CAPÍTULO 23
El río de Aethermoor se volvió más oscuro a medida que avanzaban, su superficie brillante se transformaba en un espejo negro que no reflejaba nada —ni el sol, ni los edificios de cristal, ni la sombra del bote que los llevaba hacia el abismo. Luna se había sentado en la proa, sus manos extendidas hacia el agua, y un aura de luz celeste se desprendía de ella, creando una burbuja mágica que envolvía a los tres y les permitía respirar. El calor de la llave en la mano de Elara era el único punto de calidez en ese mundo frío y silencioso.
«Cerca», murmuró Luna, su voz amortiguada por la agua. «La energía del templo empieza a resonar con la mía».
Kael estaba de pie al lado de Elara, su mirada fija en el fondo invisible. Había soltado la empuñadura de su espada, pero su cuerpo seguía tenso —listo para cualquier peligro que apareciera. Desde que habían salido del museo, no había hablado mucho, pero Elara sentía su presencia como un amparo. Los hilos del destino que los conectaban se habían vuelto más gruesos, más brillantes, y ahora llevaban matices de verde oscuro —el color de la vida que yacía bajo el agua.
«¿Tú también lo sientes?», preguntó ella, acercándose un poco más a él.
Kael asintió, sin desviar la mirada. «Siento... algo que me reconoce. Como si este lugar me conociera de antes, aunque no pueda recordarlo».
En ese momento, Luna dio un pequeño grito. «Allí!»
Abajo, en el fondo del río, apareció una silueta gigantesca: las ruinas de un templo que se alzaba como un monstruo dormido entre los corales y las algas negras. Sus muros de piedra blanca —aún intactos a pesar del paso del tiempo— estaban cubiertos de símbolos que brillaban con una luz dorada tenue, respondiendo a la llave en la mano de Elara. El techo, que debió ser de cristal como el de la ciudad, estaba roto, y una columna de agua se deslizaba por el centro, llevando con ella peces de colores irrealistas que nadaban alrededor de los restos.
La burbuja mágica se deslizó hacia abajo, acercándose a la entrada del templo. Cuando llegaron, Elara vio una puerta de madera negra —incólume a pesar de mil años bajo el agua— con el mismo símbolo de luna y espada que había visto en el mapa. La llave en su mano vibró con tanta fuerza que casi se le cayó.
«Tú tienes que abrirla», dijo Luna, su voz llena de admiración. «Solo tu energía puede activar el cerrojo».
Elara se acercó a la puerta, su corazón latiéndole con fuerza. Kael se colocó a su lado, y sus manos se encontraron de nuevo sobre la llave. Cuando ella la introdujo en el cerrojo, un sonido de metal resonante se escuchó en todo el templo —un sonido como de una campana antigua que despertaba del sueño. La puerta se abrió lentamente, y una luz dorada salió de adentro, iluminando el fondo del río.
Dentro del templo, el silencio era aún más profundo. Las paredes estaban cubiertas de frescos que mostraban escenas de un pasado olvidado: dos figuras —un hombre con espada y una mujer con una llave en la mano— luchando contra una sombra gigantesca que emergía de un portal negro. Más adelante, las figuras se abrazaban, y su sangre se mezclaba sobre la llave, cerrando el portal para siempre. Elara reconoció esos rostros: eran los suyos y los de Kael, pero con detalles diferentes —su cabello era más largo, sus ojos tenían un brillo más antiguo.
«Es nosotros», murmuró Kael, su voz temblando un poco. «Ese amor que se perdió hace mil años... era el nuestro».
Mientras miraban los frescos, un susurro se escuchó en el templo —un susurro que venía de todas partes a la vez. Elara cerró los ojos, y los hilos del destino se volvieron tan claros que pudo ver la historia completa: ella era Lyra, la guardiana de la llave, y Kael era Orion, el guerrero que la había amado. Habían vivido en un Aethermoor más joven, más brillante, y cuando el Señor del Abismo había intentado abrir el portal por primera vez, habían decidido sacrificarse para cerrarlo. Su amor había sido la fuerza que había mantenido el equilibrio del mundo durante mil años.
«Pero por qué no lo recordamos», preguntó Elara, abriendo los ojos. «Por qué nos reencarnamos sin saberlo».
Un nuevo sonido —un sonido de piedras que se mueven— interrumpió su pregunta. En el centro del templo, una plataforma de piedra se levantó del suelo, y sobre ella, un libro de cuero negro y páginas de papel de oro esperaba. La llave en la mano de Elara vibró de nuevo, y el libro se abrió solo, mostrando palabras escritas en una lengua antigua que Elara entendió sin esfuerzo.
«Los guardianes deben olvidar para poder amar de nuevo», leía el texto. «Su sacrificio fue necesario, pero su amor no debe morir. Cuando el Abismo vuelva a despertar, ellos volverán a encontrarse, y su elección —entre el deber y el amor— será la que decida el destino del mundo».
Mientras Elara leía, Kael se acercó a ella, y su mano tocó su mejilla. «Entiendo ahora», dijo. «Torvin me enseñó a odiar la magia porque creía que era el origen de todo mal. Pero tu magia... nuestro amor... es la única cosa que puede salvar a Aethermoor».
Justo en ese momento, la burbuja mágica de Luna empezó a temblar. «Elara, Kael —gritó ella, su voz llena de pánico—. La energía de la burbuja se está agotando. Y hay algo más... algo que se acerca desde el fondo».
Elara miró hacia la entrada del templo y vio una sombra negra que se acercaba rápidamente —una sombra con ojos de fuego rojo que brillaban en la oscuridad. Era un guardián del Abismo, una criatura creada por el Señor del Abismo para proteger el templo y evitar que los guardianes volvieran a encontrar la verdad.
