CAPÍTULO 24
El aire se había vuelto denso y tenso, cargado de magia y de la amenaza de la espada. Los guerreros de los Sombres Vigilantes formaban un círculo alrededor de Elara, Kael y Luna, sus aceros brillando con el último resplandor del atardecer. Torvin se quedaba en el centro, su mirada oscura y dividida —entre la fe en la misión que había llevado toda su vida y la duda que le causaba la firmeza de Kael.
«Escúchame, Torvin», dijo Kael, su voz no temblaba a pesar de que tenía cuatro espadas apuntándole. «Fuiste mi mentor, mi padre cuando no tuve ninguno. Pero lo que te enseñaron sobre la llave... es mentira. La encontramos. Estuvimos en el templo donde Lyra y Orion se sacrificaron hace mil años».
El nombre de los antiguos guardianes hizo que Torvin se estremeciera. Había oído esas historias como leyendas, como cuentos para amedrentar a los jóvenes guerreros. Pero nunca lo había creído —nunca había creído que la magia pudiera ser algo más que una fuente de destrucción.
«Eso son cuentos», dijo, pero su voz era más débil que antes. «La magia es el origen de todo mal. El Abismo existe porque la magia se descontroló».
«No», intervino Elara, dando un paso adelante. La llave en su mano brillaba con una luz dorada que iluminaba su rostro. «La magia no es buena ni mala. Es como el río —depende de quién lo maneja. Lyra y Orion usaron su amor y su magia para cerrar el portal. Yo soy Lyra reencarnada. Kael es Orion».
Para demostrarlo, ella cerró los ojos y concentró toda su energía en la llave. Los hilos del destino que veían a su alrededor se volvieron tan visibles que incluso Torvin y los guerreros pudieron verlos —hilos de colores irrealistas que se entrelazaban entre todas las personas, entre la ciudad, entre el cielo y el agua. Y en el centro de todo, el nudo gigantesco que conectaba a Elara y Kael, con el símbolo de luna y espada brillando en su corazón.
Un murmullo se extendió entre los guerreros. Ninguno había visto nada igual. Torvin se quedó mirando los hilos, su boca entreabierta. La evidencia estaba ahí, frente a sus ojos, pero su mente se negaba a aceptarla —había pasado demasiado tiempo creyendo en una cosa para cambiar de opinión de la noche a la mañana.
«Es un truco», dijo, pero sus palabras no tenían fuerza. «Una ilusión de la hechicera».
Luna dio un paso adelante, a pesar del dolor que sentía en su brazo infectado. La luz celeste de su magia se mezcló con la luz dorada de la llave, y los hilos se hicieron aún más claros. «No es un truco, Torvin», dijo. «Yo soy hechicera, sí, pero esta es la verdad. El Abismo va a abrirse en pocos días. La única cosa que puede detenerlo es el amor de los guardianes —no la espada».
Mientras tanto, en el fondo del río, la criatura del templo había vuelto a su guarida, pero su rugido de ira se había extendido hasta las profundidades del Abismo. El Señor del Abismo sentía la duda en el corazón de Torvin, y eso le enfurecía. No podía permitir que los Sombres Vigilantes se aliaran con los guardianes —eso rompería todo su plan.
«Envía a otro», susurró en la oscuridad, dirigiéndose a su espía en la ciudad. «Asegúrate de que la guerra estalle. Que los guerreros maten a los guardianes antes de que puedan unirse».
En ese instante, un ruido de pasos rápidos se escuchó desde la calle adyacente. Un hombre de ropa oscura se acercó corriendo, su rostro pálido y sudado. Era un miembro de la escuela de los Cielos —uno de los hechiceros que trabajaba con Luna.
«Luna», gritó, parando frente a ellos. «Hay un ataque. En la escuela. Alguien ha soltado unas criaturas del Abismo. Muchos hechiceros han muerto».
La noticia hizo que todo el mundo se quedara en silencio. Luna se palideció —la escuela era su hogar, sus amigos estaban ahí. «Tenemos que irnos», dijo, su voz llena de desesperación. «Ahora».
Torvin miró al hombre, luego a Kael, luego a Elara. La elección era ahora para él también. ¿Seguir con su misión de destruir la llave, o ayudar a proteger a la ciudad que juró defender?
«Guerreros», dijo, girándose hacia sus hombres. «La ciudad está en peligro. Nuestra misión es protegerla —no luchar entre nosotros. Vamos a la escuela».
Los guerreros asintieron, y sus espadas se bajaron. Kael soltó el aliento que no sabía que estaba aguantando. Torvin no le había dado la razón, pero había tomado el camino correcto.
«Vamos», dijo Kael a Elara y Luna. «Yo te ayudo a curar el brazo mientras vamos».
Mientras se dirigían a la escuela de los Cielos en caballos prestados de los guerreros, Kael untó el brazo de Luna con un ungüento mágico que Elara había cogido de su casa. El veneno era fuerte, pero el ungüento empezó a hacer efecto rápidamente —la piel de Luna dejó de estar negra y empezó a volver a su color natural.
«Gracias», dijo Luna, mirando a Kael con gratitud. «Nunca creí que Torvin aceptara ayudarnos».
