CAPÍTULO 33
El sol se alzaba sobre el santuario con un brillo cálido que se filtraba por el techo de cristal, iluminando la plaza central donde la fuente de agua brillaba con colores de todos los pueblos de Aethermoor. Ese era un día normal —sin batallas, sin peligros, sin misterios— pero para la Orden de la Alba Recuerda, era un día tan importante como cualquier otro: un día de trabajo cotidiano, de aprendizaje y de convivencia.
Elara se despertó en el dormitorio que compartía con Kael, en la parte superior del santuario. El aroma de pan fresco llegaba desde la cocina, preparado por una grupo de vallecinos que dominaban el arte de hornear con magia de la tierra. Ella se vistió con su túnica de la orden —azul como el mar, con detalles grises de la roca y verdes de la flor— y cogió la llave que reposaba en la mesita de noche.
«Buenos días», dijo Kael, despertándose mientras ella se preparaba. «¿Qué hay en el programa hoy?»
«Pan fresco, entrenamiento matutino, y luego el proyecto del camino mágico», dijo Elara, sonriendo. «Los costeros han traído materiales del mar para fortalecer la magia».
Mientras bajaban a la cocina, encontraron a Luna hablando con un grupo de eruditos montañeses. Estaban revisando un mapa de las cumbres, buscando un camino seguro para que los miembros de la orden pudieran llegar a un santuario más antiguo que había sido descubierto recientemente.
«El camino es peligroso, pero con la magia del mar y de la tierra lo podemos hacer seguro», dijo Luna, mirando a Elara. «Los costeros ya están listos».
En la cocina, la plaza central estaba llena de gente. Montañeses compartían pan fresco con costeros, vallecinos enseñaban a ciudadanos cómo preparar hierbas mágicas, y jóvenes guardianes jugaban con niños que habían venido con sus familias. El aire estaba lleno de risa y conversación en diferentes acentos, todos unidos por el lenguaje común de la orden.
«¡Elara! ¡Kael!», gritó Rian, el guerrero vallecino, acercándose con dos trozos de pan. «Prueben esto —los vallecinos lo han hecho con magia de las flores. Tiene un sabor a sol y a tierra».
Elara cogió el pan y lo probó. Era delicioso, con un sabor dulce y natural que le recordaba a los campos de la región. «Estupendo», dijo. «Tenemos que enseñar a todos cómo hacerlo».
Después del desayuno, el entrenamiento matutino empezó en la plaza central. Kael dirigía a los guerreros —montañeses con escudos de roca, costeros con espadas de mar, vallecinos con dagas ágiles— mientras ellos practicaban la técnica coordinada que había creado. Elara y Luna dirigían a los hechiceros, que combinaban magia del mar, de la roca y de la tierra para crear escudos y conjuros de protección.
«Más fluidez», gritó Kael, mientras los guerreros se movían en formación. «Imagina que eres el río —fluyes alrededor de los obstáculos, no te enfrentas a ellos».
Los hechiceros seguían sus instrucciones, y un campo de energía mágica se formó en la plaza, envolviendo a todos los entrenados. La llave en la mano de Elara vibró con una luz suave, confirmando que la energía estaba equilibrada —ninguna fuente dominaba a la otra, todas se complementaban.
Cuando el entrenamiento terminó, todos se dirigieron al borde del santuario, donde el proyecto del camino mágico estaba en curso. Los costeros habían traído conchas y algas mágicas del mar, los montañeses habían traído rocas duras de las cumbres, y los vallecinos habían traído tierra y flores. Juntos, estaban construyendo un camino que conectaría el santuario con el pueblo de los montañeses, usando magia de todas las regiones para hacerlo seguro y rápido.
«Colocad las conchas aquí», dijo un hechicero costero, señalando un tramo del camino. «Su magia mantendrá el suelo seco incluso en invierno».
«Y las rocas aquí», dijo un guerrero montañés, colocando piedras grandes. «Protegerán el camino de los deslizamientos».
«Y las flores aquí», dijo una joven vallecina, sembrando semillas en los bordes. «Su magia atraerá a las aves y a los animales, haciendo que el camino sea un lugar hermoso».
Elara y Kael ayudaron a colocar las últimas piezas, y cuando terminaron, todos se reunieron alrededor del camino. Luna levantó su varita, y un rayo de luz celeste se lanzó hacia el camino, activando su magia. Las conchas brillaron con un color azul, las rocas con un color gris, y las flores empezaron a florecer en segundos, llenando el aire de aroma.
«¡Lo hicimos!», gritó todo el mundo a la vez.
Un joven montañés se atrevió a caminar por el camino, y desapareció en un destello de luz, reapareciendo a unos cientos de metros más allá. «Es rápido», dijo, sonriendo. «Más rápido que un caballo».
Mientras la gente celebraba, Elara y Kael se alejaron un poco, sentándose en un banco de piedra que miraba hacia el valle. La luna empezaba a salir, y el sol se ponía, pintando el cielo de colores que combinaban todos los tonos de la orden —azul, gris, verde y dorado.
«Este es el día que Lyra soñó», dijo Elara. «Un día en el que todo fluye, en el que todos trabajan juntos, en el que la magia se comparte».
«Sí», dijo Kael, abrazándola. «No hay batallas, no hay miedo. Solo convivencia y esperanza».
La llave en la mano de Elara vibró con una luz que se mezcló con la luz del atardecer. Los hilos del destino se movían con fluidez, como el río, conectando a todos los miembros de la orden, a todos los pueblos, a toda Aethermoor. Cada hilo fluyendo con los demás, formando una tela que era más fuerte que cualquiera de sus partes.
«¿Qué vendrá después?», preguntó Elara.
«Lo que queramos», dijo Kael, besándola. «Porque juntos, podemos hacer cualquier cosa».
Mientras se abrazaban, la gente continuaba celebrando en el camino mágico —cantando, bailando, compartiendo historias. El santuario estaba lleno de vida, de magia y de amor. Ese era un día normal, pero también era un día perfecto —un día en el que todo fluía, en el que la unidad era la norma y el futuro era brillante.
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Editado: 14.12.2025