La Llave Del Alba Olvidada

EL SANTUARIO DE LOS PRIMEROS ALBAS

CAPÍTULO 34
Unas semanas después del día en que se terminó el camino mágico, los eruditos montañeses habían localizado con precisión el santuario más antiguo que hablaban. Estaba en la cima de la Montaña del Silencio —una cumbra tan alta que estaba siempre cubierta de nieve, y que ningún ser humano había alcanzado en siglos. El grupo que se disponía a ir era mixto: Elara, Kael, Luna, Zara, Rian y tres eruditos montañeses que conocían los caminos más seguros.
«La Montaña del Silencio es peligrosa», dijo Borin, el líder de los eruditos, mientras preparaban las mochilas en el santuario principal. «El viento es tan fuerte que puede llevarse a cualquier persona, y la magia del lugar es... extraña. Nadie sabe qué encontrarás allá arriba».
«Eso es por lo que vamos juntos», dijo Kael, ajustando su espada. «Con la magia de todos, lo haremos».
El camino mágico los llevó hasta el pie de la montaña, y desde allí empezaron a caminar. El aire se volvió más frío a medida que ascendían, y el viento empezó a soplar con fuerza. Los montañeses usaron su magia de la roca para crear pasos seguros en la nieve, los costeros (representados por Zara, que había aprendido su magia) usaron la energía del viento para mantenerlos en pie, y los vallecinos (representados por Rian) usaron la magia de la tierra para calentar su ropa.
«Mira», dijo Luna, señalando hacia arriba. «La cima está cerca. Y veo una luz».
Alto en la cumbra, entre dos picos de roca negra, había una luz dorada tenue que se mantenía encendida a pesar del viento. Era el santuario.
Cuando llegaron a la entrada, encontraron un arco de piedra blanca más antiguo que el del santuario principal. Sin símbolos, sin inscripciones —solo piedra pulida por el tiempo. Elara tocó el arco con la llave, y este se abrió lentamente, revelando un pasaje oscuro que llevaba al interior.
«Entrad con cuidado», dijo Elara, encendiendo una luz con la llave.
El interior del santuario era diferente a cualquier otro que hubieran visto. No había salas de entrenamiento ni bibliotecas —solo una sola sala grande, con un techo de cristal que permitía ver las estrellas a pesar de que era de día. En el centro, había un pedestal de piedra con un objeto que brillaba con una luz dorada: una pequeña lámpara de bronce, con una llama que nunca se apagaba.
«Es la lámpara de los primeros albas», dijo Borin, sus ojos llenos de admiración. «Los antiguos cuentos dicen que fue encendida por los primeros guardianes, cuando Aethermoor fue creada. Que su luz es la fuente de toda la magia del mundo».
Elara se acercó al pedestal y tocó la lámpara con la llave. En ese instante, la lámpara se encendió con más fuerza, y un rayo de luz se lanzó hacia el techo de cristal, iluminando toda la sala. Los muros, que parecían vacíos, empezaron a mostrar imágenes: los primeros guardianes encendiendo la lámpara, la creación de Aethermoor, la llegada del primer Abismo, la primera alba que brindó esperanza.
«Estas son las historias que se habían perdido», dijo Luna, mirando las imágenes. «La verdadera origen de nuestro mundo».
Mientras miraban, el viento fuera se hizo más fuerte, y el santuario empezó a temblar. Borin miró por la entrada y palideció.
«El viento está creciendo», dijo. «Es una tormenta de nieve. No podremos bajar si no salimos ahora».
Pero en ese instante, la lámpara empezó a temblar, y la luz se volvió roja. Elara cerró los ojos y sintió la magia del lugar —la lámpara estaba en peligro. La tormenta no era natural —era causada por una fuerza oscura que quería apagar la luz de los primeros albas.
«Alguien está aquí», dijo Kael, sacando su espada.
De las sombras del santuario salieron figuras oscuras —no las sombras olvidadas, sino seres de piedra y hielo que hablaban con una voz como el crujido de la nieve.
