La luz de Lamia

Capitulo 49

El dolor en mis hombros y en la cadera es insoportable. Apenas resisto estar dentro de mi propia piel, apenas puedo prestar atención a lo que ocurre conmigo. Ser arrastrado por el suelo terregoso es lo único que me mantiene consciente de que seguimos en movimiento. Esos malditos continúan jalándome cómo si quisieran arrancarme los brazos. No dudo que ya lo estén logrando.

La humedad fría que resbala por mi espalda me provoca escalofríos. Mis manos están entumecidas y mi cabeza arde cómo el infierno. La impotencia y la angustia me devoran lentamente porque aún no puedo mover las piernas.

No siento nada...

Maldición.

Empiezo a temblar, empiezo a temer en anticipación. No logro obtener ninguna reacción de ellas, y eso basta para hacerme entrar en pánico.

El camino por donde me llevan ahora luce distinto al de la última vez. Las paredes de piedra están iluminadas por faroles de llama roja. El lugar parece una cueva, pero hay algo en él que se siente inquietante, incorrecto. Hemos avanzado durante demasiado tiempo, y mis nervios aumentan con cada segundo, porque sé exactamente lo que están tramando. Sé lo que sigue.

La nostalgia y la ira me oprimen el pecho. Cierro los ojos con fuerza para reprimir las lágrimas, al menos para evitar que me vean llorar. No quiero darles ese gusto, pero la fuerza se me escapa cuando pienso en mi familia…

Me duele recordarlos. Me duele no haber hecho más. Sólo me siento desesperado y culpable. Ojalá hubiese podido despedirme. Ojalá hubiese podido decirles lo importantes que son para mí. Había tantas cosas que quería compartir con ellos.

¿De qué sirve valorarlo ahora, cuando ya es tarde?

Es una decepción haber necesitado llegar a este punto para entender lo que realmente importaba… lo que ignoré por tanto tiempo.

He dejado de suplicar por un milagro. No va a llegar. Ya estoy muriendo. Ya estoy perdido. Estaba condenado desde el principio. Sin embargo, mi mente sigue rezando por ellos, pidiendo que estén bien cuando todo esto acabe. Que ese hijo de perra de Belia no les haga daño… que encuentren fuerza para seguir adelante.

Hundido en mis pensamientos tortuosos, siento de pronto el golpe de la brisa fría en mi cara. Es tan reconfortante que se siente cómo gloria. Aspiro una bocanada de aire fresco y, por un instante, una chispa de alivio se abre paso en mi interior. Mi piel lastimada agradece la caricia del viento. Intento disfrutarlo un poco más, pero vuelvo a ser arrastrado por un camino que se adentra en un bosque oscuro. Lo único que alcanzo a distinguir son los pinos gigantes que nos rodean. Mientras entramos, una sensación de déjà vu me atraviesa por completo. Levanto la mirada, a pesar del dolor en mi cuello, para contemplar el cielo azul marino y la enorme luna llena que lo domina.

Un nudo se forma en mi garganta al verla.

Es tan hermosa...

Qué pena que sea la última vez.

Mi cuello grita por el esfuerzo, pero no me importa. Quiero ignorar el dolor, aunque sea por unos segundos, para despedirme del cielo. Para despedirme de lo que queda de mi vida.

Los demás avanzan en silencio. Parecen demasiado concentrados, demasiado serios. Su actitud sólo me llena de más nerviosismo. Incluso ese cabrón traicionero de Marcus, que va delante de mí, luce extraño. Todavía no termino de asimilar lo que hizo… y sigue haciendo. Era un maestro en el arte del engaño, porque el chico que veo ahora parece alguien totalmente distinto al que solía llamar mi mejor amigo.

El canto de los grillos rompe el silencio opresivo que nos rodea. Pasan varios minutos antes de que escuche algo más: un sonido lejano, distinto, que me hiela la sangre.

El temblor regresa a mi cuerpo.

Mi corazón se acelera...

La música se acerca.

Es parecida a las alabanzas de iglesia, pero distorsionada, más oscura. Tambores, voces inquietantes. Cantos que erizan la piel y me hunden aún más en el pánico.

<<Tienes que calmarte. Mantente cuerdo. No te dejes vencer aún, Chris.>>

El sonido aumenta con cada paso que damos hacia la fuente, y para este punto ya estoy nadando en un inmenso mar de angustia. Entre los árboles alcanzo a ver un resplandor dorado, enorme, casi cegador. Los cantos agudos y el retumbar de los tambores se vuelven insoportables para mis oídos.

No comprendo qué mierda está pasando… hasta que por fin lo veo.

Oh, mierda.

<<Mierda, mierda, ¡mierda!>>

Niego frenéticamente al presenciar la escena que se extiende no muy lejos frente a mí. Mi corazón amenaza con explotar dentro del pecho por los latidos frenéticos que empiezan a sacudirlo. Estoy a punto de perderlo, estoy a punto de…

No sé si esas cosas sean personas, pero hay demasiadas. Demasiadas figuras reunidas entre los árboles. Llevan el mismo atuendo que mis custodios. Todos están hincados, inclinados en unas reverencias grotescas. Los que tocan los tambores llevan máscaras horribles de lechuza… deformes, inquietantes. Se alinean en hileras interminables y, en cada una de ellas, distingo sombras siniestras moviéndose entre la multitud.

El aire es espeso. La energía que desprenden es abrumadora, asfixiante.

No puedo soportarla.

Me siento débil, mareado.

Hay símbolos extraños dibujados en el suelo, muchos, pero un maldito pentagrama de fuego es lo que me hace tomar verdadera consciencia del horror.

No…

No puede ser.

Dijo que me mataría… pero nunca dijo que sería para un maldito ritual cómo este, rodeado de desconocidos que parecen salidos de una pesadilla.

Nunca creí en estas cosas, pero nada de lo que veo ahora parece una broma.

El miedo ya no cabe en mí, y, de pronto me encuentro luchando contra los brazos de los bastardos que me sostienen. Forcejeo con todas mis fuerzas. No me importa el dolor que recorre mi cuerpo, no me importa la manera en que reaccionan cuando intento escapar. Me sujetan todavía más fuerte; otros tres se acercan para acorralarme.



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En el texto hay: misterio, demonios, amor

Editado: 31.05.2025

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