CAPÍTULO 36
El sol brillaba con una intensidad que nunca antes se había visto en Aethermoor. La luz primeria de la lámpara de los primeros albas se extendía por todo el reino, llenando cada rincón de energía, vida y esperanza. Los pueblos de las montañas, del valle y de la costa se habían reunido en la plaza principal de la ciudad, listos para celebrar la victoria sobre el gigante de hielo y la protección de la luz.
Elara y Kael caminaban por la plaza, acompañados de Luna, Torvin, Zara, Rian y todos los miembros de la orden que habían luchado en la Montaña del Silencio. La gente les saludaba con flores, canciones y gritos de alegría. Los niños corrían al lado de ellos, llevando banderas con el símbolo de la orden —luna y espada entrelazadas, rodeadas de luz dorada.
El alto sacerdote esperaba en el escenario, junto a los líderes de todos los pueblos. Cuando Elara y Kael llegaron, le entregó una corona de flores de todos los regiones —azules del mar, grises de la roca, verdes de la tierra, doradas de la alba.
«Gente de Aethermoor», dijo el alto sacerdote, silenciando a la multitud. «Hoy celebramos más que una victoria. Celebramos el día en que todos nos volvimos guardianes de la luz. El día en que la unidad se volvió nuestra fuerza más grande».
Él invitó a Elara a hablar. Ella se colocó en el centro del escenario, la llave en la mano y la corona en la cabeza. La luz primeria brillaba a su alrededor, haciendo que pareciera una estrella descendida a la tierra.
«Hace poco tiempo», dijo, su voz clara y fuerte. «Yo era una chica que encontró una llave en un museo olvidado. Kael era un guerrero que venía a destruirla. Nosotros éramos enemigos, pero el destino nos unió».
Ella habló de su viaje —del templo bajo el agua, de la batalla contra el Abismo, de las sombras olvidadas, de la lámpara de los primeros albas. Habló de los amigos que habían encontrado, de la orden que habían creado, de la unidad que habían logrado.
«La llave no era solo un objeto mágico», dijo. «Era un símbolo de lo que podemos hacer cuando nos unimos. La luz primeria no es solo una fuente de magia —es la esperanza que llevamos en nuestro corazón. Y la orden no es solo de nosotros —es de todos los que quieran proteger el amor y la paz».
Cuando terminó de hablar, Kael se acercó a ella y tomó su mano. «Hoy, queremos hacer una promesa a todos ustedes», dijo. «Una promesa de que nunca abandonaremos la luz, nunca olvidaremos la unidad, nunca dejararemos que la oscuridad vuelva a dominar».
Juntos, levantaron la llave al cielo. La luz primeria se encendió con más fuerza, y un rayo de luz se lanzó hacia el cielo, creando un arcoíris que cubría toda la ciudad. Los ríos de energía mágica fluían con más intensidad, los edificios de cristal brillaban como diamantes, y las flores de toda la plaza empezaron a florecer con colores irrealistas.
Mientras la multitud celebraba —cantando, bailando, compartiendo comidas y historias— Elara y Kael se alejaron un poco, dirigiéndose al muelle del río. El sol se estaba poniendo, pintando el cielo de colores que combinaban todos los tonos de Aethermoor. La luna empezaba a salir, y su luz se mezclaba con la luz primeria, creando un resplandor único.
«¿Te acuerdas de cuando pensamos que tendríamos que sacrificarnos?», preguntó Elara.
«Sí», dijo Kael, abrazándola. «Pero aprendimos que el amor no necesita sacrificio. El amor necesita unidad».
Elara cerró los ojos y vio los hilos del destino —ahora se extendían por todo el mundo, conectando a todos los seres vivos, a toda la naturaleza, a toda la magia. Cada hilo estaba lleno de luz y sombra, de amor y dolor, de pasado y futuro. Pero todos se entrelazaban en una tela perfecta, una tela que nunca se rompería.
«La luz nunca se apagará», dijo.
«No», dijo Kael, besándola. «Nunca se apagará. Porque la llevamos todos en nuestro corazón».
Mientras se abrazaban, la gente continuaba celebrando en la plaza. La música llegaba hasta el muelle, y las luces mágicas se elevaron al cielo, formando un constelación que parecía el símbolo de la orden. Aethermoor estaba en paz, unido, lleno de vida.
La llave de Elara vibró una última vez, y entonces se volvió fría —su propósito había sido cumplido. No era necesaria más como herramienta mágica, porque la luz que representaba ahora estaba en todos los corazones. Elara la colocó en un pequeño pedestal que habían preparado en el muelle, para que todos pudieran verla, para que todos recordaran el camino que habían recorrido.
El futuro era desconocido, pero no había miedo. Porque todos estaban juntos, guardianes de la luz, tejedores de la tela del destino, amantes de la vida. La alba que se había olvidado había sido encontrada, y ahora era una luz que nunca se apagaría.
FIN.
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Editado: 14.12.2025