CAPITULO 28
El sol se alzaba sobre Aethermoor solo un día después de la celebración y el matrimonio. Elara se despertó en la cama de su casa, acurrucada entre los brazos de Kael. Su anillo de matrimonio —un círculo de plata con una pequeña pieza de cristal que reflejaba la luz— brillaba en su dedo. Habían dormido poco, emocionados por el día que venía: el viaje al santuario que Zara había encontrado en las montañas al este.
«Buenos días, mi esposa», dijo Kael, acariciando su cabello.
Elara sonrió, levantándose un poco para besarlo. «Buenos días, mi esposo. ¿Estás listo para el viaje?»
«Siempre que esté contigo», dijo Kael.
Mientras se preparaban, Luna llegó con el desayuno —pan fresco, queso y frutas de la huerta de la escuela. Estaba radiante, aún emocionada por el matrimonio de la víspera.
«¡Aquí están los novios!», dijo, dejando la cesta en la mesa. «Espero que hayáis dormido bien. El viaje será largo —las montañas están a varias horas de camino».
«Gracias por el desayuno», dijo Elara, cogiendo un trozo de pan. «¿Y los jóvenes? ¿Están listos?»
«Sí», dijo Luna. «Zara ya está con ellos en el muelle. Todos están emocionados de ver el santuario».
Cuatro jóvenes formaban parte del grupo: Zara la hechicera, dos guerreros llamados Rian y Tao, y una hechicera menor llamada Lila, que tenía solo catorce años pero tenía un talento natural para la magia de la tierra. Se reunieron en el muelle, donde un carruaje tirado por cuatro caballos esperaba para llevarlos hasta las montañas.
El camino hacia el este era hermoso. Pasaron por campos de flores de colores, por bosques de árboles que tenían hojas de plata, y por ríos pequeños que fluían hacia los grandes ríos de la ciudad. Los jóvenes hablaban y reían, compartiendo historias de la celebración de la víspera.
«¿Crees que el santuario tiene magia?», preguntó Lila a Zara.
«Seguro que sí», dijo Zara, mirando hacia las montañas que se veían a lo lejos. «Los antiguos guardianes lo usaban para entrenar —tiene que tener energía especial».
Cuando llegaron a las montañas, el camino se volvió más difícil. El carruaje no podía avanzar más allá de un cierto punto, así que todos se bajaron y empezaron a caminar por un sendero de piedra que subía hacia la cima. El aire se volvió más frío, y la vista se hacía más hermosa a medida que ascendían —podían ver toda Aethermoor al pie de las montañas, como un diamante brillante en el suelo.
Después de dos horas de caminar, Zara señaló hacia arriba. «Allí», dijo. «Miro el símbolo».
Alto en la montaña, entre dos picos de roca negra, había un arco de piedra blanca con el símbolo de luna y espada entrelazados —el mismo símbolo del templo bajo el agua y del fresco del museo. Detrás del arco, se veía la entrada de un santuario que estaba oculto entre los árboles.
«Vamos», dijo Kael, liderando el grupo hacia el arco.
Cuando entraron en el santuario, todos se quedaron boquiabiertos. Era un lugar enorme, con paredes de piedra blanca y un techo de cristal que permitía que la luz del sol entrara. En el centro, había una plaza con una fuente de agua clara que fluía desde la roca. Alrededor de la plaza, había salas de entrenamiento, bibliotecas y dormitorios —todos intactos a pesar del paso del tiempo.
«Es perfecto», murmuró Elara, caminando hacia la fuente. La llave en su mano vibró con una luz suave, y la agua de la fuente empezó a brillar con un color dorado.
«La magia aquí es fuerte», dijo Luna, extendiendo sus manos hacia el aire. «Más fuerte que en la escuela».
Los jóvenes se dispersaron por el santuario, explorando sus salas. Rian y Tao se dirigieron a la sala de entrenamiento, donde habían visto espadas y escudos antiguos. Zara y Lila se fueron a la biblioteca, donde había libros de cuero negro que parecían no haber sido abiertos en siglos.
Elara y Kael se quedaron en la plaza, sentados junto a la fuente. Miraron hacia la entrada del santuario, donde el sol brillaba sobre el arco de piedra.
«Lyra y Orion deben haber estado aquí», dijo Kael. «Deben haber entrenado aquí, haber soñado aquí».
«Sí», dijo Elara. «Y ahora nosotros lo hacemos. Y los jóvenes después de nosotros. Y así sucesivamente».
Mientras hablaban, Zara salió de la biblioteca con un libro en la mano. Su rostro estaba lleno de emoción.
«Elara, Kael —gritó—. Tenéis que ver esto».
Ellos se acercaron, y Zara abrió el libro. Era un diario, escrito por Lyra misma, hace mil años. Las páginas estaban en perfecto estado, y las palabras se leían sin esfuerzo.
«Hoy hemos llegado al santuario de los primeros guardianes», leía el texto. «Orion y yo hemos venido para entrenar, para prepararnos para lo que viene. Sabemos que el Abismo va a despertar, que tendremos que sacrificarnos para cerrarlo. Pero no nos arrepentimos. Porque nuestro amor es más fuerte que la muerte. Y aunque se olvide, algún día volverá a encontrarse. Algún día, la alba volverá a brillar».
Elara sintió lágrimas en los ojos. Lyra había sabido —había sabido que ellos volverían, que su amor sería la clave para salvar el mundo sin sacrificarse.
«Ella lo sabía», dijo Kael, cogiendo su mano. «Sabía que nosotros encontraríamos el camino».
Mientras tanto, Rian y Tao habían encontrado una placa de piedra en la sala de entrenamiento. Llevaba el mismo símbolo de luna y espada, y unas palabras escritas en lengua antigua.
«¿Qué dice?», preguntó Lila.
Zara se acercó y lo leyó: «Este santuario es el hogar de los guardianes. Aquí se entrena el cuerpo, la mente y el corazón. Aquí se sembró el amor que salvaría el mundo. Y aquí se seguirá sembrando, mientras la alba siga brillando».
El sol empezó a ponerse, pintando el techo de cristal del santuario de rojo y naranja. El grupo se reunió en la plaza, y Elara levantó la llave en la mano.
«Este santuario será el nuevo hogar de la Orden de la Alba Recuerda», dijo, su voz resonando por todo el lugar. «Aquí entrenaremos a los jóvenes, aquí guardaremos la historia, aquí sembramos el futuro. Por Lyra y Orion, por nosotros, por todos los que vendrán después».
Los jóvenes gritaron de aprobación, y las espadas y varitas se alzaron al aire. La agua de la fuente brilló con más fuerza, y la llave vibró con una luz intensa. Los hilos del destino que veían Elara se entrelazaban en el santuario, conectando a todos los presentes con los antiguos guardianes, con Aethermoor y con el futuro que estaban a punto de construir.
Cuando emprendieron el viaje de regreso a la ciudad, la noche había caído. Los jóvenes dormían en el carruaje, cansados pero emocionados. Elara se acurrucó entre los brazos de Kael, mirando las estrellas que brillaban en el cielo.
«¿Estás feliz?», preguntó Kael.
«Más que nunca», dijo Elara. «Tenemos un hogar, una orden, un futuro. Y te tengo a ti».
Kael la besó, y en ese instante, todos los hilos del destino se hicieron uno —un solo hilo de amor y esperanza que se extendía por todo el mundo, un hilo que nunca se rompería, un hilo que guardaba la memoria de la alba y la promesa del mañana.
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Editado: 14.12.2025