La Llamada

Capítulo 20 — El número pasa de mano

En el auto policial, camino a la comisaría, Luisa se quedó mirando la ciudad pasar por la ventanilla, los primeros colectivos de la mañana, la gente caminando con el paso apurado de quien todavía no sabe que el día va a ser distinto de lo que esperaba.

El auto policial dobló en una esquina, y por la ventanilla Luisa alcanzó a ver el frente de la comisaría, distinta a la del capítulo del refrigerador, otro edificio, otra jurisdicción, pero con la misma clase de puerta gris esperándola.

La sala de espera de la comisaría tenía el mismo olor a café viejo que la otra, la del refrigerador, como si todas las comisarías del país compraran el mismo café malo al mismo proveedor. Le sacaron las esposas para tomarle las huellas, dedo por dedo, presionando cada uno contra una almohadilla de tinta que después no salía del todo con el trapo húmedo que le dieron.

La sentaron en un banco de madera, sola, mientras dos oficiales hablaban en voz baja del otro lado de un mostrador, comparando algo en una pantalla que Luisa no alcanzaba a ver.

Tenía tiempo. Eso era lo único que tenía.

Empezó a pensarlo con orden, tratando de separar el miedo de los hechos, aunque el miedo se le metía entre los pensamientos como agua entre los dedos.

El robo del auto: a mano armada, sí, pero por desesperación, para llegar a un hospital, después de un choque real que cualquier perito iba a poder confirmar con solo mirar el estado de sus heridas. Un buen abogado —uno de verdad, no como Bosch— podía convertir eso en algo manejable. Unos años, quizás, no toda una vida.

El choque en la ruta: eso todavía no lo sabían, pero cuando lo supieran, ella era la víctima. Una mujer secuestrada por el hijo de un mafioso, llevada contra su voluntad, sobreviviente de un accidente que mató a sus captores. Ahí no había delito que perseguir, solo mala suerte con nombre y apellido.

Y estaba Pedro. Pensó en él con una mezcla rara de rencor y necesidad, las dos cosas al mismo tiempo, sin que una cancelara a la otra. Le había dicho que era un cobarde. Le había deseado, con la voz temblando de furia, que se hubiera quedado adentro del refrigerador. Sabía que esa frase no se borraba con una disculpa fácil. Pero también sabía que si lo llamaba, si le explicaba todo esto —sin la Voz, sin la parte imposible de creer, solo los hechos que él pudiera digerir—, capaz que la ayudaba. Capaz que no. No tenía forma de saberlo hasta intentarlo.

Del otro lado, si llamaba a la Voz, sabía exactamente lo que iba a pasar. Ayuda. Alivio momentáneo. Y después algo peor, siempre peor, esperando agazapado detrás de la próxima esquina.

No hacía falta pensarlo más.

Capítulo 21 — El interrogatorio

La oficina era distinta de la sala donde le habían tomado las huellas. Más chica, sin ventanas, con una mesa metálica atornillada al piso y dos sillas de un lado, una del otro, como si el diseño de todas las salas de interrogatorio del país respondiera al mismo manual escrito por la misma persona cansada.

La dejaron sola un rato largo. Luisa se miró las manos, todavía con restos de tinta en las yemas de los dedos, y pensó que en algún momento, en algún archivo, esas huellas ya iban a estar comparadas con las de la pistola. No había forma de negarlo. Solo quedaba esperar cuánto pesaba eso, en años, en una sentencia con número y fecha.

La puerta se abrió sin golpe previo. Un hombre entró con un legajo bajo el brazo, cincuenta y pico, canoso a medias, con esa clase de cansancio que no se saca durmiendo, solo se acumula.

—Detective Ibáñez.

Se sentó del otro lado de la mesa, apoyó el legajo, y por un momento no hizo nada más que mirar a Luisa, un repaso rápido, sin curiosidad especial, el mismo tipo de mirada que un mecánico le da a un auto antes de decidir por dónde empezar.

—Le tengo que hacer unas preguntas.

—Ya declaré con los oficiales que me trajeron.

—Voy a hacerle las mías igual.

Abrió el legajo. Empezó a leer.

No leía rápido. Pasaba las hojas despacio, deteniéndose en algunas más que en otras, sin que Luisa pudiera adivinar por la cara de él qué parte estaba mirando en cada momento. En un punto sacó unos anteojos del bolsillo de la camisa, se los puso, y siguió leyendo con la misma calma exasperante.

Luisa esperó. El silencio se estiraba de una forma que no se parecía a los silencios anteriores —ni al de Aranda, semanas atrás, ni al de Bosch calculando su favor, ni siquiera al de la Voz cuando elegía sus palabras con cuidado. Este era distinto: un silencio de trabajo, de alguien que ya conoce el final de la historia que está leyendo y solo está confirmando los detalles antes de decir nada en voz alta.

Ibáñez llegó a una hoja y se detuvo ahí más tiempo del que se había detenido en ninguna otra. La leyó, la volvió a leer. Después cerró el legajo, despacio, y se sacó los anteojos sin apuro, guardándolos otra vez en el bolsillo de la camisa.

Se quedó mirando la mesa un momento. No a Luisa. La mesa.

Ese silencio, el más largo de todos, fue el que a Luisa le empezó a apretar el pecho de una forma que no lograba explicarse. Algo en la actitud del detective no encajaba con lo que ella esperaba de un interrogatorio por robo de auto. Demasiada pausa. Demasiado peso puesto en algo que, para ella, no debería pesar tanto.

No aguantó el silencio.

—¿Cuántos años me pueden dar?

Ibáñez levantó la vista, con una expresión que a Luisa le costó leer del todo. No era sorpresa exactamente. Era más parecido a alguien que escucha una pregunta que no encaja en la conversación que él tenía planeada.

—¿Perdón?

—Por el auto. Sé que lo robé a mano armada. Fue una desesperación, no tenía otra forma de llegar al hospital, estaba herida, sangrando. No sé cómo funciona esto legalmente pero quiero saber a qué me enfrento.

El detective la miró un momento más de lo cómodo, con una atención distinta a la de antes, como si estuviera reevaluando algo de golpe.




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