La Llamada

Capítulo 14 — La fuga

Luisa manejó unos kilómetros sin rumbo fijo, solo alejarse, hasta que un cartel verde le anunció una estación de servicio abandonada, con el cartel de precios apagado y el pasto creciendo entre las islas de las bombas. Frenó ahí. Apagó el motor.

Se quedó un momento con las manos en el volante, sin soltarlo, como si soltarlo significara reconocer que ya no había nada más que manejar, ningún lugar adonde ir.

El dolor de las costillas le subía con cada respiración. Se miró en el espejo retrovisor: la ceja partida, un moretón que empezaba a subirle por el pómulo, los ojos hundidos de alguien que llevaba una semana sin dormir bien ni un solo día entero.

Pensó en lo que había hecho la Voz. En Pedro, vivo. En Wu, muerto, y en Miguel, muerto también, y en dos hombres más cuyos nombres ni siquiera sabía, aplastados dentro de un auto dado vuelta a los costados de una ruta que ella ya no reconocía.

Cada vez que pedía algo, la vida le devolvía algo peor.

Pensó, con una firmeza que no le duró ni un minuto entero, que esa iba a ser la última vez. Que lo que fuera que le esperaba a partir de ahora lo iba a resolver sola, sin la Voz, sin nadie.

Después miró alrededor: la ruta vacía, el auto robado con la placa de otra persona, la pistola en la cintura, el cuerpo lleno de heridas que no tenía forma de explicar sin mentir. Y entendió que ya era tarde para decisiones así de simples.

***

Sacó el teléfono robado del bolsillo. La pantalla rajada dejaba una línea blanca cruzando la mitad, pero funcionaba. Marcó el número de Pedro de memoria, como ya se había vuelto costumbre.

Atendió al segundo tono, con la voz baja, casi un susurro.

— ¿Hola?

—Soy yo.

Un silencio corto. Luisa escuchó, de fondo, algo que sonaba a televisión, a una casa habitada, normal.

—Luisa, no puedo hablar ahora. —La voz seguía baja, apretada—. Está todo bien acá.

—Necesito ayuda.

— ¿Qué pasó?

Ella no supo por dónde empezar. Se escuchó a sí misma decir fragmentos sueltos, sin orden: un choque, gente muerta, un auto que no era suyo, sangre que no dejaba de salirle del brazo. No mencionó la estatua. No mencionó la Voz. No había forma de que esas partes cupieran en una llamada de dos minutos, susurrada, con la familia de él a unos metros de distancia.

Pedro se quedó callado un momento demasiado largo.

—Anda a un hospital. Y a la policía. En serio, Luisa. Esto suena grave.

— ¿Y tú qué vas a hacer?

—Voy a ir a verte apenas pueda. Mañana, si puedo escaparme un rato.

— ¿Mañana?

—No puedo ahora. Están todos acá.

Algo se quebró adentro de Luisa, no de golpe, más como una grieta que llevaba días formándose y recién ahí terminaba de abrirse. Pensó en el refrigerador, en la palanca rota, en la primera vez que Pedro había elegido a su familia por sobre ella, esa misma noche, con la misma frase a medias, el mismo "no puedo ahora".

—Eres un cobarde de mierda —dijo, con una voz que no reconoció como propia, más ronca, más filosa—. Ojalá te hubieras quedado adentro del refrigerador.

Cortó antes de que él pudiera contestar.

Se quedó con el teléfono en la mano, temblando, no solo de frío, y por un segundo sintió algo parecido al alivio de haberlo dicho, seguido de inmediato por una vergüenza que le cerró la garganta.

***

No lloró. Se quedó mirando el parabrisas sucio de la estación abandonada, la maleza creciendo entre el cemento, el cielo empezando a oscurecer.

No había escapatoria. Lo pensó así, con esas palabras exactas, sin darle vueltas. Era una fugitiva con un arma robada, un auto robado y tres muertos que en algún momento alguien iba a vincular con ella. Pedro no iba a ayudarla, no de verdad, no lo suficiente. No tenía a nadie más.

Marcó el número. Los cuatro ceros. El trece.

Dos tonos.

—Hola, Luisa. Estás complicada, herida y sola.

—Ya lo sé.

— ¿Qué ayuda necesitas?

La pregunta, tan simple, tan de siempre, le dio ganas de gritar.

— ¿Qué es lo que está pasando? —Dijo en cambio, apretando el teléfono contra la oreja con la mano que no le temblaba tanto—. ¿Por qué me ayuda? ¿Por qué cada vez que me ayuda todo se pone peor?

Del otro lado hubo un silencio distinto a los anteriores. No el silencio calculado de siempre, el que medía palabras antes de soltarlas. Este era más largo, casi pensativo, como si la Voz sopesara si valía la pena, por fin, contestar de verdad.

—No tengo nada contra ti, Luisa.

—Entonces qué.

—Necesito alimentarme.

Lo dijo con la misma calma con la que decía cualquier otra cosa. Sin dramatismo, sin bajar el tono, como quien explica un trámite administrativo.

— ¿De qué?

—De lo que pasa alrededor suyo. Muertes. Sufrimiento. Cosas así.

Luisa sintió el frío de la estación abandonada metérsele en el cuerpo entero, el mismo frío del refrigerador, como si esa cámara la hubiera seguido todos estos días, escondida adentro de cada conversación con esa voz.

—Entonces yo soy... —No terminó la frase. No hacía falta.

—Tú pides. Yo cumplo. Lo que pasa alrededor de cada promesa cumplida, eso es lo que necesito.

— ¿Y ya imagino que esto recién empieza?

Se rió. La misma risa de siempre, corta, casi divertida, un soplo de aire que en cualquier otro contexto hubiera sonado simpático.

—Sí. Recién empieza.

— ¿Hasta cuándo?

—Hasta el límite de tu aguante —dijo la Voz, sin ningún tipo de vergüenza, sin ningún intento de suavizarlo—. Pero creo que todavía mucho.

Luisa se quedó mirando el teléfono, la línea blanca que cruzaba la pantalla rajada, sintiendo que algo enorme se había asomado por un segundo desde el otro lado de esa llamada, algo que no tenía forma ni cara ni nombre, solo un apetito que ella misma había estado alimentando, promesa tras promesa, sin saberlo.

Afuera, el cielo terminó de oscurecerse del todo. La estación de servicio abandonada se quedó a oscuras, sin luces, sin nada más que el resplandor débil de la pantalla del teléfono iluminándole la cara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.