La Llave Del Alba Olvidada

El lugar donde la luz y la sombra se encuentran

CAPÍTULO 30
La luna brillaba sobre el santuario de los primeros guardianes, y el silencio se extendía por todas sus salas. Los jóvenes guardianes habían dormido temprano, agotados por la batalla de las sombras olvidadas. Elara y Kael se encontraban en la terraza del santuario —un lugar que habían descubierto solo el día anterior, desde donde se veía todo el valle al pie de las montañas.
Elara se apoyaba en el borde de la terraza, mirando las estrellas que brillaban en el cielo. La llave de bronce colgaba del cuello, junto a su anillo de matrimonio, y ambas brillaban con una luz suave que se reflejaba en sus ojos.
«¿Qué estás pensando?», preguntó Kael, acercándose a ella y envolviéndola con su abrigo.
«En todo», dijo Elara. «En las sombras, en los jóvenes, en Lyra y Orion... En cómo el pasado y el presente se entrelazan todo el tiempo».
Kael asintió, mirando hacia el valle. «Las sombras olvidadas... eran un recordatorio. Que no podemos olvidar los sacrificios que se han hecho para protegernos. Pero tampoco podemos dejar que el pasado nos paralice».
«Sí», dijo Elara. «Lyra y Orion se sacrificaron porque no tuvieron otra opción. Pero nosotros... nosotros tuvimos la opción de amar y proteger al mismo tiempo. Eso es lo que tienen que aprender los jóvenes».
Mientras hablaban, vieron una luz pequeña en el valle —una luz que se movía hacia las montañas. Era un farol, llevado por alguien que caminaba solo.
«¿Quién puede ser a estas horas?», preguntó Kael.
Elara cerró los ojos y usó la magia de la memoria para verlo. Era un hombre mayor, con barba blanca y ropa de viajero. Llevaba un saco en la espalda, y su paso era cansado pero firme.
«No lo conozco», dijo Elara. «Pero no siento maldad en él. Solo tristeza».
Ellos bajaron de la terraza y se dirigieron a la entrada del santuario, donde el hombre llegaba justo entonces. Cuando lo vieron, se detuvo, y su rostro se llenó de admiración.
«Los guardianes», dijo, su voz débil. «He venido a buscar ayuda».
«Entra», dijo Elara, invitándolo a pasar. «Te damos refugio».
Lo llevaron a la sala de reuniones, donde Luna —que también estaba despierta, revisando hechizos— le preparó un vaso de té caliente. El hombre se sentó, y su mirada se posó en la llave de Elara.
«Esa llave», dijo. «La he visto en mis sueños. Mi abuelo me hablaba de ella —de los guardianes que salvarían el mundo».
«¿Cuál es tu nombre?», preguntó Kael.
«Mi nombre es Finn», dijo el hombre. «Vengo de un pueblo en las montañas del norte. Hace unos días, las sombras olvidadas llegaron a nuestro pueblo. No mataron a nadie, pero se llevaron a los niños —a mis nietos».
Elara y Kael se miraron. Las sombras olvidadas no habían matado a nadie durante la batalla en el santuario —solo habían sembrado miedo. Pero llevarse a los niños... eso era diferente.
«¿Por qué?», preguntó Luna.
«Creo que lo saben», dijo Finn, mirando a Elara. «Las sombras se alimentan de la memoria. Los niños tienen memorias nuevas, puras... tal vez las necesitan para crecer más fuertes».
Elara cerró los ojos y concentró su energía en la llave. Los hilos del destino se extendían desde el santuario hasta el pueblo del norte, y en el centro de esos hilos, veía a los niños —acurrucados en una cueva oscura, con sombras a su alrededor.
«Los encontré», dijo ella. «Están en una cueva en las montañas del norte. A unas horas de aquí».
«Tenemos que ir a buscarlos», dijo Kael.
«Yo voy con vosotros», dijo Finn. «Conozco el camino».
Mientras preparaban el viaje, los jóvenes guardianes se despertaron y se unieron a ellos. Rian, Tao, Zara y Lila querían ayudar —habían enfrentado las sombras antes, y no querían dejar que se llevaran a los niños.
