vinculada a tres muertos y a un hijo de mafioso— no tenía ningún relato que sobreviviera a un interrogatorio.
Se acercó al auto otra vez, con las piernas temblando, el estómago revuelto por el olor y por lo que estaba a punto de hacer.
Empezó por el guardia colgado del cinturón. Le costó tocarlo. Le costó más todavía meter la mano en su bolsillo, sentir la tela todavía tibia, sacar una billetera gruesa que no se molestó en revisar del todo, solo guardó. Del otro bolsillo sacó un teléfono, la pantalla rajada pero encendida.
Del chofer no sacó nada. No pudo. Se quedó mirando su nuca un segundo de más y después decidió que con dos alcanzaba.
El otro guardia, el que había salido a medias por el parabrisas, tenía la pistola todavía en la funda del cinturón, casi intacta. Luisa la sacó con dos dedos, como si tocarla más de lo necesario fuera a activarla sola. Pesaba más de lo que esperaba. Nunca había tenido una pistola en la mano.
De Miguel no sacó nada. Se quedó mirándolo un momento, el brazo torcido, la cara todavía con esa expresión de calma calculadora que había tenido todo el viaje, ahora vacía de cualquier cálculo.
—Usted tenía razón —le dijo, en voz baja, sin saber muy bien por qué le hablaba a un muerto—. Esto iba a resolverse.
Se apartó antes de que el pensamiento la alcanzara del todo.
***
Con la pistola metida en la cintura del pantalón, buscó algo con qué vendarse. Tironeó de la camisa del guardia colgado, cortó una tira larga con el filo de un vidrio del auto, después otra. Le costó atarse el brazo sola, con los dedos resbalando por la sangre propia, pero terminó apretando lo suficiente como para que el corte dejara de sangrar en abundancia.
Se quedó un momento sentada en el pasto, mirando sus propias manos manchadas, respirando despacio para no marearse.
Después se puso de pie.
***
Luisa caminó por la banquina, contando pasos sin darse cuenta, con el dolor de las costillas marcándole el ritmo. Diez minutos, quizás más, hasta que vio los faros de un auto acercándose por la curva.