La Llamada

Capítulo 15 — Las dos salidas

— ¿Hay alguna manera de parar esto? – preguntó Luisa al teléfono.

Se lo preguntó en voz baja, casi esperando que la Voz no contestara, que el silencio se estirara hasta convertirse en otra cosa. Pero la respuesta llegó rápido, sin el cálculo habitual, como si esa pregunta en particular no necesitara pensarse.

—Sí.

Algo en esa simpleza le dolió más que cualquier evasiva.

— ¿Cómo?

—Hay dos maneras. Según las reglas, tienes derecho a las dos.

Luisa se acomodó contra el asiento, el brazo vendado latiéndole al ritmo del pulso, y escuchó.

—La primera: no volver a llamar este número nunca más, pase lo que pase. —Una pausa breve, no de duda, de orden—. Eso puede significar un riesgo de muerte inmediato. Ya lo viste varias veces estos días. Las cosas que la protegían dejarían de protegerla.

— ¿Y la segunda?

—Pasar el número a otra persona.

— ¿Así nomás?

—Así nomás.

Luisa se quedó mirando la pantalla rajada del teléfono, la línea blanca cruzándola al medio, dividiendo la palabra "Voz" en dos mitades que ya ni siquiera coincidían bien.

— ¿Y esa persona qué recibe?

—Lo mismo que recibiste tú. Un número. Una promesa por vez. Un precio que no se ve hasta que ya se pagó.

— ¿Y yo qué gano?

—Te liberas.

Lo dijo sin ningún tipo de ceremonia, como quien informa un horario de tren. Ninguna advertencia sobre lo que significaba, ningún consejo sobre cuál de las dos opciones convenía más. Solo el hecho, seco, puesto sobre la mesa.

Luisa pensó en el hombre del bar. En sus manos, en cómo le temblaban cuando le dictó el número, en la urgencia rara con la que había insistido, casi rogado, que ella llamara. En cómo desapareció apenas ella terminó de marcar, sin despedirse, sin dejar nada más que un billete arrugado sobre la barra.

En ese momento no entendía nada de esa prisa. Ahora la entendía entera.

—Él ya sabía —dijo, más para sí misma que para la Voz—. El hombre del bar. Sabía todo esto.

La Voz no confirmó ni negó. Se quedó en silencio, un silencio que en cualquier otra conversación hubiera sido una respuesta.

— ¿Y si no elijo ninguna? —Preguntó Luisa—. ¿Si sigo llamando, nomás, hasta que se termine solo?

—Eso también es una elección.

—No es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Luisa cerró los ojos. Afuera, en la oscuridad total de la estación abandonada, no se escuchaba nada. Ni un auto, ni un grillo, ni el viento. Como si el mundo entero hubiera decidido darle ese momento de silencio para pensar, sin ninguna prisa, sin ningún ruido que la apurara a decidir.

—Necesito pensarlo.

—Puedes pensarlo.

— ¿Cuánto tiempo tengo?

—El que quieras. —Una pausa, la primera que sonó, apenas, a algo parecido a la compasión, aunque Luisa ya no confiaba en distinguir eso de otra cosa cualquiera—. Yo no tengo apuro.

Esa calma, esa falta absoluta de apuro, le resultó peor que cualquier amenaza. Un acreedor que sabe que va a cobrar tarde o temprano no necesita apurar a nadie.

—Voy a pensarlo —repitió Luisa, más para convencerse a sí misma que para informarle nada.

—Como quieras.

Cortó sin despedirse, la misma costumbre de siempre, dejando a Luisa con el teléfono contra la oreja y el tono de línea muerta llenándole el silencio de la estación abandonada.

Luisa se quedó así un rato largo, sin moverse, con la pantalla rajada reflejándole apenas la cara en la oscuridad del auto. Dos caminos. Ninguno gratis. Ninguno, siquiera, seguro.

Pensó otra vez en el hombre del bar, en sus manos temblando, en la manera en que desapareció sin dejar rastro apenas cumplió su parte.

Se preguntó cuánto tiempo llevaba él cargando ese número antes de encontrarla a ella.

Y se preguntó, con un frío que no tenía nada que ver con la noche, a quién le iba a tocar cargarlo después.




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