La Llamada

Capítulo 21 — El interrogatorio

La oficina era distinta de la sala donde le habían tomado las huellas. Más chica, sin ventanas, con una mesa metálica atornillada al piso y dos sillas de un lado, una del otro, como si el diseño de todas las salas de interrogatorio del país respondiera al mismo manual escrito por la misma persona cansada.

La dejaron sola un rato largo. Luisa se miró las manos, todavía con restos de tinta en las yemas de los dedos, y pensó que en algún momento, en algún archivo, esas huellas ya iban a estar comparadas con las de la pistola. No había forma de negarlo. Solo quedaba esperar cuánto pesaba eso, en años, en una sentencia con número y fecha.

La puerta se abrió sin golpe previo. Un hombre entró con un legajo bajo el brazo, cincuenta y pico, canoso a medias, con esa clase de cansancio que no se saca durmiendo, solo se acumula.

—Detective Ibáñez.

Se sentó del otro lado de la mesa, apoyó el legajo, y por un momento no hizo nada más que mirar a Luisa, un repaso rápido, sin curiosidad especial, el mismo tipo de mirada que un mecánico le da a un auto antes de decidir por dónde empezar.

—Le tengo que hacer unas preguntas.

—Ya declaré con los oficiales que me trajeron.

—Voy a hacerle las mías igual.

Abrió el legajo. Empezó a leer.

No leía rápido. Pasaba las hojas despacio, deteniéndose en algunas más que en otras, sin que Luisa pudiera adivinar por la cara de él qué parte estaba mirando en cada momento. En un punto sacó unos anteojos del bolsillo de la camisa, se los puso, y siguió leyendo con la misma calma exasperante.

Luisa esperó. El silencio se estiraba de una forma que no se parecía a los silencios anteriores —ni al de Aranda, semanas atrás, ni al de Bosch calculando su favor, ni siquiera al de la Voz cuando elegía sus palabras con cuidado. Este era distinto: un silencio de trabajo, de alguien que ya conoce el final de la historia que está leyendo y solo está confirmando los detalles antes de decir nada en voz alta.

Ibáñez llegó a una hoja y se detuvo ahí más tiempo del que se había detenido en ninguna otra. La leyó, la volvió a leer. Después cerró el legajo, despacio, y se sacó los anteojos sin apuro, guardándolos otra vez en el bolsillo de la camisa.

Se quedó mirando la mesa un momento. No a Luisa. La mesa.

Ese silencio, el más largo de todos, fue el que a Luisa le empezó a apretar el pecho de una forma que no lograba explicarse. Algo en la actitud del detective no encajaba con lo que ella esperaba de un interrogatorio por robo de auto. Demasiada pausa. Demasiado peso puesto en algo que, para ella, no debería pesar tanto.

No aguantó el silencio.

—¿Cuántos años me pueden dar?

Ibáñez levantó la vista, con una expresión que a Luisa le costó leer del todo. No era sorpresa exactamente. Era más parecido a alguien que escucha una pregunta que no encaja en la conversación que él tenía planeada.

—¿Perdón?

—Por el auto. Sé que lo robé a mano armada. Fue una desesperación, no tenía otra forma de llegar al hospital, estaba herida, sangrando. No sé cómo funciona esto legalmente pero quiero saber a qué me enfrento.

El detective la miró un momento más de lo cómodo, con una atención distinta a la de antes, como si estuviera reevaluando algo de golpe.

—¿Me está confesando el robo de un vehículo?

—Sí.

—¿Además de lo que ya hizo?

La frase le cayó mal, un peso raro en cada palabra, "además de lo que ya hizo", como si hubiera algo más grande dando vueltas por ese legajo, algo de lo que Luisa no tenía ni la más mínima noción.

—¿A qué se refiere?

—Usted dígame.

—No entiendo la pregunta.

Ibáñez se acomodó en la silla, cruzó los brazos, y por primera vez desde que había entrado algo en su cara se pareció a la incomodidad. No la incomodidad de alguien confundido. La de alguien que se da cuenta de que la persona que tiene enfrente no sabe, todavía, por qué está ahí.

—¿De qué cree que la estoy acusando, Luisa?

Ella sintió que el suelo, de alguna manera imposible de nombrar, dejaba de estar del todo firme bajo la silla.

—Del robo del auto. Y supongo que también van a preguntarme por el choque en la ruta, aunque ahí yo era la víctima, cualquiera que investigue lo va a...

—No estoy hablando del choque.

—Entonces del auto. Es lo único que hice.

Ibáñez la miró un segundo más, con una expresión que a Luisa ya no le costaba leer: era lástima, la misma lástima que ella misma había sentido dos noches atrás, en una habitación de hospital, mirando a un hombre enfermo que todavía no sabía lo que estaba a punto de aceptar.

—¿Es lo único que hizo? —repitió el detective, despacio, como si le diera a Luisa una última oportunidad de corregirse a sí misma.

—Sí.

—Está segura.

—¿Por qué no me dice de una vez de qué me están acusando?

El detective no contestó enseguida. Volvió a apoyar la mano sobre el legajo cerrado, sin abrirlo todavía, con los dedos quietos sobre la tapa como quien duda si tocar algo que sabe que va a doler.

—Voy a mostrarle algo.

—Muéstremelo.

Ibáñez abrió el legajo otra vez, buscó entre las hojas con un movimiento lento, deliberado, hasta encontrar lo que buscaba.

Se detuvo ahí, con la mano sobre esa hoja en particular, sin darla vuelta todavía, mirando a Luisa una última vez antes de mostrársela.

—Prepárese —dijo, con una voz que ya no sonaba a trámite, sonaba a algo mucho más pesado que cualquier trámite—. Esto no va a ser fácil de escuchar.

Luisa sintió el corazón golpearle en los oídos, un ritmo que no reconocía de ningún capítulo anterior de esta semana entera, ni el del choque, ni el del hospital, ni el de la comisaría del refrigerador.

Este era distinto. Este era el ritmo de alguien que, sin saber todavía por qué, empieza a entender que se equivocó de miedo.




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