CAPÍTULO 29
Un mes después de encontrar el santuario, la Orden de la Alba Recuerda ya tenía su base allí. Los jóvenes guardianes entrenaban todos los días —guerreros y hechiceros trabajando juntos, aprendiendo a combinar espada y magia en formas que ningún otro grupo había probado antes. Elara y Kael dirigían los entrenamientos, con la ayuda de Torvin y Luna, y el santuario se llenaba de vida y energía.
Ese día, Elara estaba enseñando a un grupo de hechiceras cómo usar la magia de la luz para fortalecer los escudos de los guerreros. Zara y Lila estaban entre ellas, y sus conjuros eran tan fuertes que los escudos brillaban con un resplandor dorado.
«Muy bien», dijo Elara, sonriendo. «Ahora, intenten hacerlo mientras se mueven. En la batalla, no hay tiempo para quedarse quietos».
Mientras los entrenamientos continuaban, Kael estaba en la biblioteca con Torvin, revisando los diarios antiguos que habían encontrado. Habían descubierto muchos secretos sobre los primeros guardianes —sus técnicas de lucha, sus hechizos, su forma de vivir en armonía con la magia.
«Mira esto», dijo Torvin, señalando una página de un diario. «Hablan de las "sombras olvidadas" —criaturas que se forman cuando la memoria de un sacrificio se pierde. Dicen que viven en las profundidades de las montañas, y que algunas veces salen para sembrar el caos».
Kael frunció el ceño. «Nunca he oído hablar de ellas».
«Ni yo», dijo Torvin. «Pero los diarios lo describen con detalle. Dicen que son invisibles a los ojos normales, y que solo pueden ser vistos con la magia de la memoria».
En ese instante, se escuchó un grito de miedo desde la plaza del santuario. Kael y Torvin salieron corriendo y encontraron a los jóvenes guardianes acurrucados en un rincón, mirando hacia el aire con ojos llenos de terror.
«¿Qué pasa?», preguntó Kael.
«Hay algo ahí», dijo Rian, señalando hacia el centro de la plaza. «No lo puedo ver, pero lo siento. Es frío. Muy frío».
Elara se acercó, y la llave en su mano empezó a vibrar con una luz roja —un color que nunca había visto antes. Cerró los ojos y concentró su energía en la magia de la memoria, y entonces los vio: sombras negras y transparentes que se movían por la plaza, con ojos de fuego rojo que miraban a los jóvenes.
«Las sombras olvidadas», murmuró ella.
Las sombras se acercaron a los jóvenes, y un frío insoportable se extendió por la plaza. Los hechiceras intentaron lanzar conjuros de luz, pero no funcionaron —las sombras eran invisibles a su magia. Los guerreros sacaron sus espadas, pero no podían golpear lo que no veían.
«Solo la magia de la memoria puede verlas», dijo Elara, girándose hacia los hechiceras. «Voy a enseñaros. Concentraos en un recuerdo de amor o de sacrificio —algo que nunca queráis olvidar».
Los hechiceras asintieron y cerraron los ojos. Elara concentró su energía en la llave, y una luz dorada salió de ella, envolviendo a los hechiceras. Cuando abrieron los ojos, pudieron ver las sombras —negras, transparentes, con ojos de fuego.
«Ahora», dijo Elara. «Lanzad conjuros de luz, pero alimentadlos con vuestros recuerdos».
Los hechiceras lanzaron conjuros de luz celeste y dorada, y esta vez los rayos golpearon a las sombras. Las sombras soltaron un grito de agonía y empezaron a desvanecerse, pero más seguían llegando desde la entrada del santuario.
«Ellos vienen de las profundidades de las montañas», dijo Torvin. «Deben haber sentido la energía del santuario y han venido para destruirla».
Kael se colocó al frente de los guerreros. «Guerreros», gritó. «Los hechiceras os mostrarán dónde están. Ataquéis donde veáis la luz golpear».
La batalla empezó. Los hechiceras lanzaban conjuros de luz, marcando a las sombras, y los guerreros golpeaban con sus espadas. Elara y Kael luchaban juntos —ella con la llave, él con su espada— destruyendo las sombras una por una. Luna se encontraba en el centro del grupo, dirigiendo los conjuros y creando barreras de luz para proteger a los jóvenes.
Mientras luchaban, Lila —la hechicera menor— se acercó a Elara. Su rostro estaba tenso, pero su mirada era firme.
«Elara», dijo. «He sentido algo. Hay una sombra más grande. En la parte trasera del santuario».
Elara miró hacia la parte trasera del santuario y, con la magia de la memoria, vio lo que Lila veía: una sombra gigantesca, tan grande como el templo bajo el agua, con ojos de fuego rojo que brillaban con odio.
«Es el líder de las sombras», murmuró ella. «Tenemos que detenerlo».
Ella y Kael se dirigieron hacia la parte trasera del santuario, donde la sombra gigantesca esperaba. El frío era tan intenso que la piedra empezaba a helarse. La sombra lanzó un rayo de oscuridad hacia ellos, pero Elara usó la llave para crear una barrera de luz que lo detuvo.
«Alimenta la luz con nuestro recuerdo», dijo Kael, cogiendo su mano.
Elara cerró los ojos y concentró su energía en el recuerdo de su matrimonio —del beso que habían compartido en la plaza, de la luz mágica que había llenado el aire. Kael lo hizo lo mismo, y la luz de la llave se volvió tan intensa que iluminó todo el santuario.
«¡Ahora!», gritaron juntos.
Un rayo de luz gigante se lanzó desde la llave hacia la sombra gigantesca. La sombra soltó un grito de agonía que se escuchó en toda la montaña, y empezó a desvanecerse. Cuando desapareció completamente, todas las demás sombras también se desvanecieron, y el frío se fue.
La batalla terminó. Los jóvenes guardianes se levantaron, cansados pero orgullosos. Habían enfrentado un reto que ni siquiera los antiguos guardianes hablaban con frecuencia, y lo habían ganado —juntos.
Elara y Kael se abrazaron, agotados. La llave en su mano volvió a brillar con una luz suave, dorada.
«Gracias a ti, Lila», dijo Elara, mirando a la hechicera menor. «Sin tu sentido de la magia, no hubiéramos visto la sombra grande».
Lila sonrió, orgullosa. «Gracias a vosotros por enseñarnos».
Torvin se acercó a ellos, su rostro lleno de admiración. «Los jóvenes están listos», dijo. «Han pasado su primera prueba. Y han demostrado que la orden es fuerte».
Mientras se preparaban para volver a la plaza, Elara miró hacia las profundidades de las montañas. Los hilos del destino que veía se habían tensado durante la batalla, pero ahora se movían con una luz suave —como si las sombras olvidadas hubieran sido un recordatorio: que el pasado nunca debe olvidarse, y que el amor y la unidad son la única forma de enfrentar cualquier reto.
El sol empezó a ponerse, pintando el techo de cristal del santuario de rojo y dorado. Los jóvenes guardianes se reunieron en la plaza, y Elara levantó la llave en la mano.
«Hoy habéis demostrado lo que valéis», dijo. «Habéis enfrentado las sombras olvidadas y las habéis vencido. Esto es lo que es ser guardianes: proteger el presente, recordar el pasado y sembrar el futuro. Juntos, somos invencibles».
Los jóvenes gritaron de aprobación, y las espadas y varitas se alzaron al aire. La agua de la fuente brilló con más fuerza, y la llave vibró con una luz que reflejaba el amor y la valentía de todos los guardianes —pasados, presentes y futuros.
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Editado: 14.12.2025