—De los muertos se habla bien o no se habla —la voz de León era contenida, casi indiferente. Se detuvo, dándole la espalda a Masha—. Lo siento, niña, pero es mejor que no sepas nada sobre ella.
Masha sintió cómo esas palabras la atravesaban como un viento helado. Aunque León no se volvió, ella notó la tensión en sus hombros. Estaba demasiado tranquilo, pero esa rigidez revelaba la tormenta que se desataba en su interior.
Cuando finalmente continuó caminando, su rostro permanecía impenetrable, aunque sus pensamientos eran un torbellino desatado.
Entonces, ella es la hija del del Norte. León recordó su rostro: rasgos delicados, piel suave, pero esos ojos... Había algo indefiniblemente familiar en ellos. No se parece a su padre —pensó, recordando al hombre que despreciaba más que a nadie—. Pero a mí... ¡Eso es imposible!
Ese pensamiento se infiltró en su mente, helándole la sangre en las venas. Imposible. No puede ser. Y sin embargo...
Su madre...
Recuerdos emergieron de las profundidades de su memoria, como veneno que había intentado mantener encerrado. Luna. Frágil, hermosa, indomable. Su voz, su risa, sus manos cálidas... Estuvieron juntos, aunque sabían que no duraría mucho. Su muerte entonces le pareció un golpe injusto del destino. Enterró esos sentimientos, pero ahora...
¿Podría Masha ser su hija?
Se detuvo, aferrándose a ese pensamiento como a una hoja afilada. Sí, estuvieron juntos. Sí, entre su último encuentro y el nacimiento de esta chica pasaron poco más de dos años.
Pero sus ojos...
Recordó cómo los miraba, y por primera vez se sintió desconcertado. Era una sensación extraña: al mirar esos ojos, veía algo familiar, algo que le pertenecía.
León desechó bruscamente ese pensamiento.
¡No! ¡Es una locura! No vine aquí por esto. Estoy buscando a la loba blanca. ¿Qué tiene que ver ella con esto?
León recordó cómo estaba sentado al volante de su jeep negro, deslizándose suavemente por la carretera flanqueada por densos árboles verdes. El sol de verano apenas asomaba por el horizonte, pintando el cielo con franjas doradas. La ventana abierta llenaba el interior con aire cálido, mezclado con el aroma de la hierba y la carretera, pero él no lo notaba. Sus pensamientos estaban lejos de allí, concentrados en un enigma que lo atormentaba desde hacía semanas.
La loba blanca.
Los recuerdos pasaban como un torbellino por su mente. La vio por primera vez en un breve video que apareció en la red hace unas semanas. Se deslizaba entre los árboles en la frontera de los territorios del Norte y del Sur. Grácil como una sombra, casi fantasmal en su movimiento. Entonces, lo invadió la ira, caliente y repentina. Estaba seguro de que era alguien de su manada, que había cruzado la frontera sin permiso. Los lobos blancos eran una especie casi extinta, y todos estaban en su territorio.
Pero esa noche apareció otro video en la red. Más largo. Más claro. Y ahora León la veía de una manera completamente diferente. Esa loba blanca era desconocida. No era de su manada, no era de su territorio. Pero había algo en ella que lo conmovió como nada antes. Sus movimientos, su mirada a través de la cámara, todo hablaba de una fuerza y elegancia inusuales. Y, lo más importante, de algo familiar.
No podía quedarse de brazos cruzados. No ahora.
El camino lo llevaba a Járkov, donde esperaba encontrar respuestas. El coche se movía rápido, adelantando a los vehículos de escolta que iban un poco más atrás. León observaba en silencio los paisajes cambiantes a su alrededor. De repente, su atención fue captada por un viejo "Zhiguli" que pasaba en dirección contraria.
Lo reconoció de inmediato. Pablo.
A través del cristal tintado, se podía ver a Pavlo mirando tenso hacia adelante, sujetando firmemente el volante. León apretó los dientes, pero no se detuvo. No era el momento de armar una escena en la carretera. Tenía asuntos más serios.
Al llegar a la manada de Pavlo, León sintió cómo la tensión en el aire cambiaba. No fue bien recibido. Lo veía en las miradas de los lobos, en los movimientos tensos de sus cuerpos. Las preguntas sobre la loba blanca fueron recibidas con silencio. No dirían una palabra; eso estaba claro desde el primer momento.
Pero León no era de los que se detenían ante el silencio. Rápidamente dejó a algunos de sus hombres en la manada de Pavlo, ordenándoles recopilar toda la información posible, y él mismo se dirigió a Kiev.
Conducir a alta velocidad lo calmaba un poco, pero no resolvía la pregunta principal. ¿Mi descendiente? Eso es imposible. No tengo ninguno. Soy el único Alfa que queda sin herederos.
Y ahora Masha... Sus rasgos, su postura, incluso la forma en que se movía, había algo familiar en todo ello. Algo que no le daba paz.
¿Podría ella ser mi hija?
León desechó nuevamente ese pensamiento, como se rechaza una espina venenosa.
¡No! ¡Es una locura! Lo sabría. Lo sentiría. Sería obvio.
Pero la duda ya había echado raíces, como una semilla que germina en la oscuridad. León no podía deshacerse de la sensación de que este encuentro no fue casual. Que algo más se escondía detrás de esta chica, detrás de su pasado enigmático.
Dio un paso adelante, dejando a Masha atrás, pero la tormenta interior no se calmaba.
Si ella no es mi hija, entonces ¿quién es? ¿Y por qué al mirar en sus ojos, me veo a mí mismo?
Las lágrimas traicioneras llenaron los ojos de Masha, nublando su visión. Se giró bruscamente, temiendo que alguien notara su debilidad. ¿Qué hizo su madre? ¿Por qué todos guardan silencio sobre ella, como si fuera un tema prohibido? Estas preguntas golpeaban su corazón como el sonido de un gong, resonando con un peso pesado en su alma. La sensación de que le ocultaban algo agravaba sus heridas.
Incapaz de permanecer más tiempo en ese espacio sofocante, Masha de repente se levantó y salió corriendo del café. Apenas contenía el deseo de simplemente huir, lejos de todo.