La Llamada

Capítulo 18 — Detenida otra vez

La despertaron los pasos. No los pasos livianos de una enfermera de guardia, sino algo más pesado, más deliberado, dos pares de zapatos que se detuvieron justo del otro lado de la cortina.

Abrió los ojos con esfuerzo. La luz del pasillo entraba por la puerta entornada, gris todavía, la hora en que el hospital no había terminado de despertarse del todo.

—Luisa Ferreyra.

Reconoció al policía de la noche anterior, el de la libreta y la lapicera trabada. A su lado había otro, mayor, con una expresión que no dejaba lugar a ninguna charla amable.

— ¿Qué pasa?

—Tiene que acompañarnos.

Se sentó en la cama, todavía atontada, buscando en la cara del policía joven algún resto de la actitud despreocupada de la noche anterior. No lo encontró. Algo había cambiado, y Luisa lo sintió antes de que se lo dijeran.

—Encontramos un auto en el estacionamiento de este hospital —dijo el mayor, sin rodeos—. Fue reportado robado anteayer, a mano armada, en la ruta. La descripción de la víctima coincide con usted.

El aire de la habitación se le quedó atascado en el pecho.

—Yo no robé ningún auto.

—Adentro había restos de sangre. La comparamos con la muestra que le sacaron acá anoche. —Hizo una pausa, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las palabras todavía no habían terminado—. Es su misma sangre.

—Debe haber un error.

—También encontramos un arma. Debajo del asiento del acompañante.

Luisa sintió que el cuarto entero se corría un centímetro hacia un costado, el mismo mareo de días atrás, aunque esta vez no tenía nada que ver con radiación ni con nada que la Voz le hubiera hecho al cuerpo. Era puro miedo, frío y ordinario.

—Va a tener que acompañarnos a la comisaría —dijo el policía mayor—. Vamos a necesitar sus huellas, para comparar con las del arma. Y le pedimos que se vista.

***

Se vistió despacio, con las manos que no terminaban de responderle bien, consciente de los dos hombres parados justo afuera de la puerta, esperando. Se puso la ropa que había usado la noche anterior, todavía con manchas de sangre seca en el puño de la manga, y pensó, con una claridad extraña, que ese detalle solo iba a sumar más en su contra.

Mientras se ataba los cordones de las zapatillas, hizo cuentas en la cabeza. El auto que Luisa había robado en la ruta —el mismo que ahora estaba en el estacionamiento del hospital— no era el auto del choque. Era el auto de un hombre asustado al que le había apuntado con una pistola sacada del cuerpo de un muerto. Un delito distinto, superpuesto sobre el anterior, sin ninguna relación con la Voz, sin ninguna promesa de por medio.

Esta vez no había nada que negociar. No había un detective que confundiera fechas, ni un caso que pudiera desaparecer de un registro de un día para el otro. Había un arma con sus huellas, sangre con su tipo, un hombre en algún lugar de la ciudad que podía identificarla si se la ponían delante.

Era, por primera vez desde el refrigerador, un problema completamente suyo. Real. Verificable.

***

Pensó en la pistola. En cómo la había sacado de la funda de un guardia muerto sin poder mirarlo bien a la cara. En el hombre de la ruta, con las manos ya levantadas antes de que ella dijera nada, temblando igual que había temblado el hombre del bar semanas atrás, aunque por motivos completamente distintos.

Pensó también en las dos salidas que le había ofrecido la Voz. Cortar el vínculo, sola, con el riesgo de que las cosas que la protegían dejaran de protegerla en el instante exacto del corte. O pasar el número, a alguien, a cualquiera, y quedar libre de la Voz para siempre, mientras esa persona empezaba a cargar con lo mismo que ella había estado cargando.

Miró sus propias manos, esposadas sobre la falda, con las marcas todavía visibles del vendaje de días atrás.

Si llamaba a la Voz ahora, si pedía ayuda una vez más, sabía —con una certeza que ya no necesitaba pruebas— que esa ayuda iba a llegar. Y que el precio, cualquiera que fuera, iba a ser peor que este. Siempre era peor. Esa era la única regla del juego que nunca había fallado.

Y si no llamaba, si cortaba el vínculo ahí mismo, esposada en el asiento trasero de un patrullero, corría el riesgo de que algo —lo que fuera que hasta ahora la había estado protegiendo sin que ella lo supiera— dejara de estar ahí en el momento exacto en que más lo necesitara.

Se dio cuenta, con un peso nuevo en el pecho, de que ya no le quedaba tiempo para seguir postergando la decisión.

Tenía que elegir. Ahora.

—Necesito hacer algo antes de que me lleven a la celda —dijo, cuando el oficial mayor volvió a acercarse con una carpeta bajo el brazo.

— ¿Qué cosa?

—Despedirme de un amigo. Está internado en este mismo hospital, en la habitación del fondo del pasillo donde estaba yo. No tenemos mucho tiempo, dijeron los médicos.

El oficial la miró con desconfianza, el mismo tipo de mirada que Luisa ya conocía de memoria, la de alguien que sospecha pero no tiene ningún motivo concreto para negarse.

—Cinco minutos. Con nosotros al lado.

—Está bien.

Se puso de pie, todavía dolorida, sintiendo el peso exacto de lo que estaba a punto de hacer asentarse en el estómago como una piedra tragada entera.

No era una despedida cualquiera. Lo sabía. Y sin embargo, mientras caminaba hacia la puerta entre los dos oficiales, encontró un extraño alivio en la certeza de la decisión tomada, el primer momento de calma real que había sentido en días, aunque esa calma tuviera la forma exacta de una traición todavía sin cometer.

Pensó, por última vez, en el hombre del bar. En sus manos temblando. En el billete arrugado sobre la barra.

Entendió, recién ahí, del todo, por qué había tenido tanta prisa por desaparecer.




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