«Tenemos que irnos», dijo Kael, cogiendo a Elara de la mano. «Ahora».
Pero la criatura ya había llegado a la entrada. Era grande como un elefante, con piel de escamas negras y garras que brillaban con un veneno verde. Rugió, y un chorro de agua negra y venenosa se dirigió hacia ellos. Kael puso su cuerpo delante de Elara, listo para defenderse, pero Luna extendió sus manos y creó una barrera de luz celeste que detuvo el ataque.
«No podemos lucharla aquí», dijo Luna, su rostro sudado por el esfuerzo. «La burbuja no aguantará mucho más. Tienen que coger el libro y salir. Yo me quedo para detenerla».
«No», dijo Elara, agarrando a Luna por el brazo. «No te quedas sola. Vamos todas las tres».
Pero la criatura atacó de nuevo, y esta vez la barrera de Luna se rompió en pedazos. Una parte del veneno cayó sobre el brazo de Luna, y ella dio un grito de dolor. Kael sacó su espada y se lanzó contra la criatura, cortando una de sus garras con un movimiento rápido. La criatura rugió de ira y se volcó hacia él, pero Elara sintió cómo la llave en su mano se llenaba de energía, y un rayo de luz dorada salió de ella, golpeando a la criatura en el ojo.
La criatura retrocedió, soltando un grito de agonía. En ese instante, Luna se recuperó un poco y creó una nueva burbuja —más pequeña, más frágil, pero suficiente para llevarlos fuera. «Ahora», gritó ella.
Kael cogió el libro de la plataforma y se colocó a lado de Elara. Luna llevó la burbuja hacia la entrada del templo, mientras la criatura intentaba alcanzarla con sus garras. Cuando salieron, la luz del sol filtró por el agua, y la criatura se detuvo —no podía salir de las profundidades oscuras del templo.
La burbuja se deslizó hacia arriba, hacia la superficie. Mientras ascendían, Elara miró hacia atrás y vio el templo volviéndose a sumir en la oscuridad, con la criatura guardando la entrada. Pero en su mano, el libro y la llave seguían calientes, y los hilos del destino que la conectaban a Kael se habían vuelto más fuertes que nunca.
Cuando llegaron a la superficie, el sol estaba empezando a ponerse, pintando el cielo de rojo y naranja. El bote estaba aún donde lo habían dejado, y Luna se desplomó en él, su brazo infectado por el veneno del guardián.
«Tenemos que curarla», dijo Kael, mirando a Elara con preocupación.
«Vamos a mi casa», dijo ella. «Tengo algunos ungüentos mágicos que Luna me dio antes. Pero tenemos que ser rápidos —Torvin debe estar buscándonos todavía».
Mientras Kael remaba hacia la orilla, Elara abrió el libro de nuevo y leyó las últimas palabras que había visto: «La elección es ahora. El Abismo despertará en pocos días, y los guardianes deben decidir: sacrificarse de nuevo, o encontrar una forma de amar y proteger al mismo tiempo».
Ella miró a Kael, que estaba remando con fuerza, su rostro tenso por la preocupación por Luna. El amor que sentía por él era real —más real que cualquier cosa que hubiera sentido en su vida. Pero el deber también era real: tenían que proteger a Aethermoor del Señor del Abismo. ¿Podían realmente tener los dos?
Cuando llegaron a la orilla, escucharon un ruido de caballos. Miraron hacia arriba y vieron a Torvin, acompañado de cuatro guerreros de los Sombres Vigilantes, acercándose a ellos a galope. Su rostro estaba lleno de ira, y su espada estaba desenvainada.
«Kael», gritó Torvin, parando su caballo frente a ellos. «He venido a hacerte cumplir tu deber. Entrégame la llave y la chica, o te consideraré un traidor a la orden».
Kael se puso de pie frente a Elara y Luna, su espada desenvainada. «No lo haré», dijo, su voz firme. «La llave no es un objeto maléfico. Elara no es un peligro. Tú tienes la razón equivocada, Torvin».
Torvin rió, un risa frío y cruel. «Entonces tienes que morir, Kael. Así como morirá ella y la hechicera».
Los guerreros se acercaron, sus espadas listas para atacar. Elara se acercó a Kael, y la llave en su mano empezó a brillar con una luz intensa. Los hilos del destino que veía a su alrededor se entrelazaron en un nudo gigantesco —un nudo que incluía a Torvin, a los guerreros, a Luna y a ellos mismos. La elección que tenían que tomar no era solo entre el amor y el deber: era entre la guerra y la paz, entre el olvido y la memoria.
En ese momento, Luna se levantó, a pesar del dolor en su brazo, y sus manos se llenaron de luz celeste. «No vamos a luchar contra vosotros», dijo ella, su voz clara y firme. «Pero no nos dejaréis dañar a Elara ni a Kael. La verdad del templo es la única cosa que puede salvar a Aethermoor. Escuchadla».
Torvin miró a Luna, luego a Kael, luego a Elara. Su rostro estaba tenso, pero había un brillo de duda en sus ojos. Había criado a Kael durante años, le había confiado su vida en múltiples batallas. ¿Podía ser que realmente tuviera la razón equivocada?
Mientras tanto, en las profundidades del Abismo, el Señor del Abismo sonrió. Los guardianes habían encontrado la verdad, sí, pero también se habían metido en una trampa. Torvin y los Sombres Vigilantes estaban a punto de atacarlos, y el portal se abriría en pocos días. El equilibrio del mundo estaba a punto de romperse, y él sería el que lo dominara todo.
Elara miró a Kael, y sus manos se encontraron sobre la llave. En su mirada, él vio todo: el amor, el miedo, la esperanza. La elección era ahora. Y juntos, tenían que tomarla.
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Editado: 14.12.2025