La Llave Del Alba Olvidada

EL FUTURO QUE SIEMBRAN

CAPÍTULO 27
Cinco meses habían pasado desde que se cerrara el portal del Abismo, y Aethermoor había renacido como nunca. Los edificios de cristal que habían sufrido daños durante el ataque estaban completamente reconstruidos, y algunos incluso se alzaban más alto, sus techos reflejando el sol con un brillo aún más intenso. Los ríos de energía mágica fluían con claridad y fuerza, y la ciudad estaba llena de vida —mercados bulliciosos, escuelas con más estudiantes que nunca, y plazas donde la gente se reunía para cantar y bailar.
Elara caminaba por el pasillo principal del Museo de Memorias Olvidadas, ahora convertido en el centro de la Orden de la Alba Recuerda. Las estanterías que antes estaban llenas de objetos olvidados ahora albergaban libros de historia, varitas de hechiceros y espadas de guerreros —todos regalos para la nueva orden. La llave de bronce reposaba en su pedestal en la sala central, iluminada por una luz natural que entraba por el techo de cristal.
«Elara», llamó una voz detrás de ella.
Era una joven hechicera llamada Zara, una de las nuevas incorporadas a la orden. Llevaba un mapa en la mano, su rostro lleno de entusiasmo.
«He encontrado algo en los archivos antiguos», dijo, acercándose. «Un relato sobre un lugar en las montañas al este —un santuario donde los antiguos guardianes solían reunirse para entrenar. Tal vez podamos usarlo para enseñar a los nuevos miembros».
Elara miró el mapa, sonriendo. «Es perfecto», dijo. «Mañana mismo enviamos un grupo para explorarlo. Quiero que tú vayas con ellos —tienes un ojo para encontrar cosas que los demás se pierden».
Zara sonrió y se fue. Elara se quedó mirando el mapa, pensando en todo lo que habían logrado en cinco meses. La Orden de la Alba Recuerda contaba ya con cien miembros —mitad guerreros, mitad hechiceros— y todos trabajaban juntos con una armonía que nunca se había visto en Aethermoor.
Mientras caminaba hacia la terraza del museo, encontró a Kael entrenando con un grupo de jóvenes guerreros. El sol brillaba sobre su espada, y sus movimientos eran precisos y elegantes —como siempre. Los jóvenes le seguían con atención, aprendiendo los golpes antiguos que Torvin le había enseñado, pero con un nuevo sentido: no para destruir, sino para proteger.
«¡Más rápido!», gritaba Kael a los jóvenes. «La velocidad es tan importante como la fuerza. Pero nunca olviden —la espada es una herramienta, no un fin en sí mismo».
Cuando terminó el entrenamiento, los jóvenes se retiraron, y Kael se acercó a Elara. Su rostro estaba sudado, pero llevaba una sonrisa.
«¿Cómo va todo?», preguntó.
«Muy bien», dijo Elara. «Zara encontró un santuario en las montañas. Podemos usarlo para entrenar».
«Perfecto», dijo Kael, envolviéndola con su brazo. «Los jóvenes necesitan un lugar tranquilo para aprender. Fuera de la ciudad».
Mientras hablaban, Torvin se acercó. Había cambiado mucho en cinco meses —su pelo había empezado a ponerse gris, pero su mirada estaba más clara que nunca. Había dejado de ser el líder estricto de los Sombres Vigilantes para convertirse en el consejero de la nueva orden, compartiendo su sabiduría con los jóvenes.
«Tenemos una visita», dijo Torvin. «Es el alto sacerdote de la Iglesia de los Cielos. Quiere hablar con vosotros dos».
Elara y Kael se miraron. La Iglesia de los Cielos había sido escéptica de la nueva orden al principio, pero con el tiempo había empezado a colaborar. Ahora, el alto sacerdote venía a hablar con ellos —eso debía ser importante.
Se dirigieron a la sala de reuniones del museo, donde encontraron al alto sacerdote: un hombre mayor con barba blanca y ojos azules. Llevaba una túnica blanca con un símbolo de sol en el pecho.
«Elara, Kael», dijo, saludándolos con respeto. «He venido con una solicitud. La iglesia quiere organizar una celebración en dos semanas —una celebración de la alba recobrada. Queremos honrar a los guardianes que salvaron a la ciudad y a la nueva orden que protege nuestro futuro».
Elara sonrió. «Nos encantaría», dijo. «La ciudad necesita celebrar, ahora más que nunca».
«Hay algo más», dijo el alto sacerdote. «Queremos que durante la celebración, vosotros dos hagáis el juramento de guardianes oficiales. Un juramento que se ha hecho desde los tiempos de Lyra y Orion, pero que se había olvidado».
Kael miró a Elara. El juramento de guardianes —era un ritual antiguo que simbolizaba el compromiso de proteger a Aethermoor por siempre. Nunca habían imaginado que se les ofrecería.
«Sí», dijo Kael. «Aceptamos».