«Todavía no lo ha aceptado del todo», dijo Kael. «Pero ha dado un paso».
Elara miró hacia adelante, hacia la escuela que se veía a lo lejos. Se veía humo saliendo de sus techos de cristal, y escuchaba rugidos de criaturas del Abismo. Los hilos del destino que veían a su alrededor se habían vuelto tensos, como si estuvieran a punto de romperse. La guerra que el Señor del Abismo había querido había empezado.
Cuando llegaron a la escuela, lo encontraron en caos. Criaturas del Abismo —grandes como lobos, con pelaje negro y ojos de fuego— corrían por las calles adyacentes, atacando a cualquiera que se cruzara en su camino. Hechiceros luchaban contra ellas con magia de todos los colores, pero estaban superados en número.
«¡Aquí!», gritó un hechicero, señalando a un grupo de criaturas que se acercaban a un grupo de niños que huían.
Torvin y los guerreros se lanzaron contra ellas, sus espadas cortando el aire. Luna se unió a los hechiceros, su magia celeste golpeando a las criaturas con fuerza. Kael se colocó a lado de Elara, y juntos empezaron a defender a los niños.
Elara sintió cómo la llave en su mano se llenaba de energía, y un rayo de luz dorada salió de ella, golpeando a tres criaturas a la vez. Las criaturas se desvanecieron en humo negro, y los niños se refugiaron detrás de ella.
«Gracias», dijo uno de los niños, un chico de diez años con ojos azules. «Eres una heroína».
Elara sonrió, pero su corazón estaba lleno de dolor. No quería ser una heroína —quería que la guerra acabara, que la gente pudiera vivir en paz. Mientras luchaba, miró a Kael, que estaba cortando a una criatura con su espada, y sintió cómo el amor que sentía por él se hacía más fuerte. Ellos podían cambiar el destino —tenían que cambiarlo.
Mientras tanto, en el centro de la escuela, el espía del Señor del Abismo se escondía en una sala oscura. Era un hechicero de la escuela, alguien que había sido corrompido por el poder del Abismo. Había soltado las criaturas para provocar la guerra, y ahora estaba preparando algo peor: una bomba mágica que destruiría toda la escuela y mataría a todos los que estaban ahí.
«El Abismo dominará», susurró, encendiendo la bomba con su magia negra.
Pero en ese instante, la puerta de la sala se abrió. Elara estaba ahí, acompañada de Kael. Habían visto el hilo de destino que llevaba al espía, y habían seguido su rastro.
«¡Detente!», gritó Elara.
El espía se giró, su rostro lleno de odio. «Ustedes no pueden detenerlo», dijo. «El Señor del Abismo va a abrir el portal. Todo el mundo morirá».
«No», dijo Kael, avanzando hacia él. «No morirá nadie. Porque nosotros lo detendremos».
El espía lanzó un rayo de magia negra hacia ellos, pero Elara usó la llave para crear una barrera de luz dorada que lo detuvo. Kael se lanzó contra el espía, y su espada se estrelló contra la magia negra del hechicero. La lucha fue breve —Kael era un guerrero entrenado, y el espía estaba cansado después de soltar las criaturas.
Finalmente, Kael golpeó la mano del espía, y la bomba cayó al suelo. Elara se acercó y usó la llave para desactivarla —la luz dorada envolvió la bomba, y su energía se desvaneció en el aire.
El espía se desplomó en el suelo, derrotado. «Ustedes no saben lo que están haciendo», dijo, su voz débil. «El Señor del Abismo es demasiado fuerte».
«Tal vez», dijo Elara, mirándolo con compasión. «Pero tenemos el amor. Y eso es más fuerte que cualquier poder».
Mientras tanto, la batalla en la escuela había terminado. Los guerreros y los hechiceros habían logrado matar a todas las criaturas del Abismo, aunque con pérdidas. Torvin se acercó a Elara y Kael, su rostro serio.
«He visto lo que pueden hacer», dijo. «La llave no es un peligro. Ustedes no son un peligro. Pero el Abismo es real, y va a abrirse en pocos días».
«Entonces tenemos que prepararnos», dijo Kael. «Juntos. Los Sombres Vigilantes y los hechiceros de los Cielos. Y nosotros».
Torvin asintió. «Juntos», dijo. «Porque la ciudad necesita todos sus defensores».
Elara miró hacia el cielo, que ahora estaba oscuro y lleno de estrellas. Los hilos del destino que veían a su alrededor se habían entrelazado entre los guerreros y los hechiceros, formando un nudo de unidad. La guerra había empezado, sí, pero también había empezado la alianza que podría detenerla.
Mientras tanto, en las profundidades del Abismo, el Señor del Abismo rugió de ira. Su espía había fallado, y los guardianes se habían aliado con los Sombres Vigilantes. Pero no importaba —el portal se abriría en tres días, y nada podría detenerlo. El equilibrio del mundo se rompería, y él sería el rey de todo lo que existe.
Elara cogió la mano de Kael, y la llave en su mano brilló con una luz intensa. La elección era ahora —y juntos, estaban listos para tomarla.
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Editado: 14.12.2025