La luz de su mirada - Libro Ii

Capítulo 2

—¡Enhorabuena, Iván! Estamos muy orgullosos de lo que has conseguido —inició la despedida el coordinador del programa de rehabilitación. Estaba sentado en una de las sillas que conformaban un semicírculo perfecto. Parecía el final de la espiral que durante tantos meses me había tenido atrapado—. Iván es un ejemplo de lo que podéis conseguir todos los que estáis hoy aquí reunidos —se dirigió al resto de los compañeros, quienes aún no habían llegado hasta el desenlace de su propia espiral.
Una vez ya en el pasillo y alejado de quienes me habían acompañado en todo el proceso, el resto del personal del centro se despidió de mí con unas palabras de gratitud y satisfacción. El camino, aunque había sido largo de recorrer y con demasiados vaivenes emocionales, parecía haber llegado a su fin. Las puertas que me devolvían a un mundo donde no se me encasillara por mis disruptivos hábitos se abrían dando paso a la persona que desde un principio se había convertido en mi ángel de la guarda, aquella que me había motivado a enfrentarme a mis adicciones y a salir de mi propio pozo, la mano que alcé a coger para escapar de mi oscuridad... Ana.
Ese no era solo el nombre de una psicoterapeuta, sino el de mi salvadora. Desde el inicio, la mujer confió en mí, se volcó con Sandra y después de su fatídico desenlace, hizo lo mismo conmigo. Ella nunca me había abandonado, siempre había estado ahí. Todas las semanas me visitaba, brindándome tanto apoyo psicológico como personal. Para ella, éramos más que unos simples pacientes, su lema siempre fue "la unión hace la fuerza" y persistía en defenderlo costase lo que costase. Ana me esperaba en su coche, el cual estaba estacionado justo enfrente de la puerta del centro. La saludé con la mano y ella me devolvió el gesto con su amplia sonrisa. Sin ella, este Iván no existiría...

Dos años antes...

Ana me sostenía la mano con la dulzura propia de una madre que esperaba anhelante a que su hijo abriese los ojos. Mi cuerpo adolorido me impedía corresponderle tan afectivo acto, incluso apenas tenía la fuerza suficiente para mover los párpados. Era como si dominase la pesadez y no me permitiese ser el dueño de mi propio cuerpo. Esta era la tercera vez en poco más de un mes que me ingresaban en un hospital. El servicio sanitario parecía ya conocerme, y varios profesionales se habían pasado por mi habitación para hacerme comprender que no podía seguir con este plan de vida. Pero yo, todas y cada una de las veces que escuchaba las palabras "desintoxicación" y "rehabilitación" dejaba mi mente en blanco. Automáticamente me evadía de la realidad, como si cada sobredosis me acercase un poco más a la felicidad de la "no-culpa".
En mi último ingreso, el servicio de emergencias llamó a Ana a la desesperada. Por supuesto que yo había evitado pedirle ayuda a toda costa, intentaba mantenerme limpio el día en el que por rutina solíamos comunicarnos telefónicamente para que no sospechase que mi recaída era más un hecho que una suposición. No buscaba auxilio, al fin y al cabo lo que pretendía era hundirme en este pozo. El agua estaba llegándome a la altura del cuello, la siguiente podía ser la que pusiese fin a mi existencia. Y mientras tanto, los recuerdos de Clara cada vez parecían atraerme más y más a mi propósito. Un desenlace que no temía, más bien lo deseaba, pero que Ana no permitiría que llegase.
Aquel día tumbado en la cama del hospital, la psicoterapeuta me habló de lo que habíamos definido como un tema tabú, o lo que era lo mismo, de mi relación con la protagonista de mis alucinaciones. Hacía más de un mes que no sabía nada de Clara, vivía de los recuerdos o de las ensoñaciones que algún día compartimos, pero nada más. Escuchar su nombre o algo sobre ella que no fuese producto de mi propia imaginación era algo inconcebible. Sin embargo, Ana ya no sabía cómo convencerme para que dejase esta mierda de vida atrás. Y si para obtener dicho fin tenía que recurrir a mencionarla, lo haría. Efectivamente, lo hizo.
—Iván —musitó casi suplicante al tiempo que hacía un sobreesfuerzo para obligarme a mantener los ojos abiertos.
—Ana —mi voz sonó como un suspiro ahogado, ni siquiera supe si fue audible.
—Creí que nunca despertarías —dijo entre sollozos, limpiándose las lágrimas con la otra mano libre—... No sé cómo no pude darme cuenta de que me necesitabas...
—Es mi decisión, yo soy el culpable —esbocé casi sin aliento. Sabía que Ana no era una persona que me reprendería por mis actos, sino que intentaría persuadirme para dejar de cometerlos.
—Tú no tienes la culpa de nada, sabes que puedes contar conmigo para lo que sea... Escoger la vía fácil y no luchar por salir adelante es de cobardes, y tú siempre has sido un valiente —trató de animarme con los ojos vidriosos.
—Soy un cobarde —afirmé la realidad.
—No lo eres, luchaste por Sandra, por rescatarla de su dolor, y nunca te diste por vencido —presionó mi mano a fin de intentar hacerme abrir los ojos. Yo los cerré como respuesta.
—¿Y qué? De nada sirvió... —me esforcé por reprimir las lágrimas. Recordarla siempre me hacía llorar.
—Pero lo intentaste, luchaste por ella y ahora debes luchar por ti —sentenció con firmeza, haciendo una pausa antes de proseguir con su discurso motivador—. Necesitas ayuda, siempre has ayudado a los demás, a tu hermana... y a Clara.
—No... —le rogué que parase, su nombre me encogía el corazón y cualquier información, fuese buena o mala, podía influenciar en mi decisión. Pero como si Ana intuyese lo que pensaba, continuó hablando.
—Clara ha estado muy preocupada por ti, si no llega a ser por ella aquel día podría haber sido demasiado tarde. Sabe que quisiste alejarla de ti, y yo... yo no he podido negarme a contarle lo que pasaba —narró desatando el caos en mi interior—. Clara quiere verte.
—Ella no puede verme así... Se lo prometí, y no quiero que sepa que... —me quedé sin voz para terminar la frase. No fue mi bajo estado de salud lo que me impidió concluirla, sino la pérdida de mi cordura—. No dejes que me vea así, haré lo que me pidas, pero no puede verme así.
—Con una condición: que aceptes entrar en un centro de rehabilitación —musitó Ana, mientras acariciaba el dorso de mi mano—. Si lo haces, no dejaré que Clara te vea así.



#5488 en Novela romántica
#514 en Joven Adulto

En el texto hay: superacion, romance, drama

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.