Una tarde de primavera, al cumplirse cinco años desde aquella tormenta que los unió, Julián sorprendió a Clara con una pequeña excursión. La llevó al mismo lugar donde ella había estado atrapada entre las rocas aquel primer día. El mar estaba en calma y el sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo el agua de naranja y violeta. Allí, entre las mismas piedras que una vez fueron su refugio, Julián le entregó un pequeño broche de plata con forma de faro.
—No te rescaté ese día solo para que sobrevivieras —le dijo con la voz entrecortada—; te rescaté porque, sin saberlo, necesitaba que alguien llegara a mi vida para darle sentido a todo lo que veía desde este acantilado.
Fue una promesa silenciosa de que, sin importar lo que el futuro les deparara, siempre serían el ancla y la luz del otro.