Christopher.
El canto de las aves me arranca de la bruma del sueño. Desorientado, todavía adormilado, intento moverme en el espacio donde me encuentro recostado. Mis ojos pesan, mi cuerpo se siente jodido, agotado, pero aun así me obligo a reaccionar, a volver al aquí y ahora.
Un leve dolor atraviesa mi espalda cuando intento incorporarme, apoyando los brazos sobre la madera bajo mi cuerpo. Me siento fuera de eje, descolocado, incapaz de comprender qué está ocurriendo. Trato de abrir los ojos, pero la luz cegadora del sol que se cuela por las ventanas a mi alrededor me obliga a cerrarlos de nuevo. Parpadeo un par de veces, hasta que mi vista finalmente se adapta… y entonces mi corazón se acelera, golpeando con fuerza contra mi pecho.
Constans está a mi lado.
Desnuda.
Oh, por Dios…
¿De verdad pasó?
Me quedo completamente inmóvil. Está despierta; apenas la cubre el abrigo que llevaba ayer. Reposa de costado junto a mí y no deja de observarme, divertida. Trago saliva al encontrarme con su sonrisa pícara, que se ensancha mientras me escruta sin pudor. El sol ilumina su rostro y resalta el tono celeste de sus ojos. Su piel luce impecable, sus facciones delicadas. El cabello negro, perfectamente lacio, cae con suavidad sobre una de sus mejillas, ocultando apenas una parte de su rostro.
No entiendo nada. No soy capaz de asimilar que esto esté sucediendo de verdad. Mucho menos comprendo cómo puede seguir luciendo tan perfecta.
Tan… hermosa.
Le devuelvo la sonrisa y, armándome de valor, alzo la mano para acariciar su mejilla. Mirarla es un espectáculo; tocarla, una experiencia que me estremece por completo. Siento que he despertado en el paraíso. Todo sigue pareciéndome irreal, hermoso cómo el mismo cielo.
Pasó...
Realmente sucedió.
No lo soñé.
Un calor intenso invade mis mejillas y un cosquilleo traicionero me empuja a sonreír. Los recuerdos me asaltan con una fuerza abrumadora, casi imposible de soportar. De pronto, me siento absurdamente feliz.
Mis labios ya no resisten más y una sonrisa idiota se dibuja en mi rostro cuando las imágenes de lo que vivimos anoche me golpean sin piedad… aquí.
Maldita sea...
De verdad pensé que se trataba de otro de mis sueños. Uno de esos en los que todo es perfecto, pero efímero. Nunca creí que algo así pudiera hacerse realidad.
Aún no sé cómo reaccionar. No logro dejar de sonreír cómo un imbécil.
—Vuelve a cerrar los ojos, arruinaste el momento —suplica, haciendo un puchero tan tierno cómo ridículamente adorable.
—¿Por qué? —mi voz aún suena cargada de sueño, y una risa suave se me escapa. Ella se mueve apenas y se encoge de hombros.
—No es nada… es sólo que luces tan tierno cuando duermes, cómo todo un angelito. Qué ironía, ¿no?
No puedo evitar reír, y ella me acompaña.
Recuerdo la primera vez que me llamó así. En aquel entonces lo hizo para fastidiarme, para provocarme… pero ahora… Dios, amo ese apodo. Fue el inicio de todo, de nuestra extraña relación; cuando dejó de ponerse a la defensiva conmigo, cuando empezó a abrirse de verdad. Me encanta escucharla llamarme así. Sólo de ella. Porque me remite a ella, porque nació de ella.
—¿Así que te gusta verme dormir, eh? —pregunto—. ¿Cuánto tiempo llevabas haciéndolo?
Puedo notar cómo su sonrisa se vuelve tímida, cómo el rubor aparece lentamente en sus mejillas.
—Me encanta hacerlo. Desde que te conozco… lo hago. De hecho, ese espejo en tu habitación me lo permitía.
Mi corazón da un vuelco al escucharla.
—Es un poco aterrador, ¿no? —añade con una risa nerviosa—. Que un monstruo te observe mientras duermes.
Antes de que pueda responder, tomo su rostro con una mano para obligarla a mirarme. Se tensa apenas con el gesto.
—No, claro que no lo es —susurro, trazando pequeñas caricias con el pulgar sobre su piel mientras me pierdo en su mirada tímida y luminosa—. Porque tú no eres un monstruo. Ya te dije lo que pienso, y detesto que hables así de ti. Constans… tú eres el cielo para mí.
Sus ojos se clavan en los míos y, de pronto, un brillo vulnerable los empaña.
—Amo despertar contigo.
La veo tragar saliva. Luego guarda silencio. No es incómodo; es un silencio lleno, íntimo, donde nuestras miradas se sostienen sin necesidad de palabras.
Necesito algo más. Algo que me confirme que esto no es un espejismo.
Se aclara la garganta, rompiendo el momento, y se humedece los labios. Mis ojos siguen ese gesto sin disimulo.
—Me gustaría tanto poder dormir como tú lo haces, angelito.
Su tono débil y triste me oprime el pecho. Sus palabras dejan estragos dentro de mí.
Me siento culpable al instante. Había olvidado cuánto anhela Constans volver a dormir cómo una persona normal. Como cuando no sufría las consecuencias de ese castigo que se le impuso por el Guardian. Me ha confesado lo mucho que desea soñar otra vez, perderse en ese descanso profundo, volver a sentirse… normal, aunque sea un poco.
—¿Está muy agotado, joven Smith? —se burla—. Porque durmió cómo los mismos muertos.
Agradezco que haya cambiado de tema; ni siquiera yo sabía cómo hacerlo sin herirla. Le sonrío mientras niego con la cabeza. Todavía no logro asimilar todo lo que ocurrió.
Fue mía.
La sentí tan mía.
—¿Te sientes orgullosa de eso, eh? —le digo. Ella sonríe ampliamente y mi corazón vuelve a traicionarme—. Puedo jurarte que me volvería adicto a esto.
Me inclino hacia ella y la beso despacio, con calma. Lo necesitaba. Tenerla tan cerca me hace perder el control con facilidad, y más ahora que luce tan… gloriosa.
Ella corresponde al beso. Me acerco aún más, tomo su rostro entre mis manos y la atraigo hacia mí.
—¿Estás bien? —pregunto al separarme.
Asiente y sonríe con timidez. Exhalo, un poco más tranquilo. Anoche me asustó de verdad. El hambre la había dejado fuera de sí y no supe qué hacer. Verla sufrir fue desgarrador.
Editado: 31.05.2025