«Estamos listos», dijo Zara, con su varita en la mano.
El camino al pueblo del norte fue largo y difícil. Caminaron toda la noche, guiados por Finn y por la magia de la llave. Cuando llegaron al pueblo, lo encontraron vacío —los adultos estaban acurrucados en sus casas, llenos de miedo y tristeza.
«Ellos están por allá», dijo Finn, señalando hacia una montaña negra en el horizonte. «En la Cueva de los Susurros».
Se dirigieron a la cueva, y cuando llegaron a la entrada, sintieron el mismo frío que habían sentido en el santuario. Elara usó la magia de la memoria, y vio a los niños en el fondo de la cueva, acurrucados juntos, con una sombra grande —mayor que la del santuario— a su alrededor.
«Esa es la sombra maestra», murmuró ella. «La que controla a las demás».
Los jóvenes se formaron en línea: hechiceras al frente, guerreros detrás. Elara y Kael se colocaron al centro, con Finn a su lado.
«Los hechiceras mostrarán el camino», dijo Kael. «Guerreros, protegedlas. Y nosotros nos encargamos de la sombra maestra».
Entraron en la cueva, y las sombras olvidadas aparecieron de inmediato. Los hechiceras lanzaron conjuros de luz, alimentados con los recuerdos de sus familias y amigos, y los guerreros golpearon con sus espadas. La batalla se extendió por toda la cueva, pero los guardianes estaban más fuertes que antes —habían aprendido a trabajar juntos, a confiar el uno en el otro.
Mientras luchaban, Elara y Kael se acercaron al fondo de la cueva, donde la sombra maestra esperaba con los niños. La sombra era tan grande que llenaba todo el espacio, y sus ojos de fuego rojo miraban a los niños con hambre.
«Deja a los niños», dijo Elara, levantando la llave.
La sombra maestra lanzó un rayo de oscuridad hacia ellos, pero Elara y Kael se agarraron de la mano, y la luz de la llave se mezcló con la luz de su amor. Un rayo de luz gigante se lanzó hacia la sombra, y esta empezó a desvanecerse.
«Las sombras no son solo olvido», dijo la sombra maestra, su voz como un susurro. «También son tristeza. El dolor de los que se han sacrificado y han sido olvidados».
Elara sintió compasión por la sombra. Era verdad —las sombras olvidadas no eran maléficas por naturaleza, sino que eran el resultado del dolor y el olvido.
«No te olvidaremos», dijo ella. «Recuerdosremos tu dolor, y lo transformaremos en amor».
La luz de la llave se volvió más suave, y la sombra maestra empezó a desvanecerse en luz dorada. Cuando desapareció completamente, todas las demás sombras también se desvanecieron, y los niños despertaron, sin saber lo que había pasado.
«Abuelo», gritó uno de los niños, corriendo hacia Finn.
Finn lo abrazó, llorando de alegría. Los demás niños corrieron hacia sus familias, que habían llegado a la cueva siguiéndolos.
La luna brillaba sobre la cueva cuando salieron. Los guardianes se reunieron en el exterior, y Elara levantó la llave en la mano.
«Hoy hemos aprendido algo nuevo», dijo. «Que la sombra y la luz no son opuestas —son dos partes del mismo todo. Que el olvido crea dolor, pero el recuerdo y el amor lo pueden transformar».
Los jóvenes guardianes asintieron, y sus rostros estaban llenos de comprensión. Habían pasado su segunda prueba, y habían aprendido que la verdadera fuerza no está en destruir la sombra, sino en transformarla con amor.
Mientras emprendían el viaje de regreso al santuario, Elara se acurrucó entre los brazos de Kael. La llave vibró con una luz suave, y los hilos del destino se entrelazaron en un nudo perfecto —un nudo donde la luz y la sombra se encontraban, donde el pasado y el presente se unían, donde el amor era la única llave que necesitaban.




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