La Llamada

Capítulo 17 — El hombre enfermo

A la madrugada Luisa se levantó de la cama con cuidado, sosteniéndose el costado vendado, y salió al pasillo cuando la enfermera de turno estaba ocupada en el otro extremo del piso. Caminó despacio, con la bata floja sobre los hombros, mirando las puertas entreabiertas de las habitaciones, la luz débil que se filtraba de los monitores.

No sabía bien qué estaba buscando. O sí sabía, y prefería no decírselo con esas palabras.

En una de las últimas habitaciones, casi al fondo del pasillo, encontró la puerta apenas abierta y una sola cama ocupada, sin cortina que la dividiera de nada, como si a esa altura ya no hiciera falta compartir el espacio con nadie más.

El hombre estaba despierto. Delgado hasta un punto que la ropa de hospital le quedaba floja en los hombros, con la piel de un color que Luisa no supo nombrar, entre amarillento y gris, y los ojos hundidos pero atentos, siguiéndola desde que asomó la cabeza por la puerta.

— ¿Perdida? —preguntó él, con una voz más firme de lo que su cuerpo dejaba suponer.

—No podía dormir.

—Yo tampoco. —Señaló con la barbilla una silla vacía junto a la cama—. Si quiere hacerme compañía un rato.

Luisa se sentó. Le dolieron las costillas al hacerlo, y algo en su gesto debió notarse, porque el hombre la miró con más atención.

— ¿A usted qué le pasó?

—Un accidente.

—A mí también, en cierto modo. —Sonrió, un gesto cansado que igual le movió arrugas nuevas en la cara—. Solo que el mío lleva un tiempo pasando.

No dijo más que eso. No mencionó un diagnóstico, ni un pronóstico, ni ningún número. Luisa no preguntó. Algo en la manera en que él lo había dicho —con esa mezcla de resignación y humor seco— le indicó que no hacía falta.

***

Hablaron de cosas sueltas. Él le contó que antes trabajaba en un taller mecánico, que tenía un hermano en el sur al que hacía años no veía, que la comida del hospital era peor de lo que cualquiera se imaginaba antes de probarla. Luisa escuchaba, respondía poco, dejaba que el silencio ocupara los espacios entre frase y frase sin apuro.

En algún momento, sin saber bien cómo había llegado ahí, se encontró pensando en el número. En los cuatro ceros. En el trece al final. En lo fácil que sería decírselo a este hombre, ahora, en esta habitación vacía a las cuatro de la mañana, sin nadie más que los dos y el zumbido bajo de un monitor.

Un hombre solo. Sin hijos, según lo que había contado. Con poco para perder, salvo lo único que ya estaba perdiendo de todos modos.

Encajaba exactamente en lo que había pensado la noche anterior.

— ¿Puedo preguntarle algo? —dijo Luisa, con la voz más baja de lo que pretendía.

—Diga.

—Si alguien le ofreciera una salida. Algo que sonara demasiado bueno para ser real. ¿La tomaría?

El hombre la miró un momento, entrecerrando los ojos, como si tratara de entender si la pregunta era en serio o una forma rara de charla de madrugada.

—Depende de lo que pida a cambio.

— ¿Y si no pidiera nada?

—Entonces desconfiaría más todavía. —Se rió, un sonido corto que le costó, visible en cómo se le tensó el pecho—. Nada es gratis, señorita. Ni siquiera cuando parece que sí.

Luisa sintió las palabras pesarle más de lo que él podía imaginar. Tenía la boca ya casi abierta para decírselo, para sacar del bolsillo el papel doblado donde alguna vez había anotado el número, cuando él siguió hablando, sin darse cuenta de nada.

—Igual, a esta altura... —Se encogió de hombros, un gesto pequeño, casi resignado del todo—. Capaz que sí lo tomaría. Ya no tengo mucho que perder.

Ahí estaba. La frase exacta que Luisa había estado esperando escuchar, la que le hubiera dado el permiso perfecto para seguir adelante.

Y sin embargo, algo en la manera en que él la dijo —sin dramatismo, con esa aceptación tranquila de quien ya hizo las paces con lo que le espera— la hizo dudar.

Lo miró. Vio los ojos hundidos, la piel floja, las manos delgadas apoyadas sobre la sábana con una calma que a Luisa, después de todo lo que había vivido esa semana, le pareció casi extraña de encontrar en alguien.

Pensó en la Voz. En el hambre. En Pedro vivo y muerto y vivo otra vez. En Miguel con el brazo torcido en un ángulo imposible. En todo lo que ese número había tocado hasta ahora, sin excepción, sin piedad.

No pudo.

***

—Nada —dijo, apartando la mirada—. Era solo una pregunta rara. Cosas que se piensan de madrugada.

El hombre no insistió. Asintió, como si aceptara que había preguntas que no necesitaban respuesta completa, y volvió a hablar de otra cosa, del taller mecánico, de un auto que había arreglado hacía años y del que todavía se acordaba con cariño.

Luisa se quedó un rato más, escuchando sin escuchar del todo, con el papel doblado todavía en el bolsillo, sin sacarlo.

Cuando por fin se puso de pie para irse, el dolor de las costillas la hizo apoyarse un segundo en el marco de la cama.

—Gracias por la charla —dijo el hombre—. No mucha gente para con quien.

—Cuídese.

—Usted también.

Salió de la habitación sin decir nada más. Caminó de vuelta por el pasillo, más despacio de lo que había venido, con la sensación clara de que acababa de dejar pasar algo que no sabía si era una oportunidad o una condena, y que quizás no había diferencia real entre las dos cosas.

Se metió otra vez en su cama, del otro lado de la cortina, escuchando el ronquido parejo de la mujer mayor que dormía a su lado.

No durmió el resto de la noche.




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