«La luz no debe brillar», dijeron en coro. «El mundo debe volver a la oscuridad».
La batalla empezó. Los seres de piedra y hielo eran fuertes, y su magia del frío era poderosa. Pero el grupo estaba preparado —juntos, combinaban sus magias y sus fuerzas. Rian y Kael luchaban con sus espadas, rompiendo la piedra de los seres. Luna y Zara lanzaban conjuros de luz y calor, derritiendo el hielo. Los eruditos montañeses usaban su magia de la roca para crear barreras de protección.
Elara se quedó en el pedestal, protegiendo la lámpara. La llave en su mano vibró con una luz dorada que se mezcló con la luz de la lámpara, y un campo de energía se formó en la sala, fortaleciendo a todos los miembros del grupo.
«Apagad la luz», gritó el líder de los seres de piedra.
«No», dijo Elara, su voz clara y firme. «La luz es la fuente de toda la vida. No la apagaréis».
Ella levantó la llave y la lámpara al mismo tiempo, y un rayo de luz gigante se lanzó hacia los seres de piedra y hielo. Estos empezaron a desvanecerse en humo blanco, y la tormenta fuera se calmó.
Cuando los últimos seres desaparecieron, la lámpara volvió a brillar con su luz dorada suave, y el santuario se quedó en silencio. El viento fuera había cesado, y el sol brillaba sobre la cumbra.
«La lámpara está a salvo», dijo Borin, suspirando de alivio.
Elara miró la lámpara y sintió su energía fluir hacia la llave, y desde allí hacia todo Aethermoor. Los hilos del destino se extendían desde la Montaña del Silencio hasta todos los pueblos, alimentados por la luz de los primeros albas. Era la fuente de toda la magia que habían usado, de todo el amor que habían compartido, de toda la unidad que habían creado.
«No nos podemos llevarla», dijo Elara. «Debe quedarse aquí, en su lugar. Pero podemos conectarla con nuestros santuarios, para que su luz alimente a toda la orden».
Luna asintió y empezó a preparar un conjuro. Juntos, el grupo creó un hilo de magia que conectaba la lámpara con el santuario principal y el museo de Aethermoor. Cuando terminaron, la luz de la lámpara se extendió por ese hilo, y todos los lugares conectados empezaron a brillar con más fuerza.
El camino de regreso fue tranquilo. El sol brillaba sobre la nieve, y el aire estaba limpio y fresco. Los miembros del grupo hablaban de lo que habían visto, de la verdadera origen de Aethermoor, de la importancia de la luz.
Cuando llegaron al santuario principal, encontraron a todos los miembros de la orden esperándolos. Habían sentido la energía de la lámpara, y sabían que habían logrado algo importante.
Elara se colocó en el centro de la plaza y levantó la llave. «Hemos encontrado la lámpara de los primeros albas», dijo. «La fuente de toda la magia de nuestro mundo. Y la hemos conectado con nuestro santuario, para que su luz alimente a todos nosotros».
La plaza se llenó de aplausos y luces mágicas. Los miembros de la orden levantaron sus armas y varitas al aire, y la luz de la lámpara se extendió por todo el lugar, llenando a todos de esperanza y fuerza.
Más tarde, Elara y Kael se dirigieron a la terraza, mirando hacia la Montaña del Silencio. La lámpara seguía brillando en la cumbra, un punto de luz en el cielo.
«Ahora sabemos la verdad», dijo Kael. «La magia no es un don —es un regalo que los primeros guardianes nos dejaron. Y es nuestra responsabilidad cuidarlo».
«Sí», dijo Elara, abrazándolo. «Juntos, lo cuidaremos para siempre».
La llave en su mano vibró con la luz de los primeros albas, y los hilos del destino se tejieron en una tela más fuerte que nunca —una tela alimentada por la luz del principio, por el amor del presente, por el futuro que todos iban a construir juntos.




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