La Llamada

Capítulo 19 — La decisión

Los dos oficiales la escoltaron por el mismo pasillo que ella había recorrido sola, de madrugada, hacía apenas un día. De día el hospital sonaba distinto: carritos de comida chocando contra las puertas, una radio bajita en el puesto de enfermería, el ruido ordinario de un lugar que funciona. Luisa caminaba entre los dos hombres con las manos libres —le habían sacado las esposas para la visita, "cinco minutos, con nosotros al lado"— y sentía cada paso como algo que ya no podía deshacer, aunque todavía no hubiera hecho nada.

La puerta del fondo estaba entreabierta, igual que la otra vez. Los oficiales se quedaron ahí, uno apoyado contra el marco, el otro un poco más atrás, mirando el pasillo con esa paciencia aburrida de quien ha hecho cientos de esperas parecidas.

—Cinco minutos —repitió el mayor.

Luisa entró sola.

El hombre estaba despierto, sentado un poco más incorporado que la vez anterior, con una bandeja de comida intacta sobre la mesa rodante. La reconoció enseguida.

—Volvió —dijo, con una sonrisa que le costó armar, la misma economía de gestos que Luisa ya había notado la primera vez—. Pensé que se había ido para siempre.

—Vine a despedirme.

—¿Le dan de alta?

—Algo así.

Se sentó en la misma silla de la otra vez, aunque el cuerpo entero le pedía quedarse de pie, moverse, no tener que sostenerle la mirada mientras hacía lo que había venido a hacer.

—Está pálida —dijo él—. Más que la otra noche.

—Fue una semana larga.

El hombre asintió, sin pedir detalles, con esa costumbre de no exigir explicaciones que Luisa ya le conocía. Miró un momento hacia la puerta, hacia los dos oficiales que se veían de perfil desde ahí, y volvió a mirarla a ella.

—¿Está en problemas?

—Un poco.

—¿Los policías son por usted?

—Sí.

No preguntó más. Se quedó esperando, con esa paciencia de quien ya aprendió, a fuerza de estar postrado, que la gente cuenta las cosas cuando quiere y no antes.

Luisa respiró hondo. Sintió el peso exacto de lo que estaba a punto de decir, cada palabra ya armada de antemano, ensayada en la cabeza durante la caminata por el pasillo, y aun así se le trabó un poco al empezar.

—¿Se acuerda de lo que hablamos la otra noche? Le pregunté si tomaría una salida, aunque sonara demasiado buena para ser real.

—Me acuerdo.

—Conozco a alguien que ayuda a gente como usted. —Cada palabra le salía más firme de lo que sentía por dentro, un don extraño que ya había usado antes, con la policía, con Aranda, con Miguel—. Un filántropo. No le gusta que se sepa su nombre, hace las cosas en silencio. Paga tratamientos, consigue médicos, a veces hace milagros que ningún hospital puede explicar. Yo lo conocí hace poco. Por eso estoy mejor de lo que debería estar, después de todo lo que me pasó esta semana.

El hombre la miró con atención, sin la desconfianza inmediata que Luisa esperaba, quizás porque ya no tenía margen para desconfiar de nada que pudiera ayudarlo.

—¿Y por qué me lo ofrece a mí?

—Porque me dijo que ya no tiene mucho que perder. Se acuerda que me lo dijo.

El hombre bajó la vista un momento, hacia sus propias manos, delgadas sobre la sábana, como si repasara esa frase que él mismo había dicho sin medir del todo su peso.

—Me acuerdo.

—Solo tiene que llamarlo. Yo le doy el número.

—¿Y a usted qué le cuesta?

La pregunta la agarró desprevenida, aunque no debería haberla agarrado, porque era exactamente la pregunta que ella misma le había hecho a un desconocido en un bar, semanas atrás.

—Nada —dijo, y la palabra le salió amarga en la boca, porque sabía que era mentira, o casi—. Solo quiero que alguien más tenga la oportunidad que yo tuve.

El hombre se quedó mirándola un momento largo. Después, despacio, estiró la mano hacia la mesa de luz, donde tenía un teléfono viejo, de esos con tapa, que alguien le habría dejado ahí, quizás el hermano del sur, quizás nadie en particular.

—Dígame el número.

Luisa se lo dictó. Los cuatro ceros. El trece al final. Le tembló un poco la voz al decir el último dígito, aunque intentó que no se notara.

El hombre marcó despacio, con dedos que no le respondían del todo bien, revisando cada tecla antes de apretar la siguiente. Se llevó el teléfono a la oreja.

Luisa contó los segundos sin querer. Uno. Dos.

La cara del hombre cambió.

No fue un gesto grande, nada dramático, solo un leve estirarse de las cejas, un parpadeo más lento de lo normal, la boca entreabriéndose un poco más de lo que hacía falta para hablar. Como si algo, del otro lado de la línea, hubiera dicho su nombre antes de que él lo dijera.

—¿Hola? —dijo el hombre, aunque ya no sonaba a pregunta, sonaba a confirmación de algo que recién estaba empezando a entender.

Luisa apartó la mirada. No podía seguir viéndole la cara mientras escuchaba lo que fuera que la Voz le estuviera diciendo del otro lado, esa calma de siempre, esa amabilidad que sabía exactamente cómo sonar a promesa.

Se puso de pie.

—Tengo que irme.

El hombre no contestó, todavía con el teléfono pegado a la oreja, la mirada fija en algún punto de la pared que ya no era la pared, sino algo mucho más lejos.

Luisa caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Sintió, en la espalda, el peso de lo que estaba dejando en esa cama, algo que no tenía forma de nombrar del todo, ni culpa ni alivio, una mezcla rara de las dos cosas que probablemente la iba a acompañar más tiempo del que ella quería admitir.

En la puerta, los dos oficiales la esperaban.

—¿Terminó? —preguntó el mayor.

—Sí.

—Vamos, entonces.

Caminaron los tres por el pasillo, de vuelta hacia la salida, con el mismo ritmo ordinario del hospital rodeándolos, los carritos de comida, la radio bajita, alguien riéndose en algún puesto de enfermería por algo que Luisa no llegó a escuchar.

Ella iba entre los dos policías, con la mirada fija en el piso encerado, tratando de no pensar en la cara del hombre en el momento exacto en que la Voz le había dicho lo que fuera que le hubiera dicho. Trataba, en cambio, de convencerse de que el vínculo ya estaba cortado, que a partir de ahora cualquier cosa que le pasara a ella iba a ser solo suya, sin la Voz de por medio, sin promesas, sin precios ocultos.




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