Después de que el alto sacerdote se fuera, Elara y Kael se dirigieron al muelle del río, donde Luna esperaba con un bote. Habían quedado en ir a nadar al lago que estaba a las afueras de la ciudad —un lugar tranquilo donde podían escapar de la agitación de la orden.
El lago estaba limpio y claro, y sus aguas reflejaban los árboles que lo rodeaban. Luna ya estaba en el agua, nadando con alegría. Cuando vio a Elara y Kael, gritó: «¡Venid! El agua está perfecta».
Elara y Kael se desvistieron y se metieron en el agua. El frío les hizo estremecer, pero luego se volvieron a sentir bien. Nadaron hasta Luna, y juntos se quedaron flotando, mirando al cielo.
«¿Te acuerdas de cuando fuimos al templo bajo el agua?», preguntó Luna. «Teníamos miedo de morir, de que todo acabara».
«Sí», dijo Elara. «Pero nunca imaginé que llegáramos hasta aquí. Que la ciudad estuviera tan llena de vida, que tuviéramos una orden que une a todos».
«Todo gracias a vosotros dos», dijo Luna. «Vuestro amor cambió todo».
Mientras flotaban, Elara vio los hilos del destino que se extendían desde el lago hasta la ciudad, hasta las montañas, hasta todos los lugares que habían visitado. Ahora, los hilos no solo conectaban a las personas —también conectaban a los lugares, a las cosas, a la propia tierra de Aethermoor. Era como si todo el mundo fuera un solo ser, un solo corazón que latía con fuerza.
Cuando volvieron a la ciudad, la noche había caído. Elara y Kael se dirigieron a la casa de Elara —una casa pequeña pero acogedora en el centro de la ciudad, con una terraza donde podían mirar al cielo. Kael se sentó en una silla, y Elara se sentó en su regazo, envolviéndose con su abrigo.
«¿Estás listo para el juramento?», preguntó Elara.
«Sí», dijo Kael. «Pero lo que realmente quiero es... quiero casarme contigo. No en un ritual grande, sino en un lugar tranquilo, con Luna y Torvin. Quiero que nuestro amor sea oficial, no solo para la orden, sino para nosotros».
Elara se quedó muda por un instante, luego sonrió con lágrimas en los ojos. «Sí», dijo, besándolo. «Quiero casarme contigo. Más que nada en el mundo».
Los dos semanas siguientes pasaron volando. La ciudad se preparaba para la celebración, y la orden trabajaba para organizar todo. Los jóvenes guerreros y hechiceros decoraban las plazas con flores y luces mágicas, y los cocineros preparaban comidas para toda la gente.
El día de la celebración, el sol brillaba con más fuerza que nunca. La plaza principal estaba llena de gente, y el alto sacerdote esperaba en un escenario decorado con flores blancas y doradas. Elara llevaba una túnica blanca con la llave de bronce colgada del cuello, y Kael llevaba su armadura de plata con el símbolo de la orden.
El alto sacerdote empezó el ritual. Habló de los antiguos guardianes, de Lyra y Orion, de la llave del alba que había salvado el mundo dos veces. Luego, miró a Elara y Kael.
«Elara Vela, Kael Thorn», dijo. «¿Juráis proteger a Aethermoor, a su gente y a su magia, con vuestra espada, vuestra magia y vuestro amor? ¿Juráis ser guardianes fieles, ahora y siempre?»
«Lo juramos», dijeron Elara y Kael a la vez.
El alto sacerdote les colocó una corona de flores en la cabeza a cada uno. «Entonces, por el sol, la luna y el agua, os declaro guardianes oficiales de Aethermoor. Que vuestro amor sea la luz que guíe a la ciudad por siempre».
La plaza se llenó de aplausos y gritos de alegría. Mientras tanto, Torvin se acercó al escenario y tomó el micrófono.
«Hay algo más», dijo. «Elara y Kael han decidido casarse hoy mismo. Para que su juramento de guardianes sea también su juramento de amor».
La multitud gritó con más fuerza. Luna salió al escenario con una flor de loto en la mano, que le dio a Elara.
«¿Elara Vela, quieres casarte conmigo y ser mi compañera de vida y de guardianía?», preguntó Kael.
«Sí», dijo Elara.
«¿Kael Thorn, quieres casarte conmigo y ser mi compañero de vida y de guardianía?», preguntó Elara.
«Sí», dijo Kael.
Se besaron, y la plaza se llenó de luces mágicas que los guerreros y hechiceros habían creado. Los ríos de la ciudad fluían con más fuerza, y los edificios de cristal brillaban con un resplandor dorado. La alba que se había olvidado había sido encontrada, y el futuro se sembraba con amor y esperanza.
Mientras celebraban, Elara miró a Kael y sintió la llave vibrar en su mano. Los hilos del destino se entrelazaban en un nudo perfecto —un nudo que nunca se rompería, un nudo de amor que protegía a Aethermoor por siempre.
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