Durante aquella noche, mientras la tormenta golpeaba con fuerza las paredes de madera, encendieron la chimenea. Entre tazas de café humeante y mantas gruesas, comenzaron a hablar. No conversaron sobre libros ni sobre redes de pesca; hablaron de lo que habían guardado en silencio durante años.
Clara confesó que siempre observaba la luz del faro de Julián, sintiendo que, de alguna manera, alguien la acompañaba desde la distancia. Julián, por su parte, admitió que buscaba a Clara en el mercado cada viernes, solo para confirmar que ella estaba bien. La mañana siguiente, tras la calma, Clara no quiso volver inmediatamente a su rutina. Se quedó en la cabaña, ayudando a Julián y descubriendo que la vida podía ser mucho más cálida compartida con alguien.