La Llamada

Capítulo 16 — El hospital y el plan

Luisa manejó casi una hora antes de encontrar un hospital que no fuera el mismo del que la habían sacado Miguel y sus guardias. Uno más chico, de un barrio que no conocía, con un cartel de guardia iluminado en verde sobre la entrada.

Antes de bajar del auto se quedó un momento mirando la pistola sobre el asiento del acompañante. No podía entrar con eso encima. Tampoco podía tirarla en cualquier lado, dejar un arma con huellas suyas tirada en una calle cualquiera.

La envolvió en la tira de camisa que le había sobrado del vendaje y la metió debajo del asiento, bien al fondo, donde no se viera a simple vista. Guardó también el teléfono robado en la guantera, apagado. Se quedó con el dinero de las billeteras repartido entre los bolsillos del pantalón, doblado varias veces para que no abultara.

Estacionó en el sector más alejado de la playa, entre dos camionetas grandes que tapaban el auto de la vista directa desde la entrada. Bajó despacio, sintiendo cada movimiento en las costillas, y caminó hacia la guardia con los brazos cruzados sobre el pecho, encorvada, dejando que el dolor le marcara el paso sin tener que actuarlo.

***

— ¿Qué le pasó?

La enfermera de la entrada la miró con esa mezcla de costumbre y alarma que debía tener con cada persona que entraba sangrando a esa hora.

—Me golpearon.

— ¿Quién?

—Un hombre. En la ruta.

La sentaron enseguida, le revisaron el brazo vendado, la ceja, las costillas con una presión suave que igual le arrancó un gemido. Un médico le preguntó si había perdido la conciencia, si tenía náuseas, si recordaba todo lo que había pasado.

Luisa contestó que sí a la primera, que no a la segunda, y para la tercera dudó lo justo, el tiempo exacto para que sonara real.

—Algunas cosas. Otras no tanto.

La internaron para observación, con una vía nueva en el otro brazo, en una habitación compartida con una cortina de tela separándola de la cama de al lado, donde una mujer mayor dormía con la boca abierta y un ronquido parejo que Luisa terminó agradeciendo, porque tapaba el silencio.

***

El policía llegó dos horas después, cuando ya estaba anocheciendo del todo. Joven, con una libreta chica y una lapicera que se le trababa cada dos palabras, sacudiéndola contra la mesa cada vez que dejaba de escribir.

—Cuénteme qué pasó.

Luisa ya tenía la historia armada, repasada mentalmente mientras esperaba, cada detalle elegido para que sonara verosímil sin dar demasiados datos comprobables.

—Se me rompió el auto en la ruta, cerca del kilómetro treinta. Un hombre paró, se ofreció a llevarme hasta el pueblo más cercano. Yo acepté, no tenía señal en el celular.

— ¿Descripción del hombre?

—Cuarenta y pico, robusto, campera oscura. No le vi bien la cara, ya estaba oscureciendo.

— ¿Y el auto?

—Gris, no me fijé la marca. Estaba muy asustada.

El policía anotaba despacio, sin apuro, con esa lapicera que se le seguía trabando.

— ¿Y ahí la golpeó?

—A los pocos minutos. Se desvió del camino, dijo que conocía un atajo. Yo le dije que no, que me dejara bajar, y ahí me pegó. —Se tocó la ceja, casi sin querer, un gesto que agregaba peso a la mentira sin que ella tuviera que decir una palabra más—. Alcancé a abrir la puerta y tirarme. Corrí hasta que encontré la ruta principal. Hice dedo hasta acá.

— ¿Puede identificar el lugar exacto donde pasó?

—No con seguridad. Estaba oscuro. Y con el golpe en la cabeza no tengo muy claro el orden de las cosas.

El policía cerró la libreta, un poco frustrado con la falta de detalles útiles, pero sin ninguna sospecha visible en la cara. Le dejó una tarjeta con un número de expediente, le dijo que la iban a llamar si necesitaban algo más, y se fue con la misma lapicera trabada golpeteando contra la libreta cerrada.

Luisa se quedó mirando la puerta un momento después de que él se fue, esperando sentir alivio.

No llegó del todo. Sabía que esa historia tenía huecos, que en algún momento alguien iba a hacer las preguntas que ese policía joven no había hecho. Pero por esa noche, al menos, había comprado tiempo.

***

La noche Luisa pasó despierta más de lo que durmió. La ronquera pareja de la mujer detrás de la cortina se mezclaba con el zumbido de las luces del pasillo, con el paso ocasional de una enfermera revisando sueros, con el dolor sordo de las costillas cada vez que respiraba hondo.

Pensó en las dos salidas. Cortar el vínculo sola, con el riesgo de morir en el momento exacto en que las cosas que la protegían dejaran de protegerla. O pasar el número.

Se acordó del hombre del bar. De sus manos temblando. De cómo había desaparecido apenas ella terminó de marcar, sin despedirse, dejando solo un billete arrugado sobre la barra, como quien paga rápido una cuenta que le pesa.

Se preguntó si él había tenido tanto miedo como ella tenía ahora. Si había pasado noches como esta, en algún hospital, en alguna comisaría, calculando a quién le podía tocar el número sin que le doliera demasiado.

No tenía respuesta para eso. Lo que sí tenía, por primera vez desde el capítulo del bar, era una decisión tomada a medias: no iba a esperar a que la próxima promesa la matara. Iba a buscar a alguien.

No cualquiera. No alguien con hijos, no alguien con una familia esperándolo en su casa, alguien que perdiera algo si el número lo arrastraba, como le había pasado a ella con Pedro. Necesitaba a alguien solo. Alguien con poco para perder, o con algo tan grande que perder que la ayuda de la Voz pareciera, al principio, un regalo real.

Pensó en el hospital. En toda la gente que dormía en esas camas, cada una cargando su propia urgencia, su propio miedo. En algún lugar de ese edificio, seguro, había alguien que ya estaba lo bastante desesperado como para aceptar cualquier salida que le ofrecieran, sin hacer demasiadas preguntas.

Se dijo que no era una buena persona por pensar eso.




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